Jueves 27/3/2008

 
 
 
 
 
 
 
 
 


 

Soberbia, confrontación y delirio


El enfrentamiento entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y los productores afectados por el mazazo impositivo, con el ingrediente de un discurso de la mandataria rebosante de soberbia y amenazas, presenta un escenario de tensiones y de intereses encontrados que es consecuencia de un estilo de hacer política y de medidas proteccio- nistas que se vuelven contra el gobierno que las inventó.

Pone de relieve además que el peronismo, el partido que históricamente ha combinado bajo su ancho poncho, y reivindicando causas populares, desde sectores de extrema izquierda hasta la derecha más rancia de la vida argentina, ha recaído en viejas prácticas que mucho dolor han causado en la vecina orilla.

Los productores se sienten estafados por un convidado de piedra que se queda con la mitad del precio de exportación de los cereales, aprovechando el buen momento del sector, olvidándose que los agricultores deben hacer frente con esa mitad al costo de los fertilizantes, energía, insumos varios e impuestos, en tanto el Gobierno se lleva la parte del león. Es que del 27 por ciento de hace poco más de un año, el ministro de Economía Martín Lousteau, deslumbrado por ingresos del agro estimados en unos 24.000 millones de dólares, consideró que había un buen filón para extraer recursos y seguir en la calesita de gastos del Estado, el festín y el disfraz de precios a través de subsidios que encubren inflación y costos muy por encima de los que son mitigados por el río de dinero que saca a los que producen.

Claro, los productores de granos han caído esta vez en la volteada, como ha sido también el caso de los ganaderos, y el de las compañías petroleras, porque una vez que se empieza a toquetar precios y a aplicar un subsidio acá y otro más allá, mediante el dedo generoso del Estado, simplemente se está sacando a unos para dar a otros, y no siempre haciendo justicia, como es la excusa.

Resulta así que el remedio suele ser peor que la enfermedad, como ocurre con las compañías petroleras, que deben vender en lo interno el barril de petróleo a cuarenta dólares, es decir a menos de la mitad del precio internacional, con lo que la población, el transporte, la industria y los productores tienen energía subsidiada a costa de las petroleras.

Que no son un dechado de virtudes ni caen simpáticas a nadie, pero que indudablemente necesitan un margen de rentabilidad razonable para invertir en prospecciones, en instalaciones y mantenimiento para colocar su producción. El resultado ha sido un gran déficit en inversión y la perspectiva de que el país deba comenzar a importar petróleo si no se resuelve el desfasaje que ha desalentado las inversiones en el sector energético.

Este subsidio favorece a la industria, al abaratar los costos respecto a los valores internacionales, incluso respecto a países como Uruguay, que paga el barril de petróleo a cien dólares, y lo mismo ocurre con los productos primarios, como los granos y la carne, entre otros sectores.

Pero construir una economía sobre subsidios es cosa de locos, tan disparatado como hacer un rascacielos sin cimientos: llega un momento en que este esquema cae por su propio peso, y al «desatarse el paquete» cuando algún subsidio resulta insostenible, se genera un ajuste en cascada de precios y consecuente escalada salarial, que puede terminar en una crisis de proyecciones catastróficas.

El tema es que una vez que la bola de nieve echa a andar, va creciendo y gana en velocidad y volumen. Los productores defienden sus intereses al sentirse avasallados por la voracidad fiscal del gobierno, y consideran que los cortes impuestos del otro lado del río son una medida inevitable para que sus reclamos sean atendidos, por un gobierno que lejos de ser conciliatorio y de atender el interés general, ha pretendido poner a los hombres de campo como «platudos» que quieren seguir enriqueciéndose a costa del hambre del pueblo.

Felizmente, muchos argentinos han rechazado esta antinomia delirante, y miles salieron espontáneamente a la calle a cacerolear tras el confrontativo discurso de Cristina Fernández, en lo que sí puede catalogarse como una reacción popular ante la mandataria que abusó de su mal talante y mostró una soberbia que ni siquiera trató de disimular.

Y peor aún, su arenga resultó una orden velada para que los piqueteros progubernamentales de Luis D‘ Elía salieran a la calle y desalojaran con su prepotencia exacerbada y «oficial» a los manifestantes opositores al gobierno, protagonizando incidentes que pudieron ser mucho más graves, porque cualquier chispa podía encender la mecha en ese verdadero polvorín de pasiones desatadas.

Ocurre que los piqueteros organizados al servicio del gobierno se sienten los únicos representantes del pueblo, cuando en realidad se trata de mercenarios que pretenden acallar a quienes piensan distinto y se «atreven» a expresar sus ideas en el escenario callejero del que se creen dueños. E increíblemente el gobierno, en lugar de tratar de mantener distantes entre sí a los dos grupos, hizo la vista gorda, lo que indirectamente es fomentar la violencia en defensa de sus intereses. Y en este ambiente de confrontación, de intolerancia, de avasallamiento de los demás, sin dudas que muy poco de positivo se puede esperar. Pero el primer paso hacia el diálogo y el respeto debe provenir del propio gobierno, asumiendo que la paz y el bienestar de un país es mucho más importante que quien ejerce episódicamente el mando, y sobre todo, reconocer errores y enmendarlos, antes que seguir adelante con una confrontación en la que tarde o temprano todos perderán.


[Principal ]


 

Acá sí, acá no


La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, criticó con dureza el masivo paro nacional de agricultores que protestan contra el aumento de los impuestos a las exportaciones y aseguró que no cederá a ninguna extorsión, en un discurso la noche del martes rechazado por los huelguistas y que marcó una nueva escalada del conflicto, que ya lleva 14 días.

Los agricultores reaccionaron airadamente y ratificaron que seguirán la huelga por tiempo indeterminado, en tanto el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la vecina orilla, Aníbal Fernández, dijo: «si no se mueven de las rutas los moveremos nosotros. Hemos sido muy respetuosos pero nadie es más guapo que nadie acá».

Resulta difícil leer y esuchar las palabras del jefe del gabinete sin inmediatamente contrastarlas con la postura del gobierno argentino en relación con los piquetes que cortan las rutas de acceso a los puentes internacionales del río Uruguay.

No se mide en meses, sino en años el reclamo uruguayo de intervención del gobierno argentino para levantar los piquetes fronterizos, pero hasta el momento se ha hecho la vista gorda, se ha recibido a los piqueteros en la Presidencia y se les ha dejado violar libremente los fundamentos de la normativa que dio origen el Mercosur.

Obviamente, el gobierno del vecino país no ha dado ni seguramente dará explicaciones sobre tan disímiles actitudes a los cortes de ruta. Y una vez más han tomado la palabra los asambleístas de Gualeguaychú.

«Son situaciones distintas. Nosotros (la asamblea ambiental), no ponemos en peligro el abastecimiento interno. Es un corte internacional. Jaqueamos la economía uruguaya», dijo el activista entrerriano Jorge Fritzler, en declaraciones que por un lado explican las intenciones de los piquetes fronterizos y por otro revelan el grado de conciencia de impunidad de las asambleas ambientales.

Lo concreto es que en Buenos Aires y las rutas nacionales argentinas no se permiten pero sí en las rutas internacionales de la frontera. Curioso ¿no?

 

 

[Principal ]



 

Deshabilitar botón derecho Es una presentación de, EL TELEGRAFO digital Paysandú 1997-2006 ©   correo@eltelegrafo.com