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Paysandú, Lunes 20 de Marzo de 2017

Gárgaras de asfalto

Opinion | 20 Mar “El principal enemigo que tienen las mujeres --permítanme decirlo, no como un consejo sino como una alerta-- es el consumo de tabaco”, dijo el presidente Tabaré Vázquez el 8 de marzo de 2015 y sus palabras no fueron quitadas de contexto. Desde ese lugar de relevancia, hasta el último segmento de la actividad pública se nota demasiado el esfuerzo diario para arribar a los despachos de una casta política y sus acólitos que dicen una cosa, hacen otra y piensan en una tercera diferente.
Se reconocen los avances logrados en materia legislativa, pero tampoco conforman una agenda en los actos protocolares donde se “rinden cuentas” ni se reflexionan en los encuentros partidarios, donde la autocrítica ayude a generar mejores comportamientos hacia las internas y no tantas fotografías en las redes sociales porque el autobombo siempre resultará una moneda de cambio al momento de las odiosas comparaciones.
El senador del Frente Amplio (FA) y exintendente de Canelones, Marcos Carámbula, decidió dar un paso al costado y no aceptó integrar la lista de oradores que encabezará el acto de homenaje al primer acto de masas que organiza la Mesa Política Nacional del Frente Amplio, el 26 de marzo, en Las Piedras. Ocurre que la fuerza política eligió a cinco hombres y una única mujer: José Mujica, Javier Miranda, José Carlos Mahía, Mariano Bianchini (presidente del FA de Canelones), Carámbula y Estefanía Díaz.
En una extensa carta dirigida a Miranda, recuerda las instancias de participación del 8 de marzo y propuso un debate franco porque “la esencia del FA es no perder la calle, la cercanía, la unidad”, dice en su misiva.
El senador propone que su lugar sea ocupado por “las muchachas del No a la baja”, o Gabriela Garrido, la primera mujer que asumió la intendencia de Canelones, “o las mujeres rurales de nuestra zona que luchan por la tierra y la soberanía alimentaria”.
Ni a Carámbula le dio un ataque repentino de coherencia ni las quejas desde la interna son intencionales. En todo caso, la insistencia con “un gobierno de cercanía”, las referencias continuas a un lenguaje inclusivo y las promociones a salir a la calle en reclamo por la igualdad de género se asemejan más a una gárgara de asfalto que a la práctica con el ejemplo o acciones diarias. Y en cualquier caso, las organizaciones sociales quedan fuera de esta comparación, porque contienen la voluntad popular de la demanda a una élite política que se nutre de los resultados que se dan en la calle para definirlos como un éxito político. Que lo es, pero no el que ellos creen.
Y así se tejen los mensajes para la tribuna: con una fotografía tomada desde la altura y el cálculo sistemático de la participación de unas 300.000 personas en Montevideo, bajo un furor que nadie cuestionó al día siguiente, que fue un día cualquiera, donde se tomaron decisiones habituales con la misma escasa participación de mujeres.
También se puede mencionar el lenguaje inclusivo y los esfuerzos locales efectuados desde una unidad municipal para la organización de la elección de una persona que representara al Carnaval, pero, a los pocos días, el mismo ejecutivo departamental anunció la elección de una “reina” que echa por tierra las arengas contra la cosificación de las mujeres y la necesidad de erradicar los certámenes de belleza.
Por eso, cada vez que discutimos sobre igualdad de oportunidades, paridad en las cuestiones políticas y mayor accesibilidad a los derechos, parece una gritería por ver quién tiene más poder para llegar con ese discurso a la ciudadanía, donde las verdaderas víctimas (de violencia doméstica, femicidio, bajos salarios y pobreza) siempre quedan fuera.
La etapa trascendente de mediatización ha servido para demostrar que todo se reduce a “machismo versus feminismo” y “mujer contra hombre”, o viceversa. Los debates no son sinceros y nunca dicen que en este jueguito obsceno de poder siempre aparecen los mismos personajes que reiteran fórmulas --más o menos aceptables-- en una sociedad que desea esas transformaciones.
Es el componente “libidinal” al que se refiere la senadora Constanza Moreira, que por cierto también la incluye, en tanto de otra manera no sería posible explicar su desafío al plantarse como candidata a la presidencia de la República frente a un “imponderable”, como Vázquez, y en un momento donde no se discutían liderazgos.
Por eso asegura que “las mujeres todavía viven la política como sacrificio, sienten más culpa que los hombres y no forma parte del cálculo de felicidad de las mujeres ser presidenta de la república o del club de fútbol. Hay que saber ceder poder: los viejos a los jóvenes, los hombres a la mujeres, Montevideo al Interior del país”.
Y aunque todo eso sea necesario, nada ocurre en los hechos o acciones diarias orientadas al 52% de la población uruguaya, pero tampoco hay que ponerse una peluca ni sentirse mal con el tono de un debate que marcha a impulsos y ensancha aún más la brecha entre hombres y mujeres.
“Terminamos planteando un mundo dividido cuando estamos todos de acuerdo y todos vamos a votar el proyecto de ley y sacarlo adelante. A mí me dan ganas de irme y ponerme una peluca, porque con todas esas acusaciones que hemos sufrido... Pero vaya si hemos peleado por esto que se está votando. Pero tranquilo, señor presidente, no me voy a poner peluca, pero seguiremos peleando por que haya las mismas oportunidades para los hombres y las mujeres en Uruguay”, salió al cruce el senador colorado, Pedro Bordaberry.
Ahora, ante un nuevo mar de consignas apareció #NoMeRepresenta, el hashtag utilizado en Twitter para denunciar que la fuerza política no maneja la coherencia con agilidad mientras se vanagloria que en el asfalto se ha manifestado una multitud.


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