Es aleccionante que los sanduceros nos hayamos
puesto de acuerdo para actuar en positivo y a través de una
comisión dar una nueva prueba del espíritu de Paysandú latente en
todos nosotros, sumando esfuerzos para reu-nir fondos que han
permitido que pudiera construirse nuevamente el Monumento a la
Madre, que fuera emplazado en el patio de Jefatura de Policía en
la víspera de la conmemoración del Día de la Madre.
Es un motivo de satisfacción y en buena medida
de orgullo que autoridades y fuerzas vivas no se hayan quedado a
llorar sobre la leche derramada y se hayan dedicado a enmendar en
lo posible el doloroso episodio que constituyó el robo del
emblemático monumento desde su emplazamiento en avenida Debali y
República Argentina.
También este episodio positivo ha servido en
alguna medida para recordarnos que pese al tiempo transcurrido no
se han encontrado los culpables del robo, como de tantos otros
hurtos de bienes de la comunidad, sino también de actos de
vandalismo por el solo hecho de infligir daño al prójimo.
Esta impunidad es a la vez un factor de
desaliento y frustración para los sanduceros, y debe ser motivo de
nuevos esfuerzos de las autoridades competentes en procura de
encontrar a los culpables. También de generar mecanismos de
prevención y vigilancia que tengan carácter disuasivo hacia los
autores de tales hechos, cuando éstos ponen de relieve un grado de
inconciencia que raya en la enajenación.
Al hablar en el acto de entrega del monumento
que será posteriormente instalado en la vereda junto al Palacio
Municipal, el intendente Julio Pintos formuló un llamado a
reconstruir «la autoestima de los sanduceros», y señaló que la
Intendencia Departamental, además de tapar pozos, mejorar la
iluminación y los espacios públicos, está tratando de imprimirle a
Paysandú la recuperación de la autoestima, «de la idea de que
Paysandú puede».
Es significativa la apelación al eslogan de
«Paysandú puede» de la Administración Larrañaga, un concepto que
apela a la fibra de los sanduceros, a su amor por el terruño y el
convencimiento de que unidos, por encima de discrepancias,
podremos superar las adversidades y construir nuestro futuro.
Mencionó a modo de ejemplo las acciones que se
están llevando a cabo por la reactivación del puerto, incluyendo
el dragado del río Uruguay, la reactivación de la producción, la
incorporación de tecnicaturas de informática y trabajos en el área
social, tanto por acción directa de la Intendencia como en
coordinación con el gobierno nacional.
El caso del puerto es ostensible, desde que en
solo dos años se ha logrado avanzar mucho más que en décadas, a
través de la voluntad política de la Administración Nacional de
Puertos y de otros organismos para generar infraestructura y
condiciones propicias en aras de este objetivo en proceso, en el
que el gobierno departamental también ha tenido participación,
como así también en otras acciones en que ha apoyado al gobierno
nacional.
Pero en esta reafirmación de la «autoestima» la
Administación Pintos ha dado manos de cal y de arena, porque si
bien se ha alineado en determinadas acciones positivas con el
gobierno nacional, también ha tenido hacia éste una postura
condescendiente y ajena a los intereses de Paysandú cuando el
poder central ha sido ajeno al sentir del terruño y del Interior.
Tiene por un lado disposición para impulsar el
desarrollo portuario y respaldar las acciones del Ministerio de
Desarrollo Social, entre otros aspectos, pero no lo vemos actuar
de la misma forma ni reclamar cuando el gobierno central ignora
olímpicamente a Paysandú, cuando por ejemplo el Ministerio de
Salud Pública se lleva el litotriptor con promesas de traerlo de
vuelta algún día, o deja morir la posibilidad de instalar el
tomógrafo donado por un facultativo al Hospital Escuela del
Litoral.
Tampoco cuando el Codicen se ha desinteresado
de reactivar la Escuela de Hortifruticultura, tan cara para los
sanduceros y que tanto esfuerzo llevó crear, y tampoco se embarca
en causas comunes con otros departamentos del Interior, para
descentralizar servicios que son financiados por todos los
uruguayos y que se concentran muchas veces exclusivamente en
Montevideo, cuando el Poder Ejecutivo no da señales a favor de
estas iniciativas.
Y no basta con decirlo, sino que es preciso
demostrar con acciones en todos los casos que se está mucho más
interesado en la suerte de Paysandú y el Interior que en darle
siempre la razón al gobierno nacional, cuando es del mismo
partido.
La
violencia en las aulas no es una novedad. Sin embargo, ciertos
casos que han tomado estado público, han puesto el tema sobre el
tapete. Jóvenes que agreden a estudiantes a la salida del liceo,
actos de vandalismo contra centros de estudios y su equipamiento y
hasta el extremo de agredir físicamente a profesores forman parte
de las conductas estudiantiles que han estado últimamente en los
medios de comunicación.
Sin embargo, existen otras como el maltrato
verbal entre estudiantes y docentes y hasta la práctica que
ejercen algunos estudiantes que presionan a sus propios compañeros
para que no se destaquen en clase como forma de bajar las
exigencias del profesor, que difícilmente llegan a los titulares
pero suelen formar parte del origen de conductas más violentas.
Habitualmente, cuando se habla sobre la violencia que ejercen
ciertos estudiantes contra compañeros y profesores, sobre la
inseguridad y falta de respeto a las que se ve sometido el
profesorado en su trabajo, se hace, atomizando y sacando de
contexto el problema.
Las causas de la violencia que aplican
estudiantes se resumen, en última instancia, en un cambio cultural
por el cual se están perdiendo los valores tradicionales de
respeto a la autoridad, tan necesarios para una cultura de la
tolerancia y el consenso.
Los centros de estudio no son solo un lugar
donde unos van a aprender y otros a trabajar. Son también un lugar
donde se convive con otras personas y en esa convivencia cada uno
pone lo que trae. Es por eso, que mucho de la casa, de la calle y
de otras relaciones se cuece en las aulas y patios de escuelas y
liceos.
No podemos perder de vista que estas
manifestaciones tienen causas que no pueden ser atribuidas solo a
la dinámica del espacio escolar donde ocurren los problemas, sino
que la escuela o el liceo son espacios que acogen y reproducen
muchas de las dinámicas de la propia sociedad.
Hablar de la violencia ejercida por estudiantes
es reducir el problema, cuando en realidad debemos abordarlo con
visión amplia y mente abierta para ver qué se puede hacer para
darnos la oportunidad de debatir sobre la violencia —manifiesta o
simbólica— existente en torno a todo el sistema educativo.