|
Soberbia,
confrontación y delirio
El enfrentamiento entre
el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y los productores
afectados por el mazazo impositivo, con el ingrediente de un
discurso de la mandataria rebosante de soberbia y amenazas,
presenta un escenario de tensiones y de intereses encontrados que
es consecuencia de un estilo de hacer política y de medidas
proteccio- nistas que se vuelven contra el gobierno que las
inventó.
Pone de relieve además que el peronismo, el
partido que históricamente ha combinado bajo su ancho poncho, y
reivindicando causas populares, desde sectores de extrema
izquierda hasta la derecha más rancia de la vida argentina, ha
recaído en viejas prácticas que mucho dolor han causado en la
vecina orilla.
Los productores se sienten estafados por un
convidado de piedra que se queda con la mitad del precio de
exportación de los cereales, aprovechando el buen momento del
sector, olvidándose que los agricultores deben hacer frente con
esa mitad al costo de los fertilizantes, energía, insumos varios e
impuestos, en tanto el Gobierno se lleva la parte del león. Es que
del 27 por ciento de hace poco más de un año, el ministro de
Economía Martín Lousteau, deslumbrado por ingresos del agro
estimados en unos 24.000 millones de dólares, consideró que había
un buen filón para extraer recursos y seguir en la calesita de
gastos del Estado, el festín y el disfraz de precios a través de
subsidios que encubren inflación y costos muy por encima de los
que son mitigados por el río de dinero que saca a los que
producen.
Claro, los productores de granos han caído esta
vez en la volteada, como ha sido también el caso de los ganaderos,
y el de las compañías petroleras, porque una vez que se empieza a
toquetar precios y a aplicar un subsidio acá y otro más allá,
mediante el dedo generoso del Estado, simplemente se está sacando
a unos para dar a otros, y no siempre haciendo justicia, como es
la excusa.
Resulta así que el remedio suele ser peor que
la enfermedad, como ocurre con las compañías petroleras, que deben
vender en lo interno el barril de petróleo a cuarenta dólares, es
decir a menos de la mitad del precio internacional, con lo que la
población, el transporte, la industria y los productores tienen
energía subsidiada a costa de las petroleras.
Que no son un dechado de virtudes ni caen
simpáticas a nadie, pero que indudablemente necesitan un margen de
rentabilidad razonable para invertir en prospecciones, en
instalaciones y mantenimiento para colocar su producción. El
resultado ha sido un gran déficit en inversión y la perspectiva de
que el país deba comenzar a importar petróleo si no se resuelve el
desfasaje que ha desalentado las inversiones en el sector
energético.
Este subsidio favorece a la industria, al
abaratar los costos respecto a los valores internacionales,
incluso respecto a países como Uruguay, que paga el barril de
petróleo a cien dólares, y lo mismo ocurre con los productos
primarios, como los granos y la carne, entre otros sectores.
Pero construir una economía sobre subsidios es
cosa de locos, tan disparatado como hacer un rascacielos sin
cimientos: llega un momento en que este esquema cae por su propio
peso, y al «desatarse el paquete» cuando algún subsidio resulta
insostenible, se genera un ajuste en cascada de precios y
consecuente escalada salarial, que puede terminar en una crisis de
proyecciones catastróficas.
El tema es que una vez que la bola de nieve
echa a andar, va creciendo y gana en velocidad y volumen. Los
productores defienden sus intereses al sentirse avasallados por la
voracidad fiscal del gobierno, y consideran que los cortes
impuestos del otro lado del río son una medida inevitable para que
sus reclamos sean atendidos, por un gobierno que lejos de ser
conciliatorio y de atender el interés general, ha pretendido poner
a los hombres de campo como «platudos» que quieren seguir
enriqueciéndose a costa del hambre del pueblo.
Felizmente, muchos argentinos han rechazado
esta antinomia delirante, y miles salieron espontáneamente a la
calle a cacerolear tras el confrontativo discurso de Cristina
Fernández, en lo que sí puede catalogarse como una reacción
popular ante la mandataria que abusó de su mal talante y mostró
una soberbia que ni siquiera trató de disimular.
Y peor aún, su arenga resultó una orden velada
para que los piqueteros progubernamentales de Luis D‘ Elía
salieran a la calle y desalojaran con su prepotencia exacerbada y
«oficial» a los manifestantes opositores al gobierno,
protagonizando incidentes que pudieron ser mucho más graves,
porque cualquier chispa podía encender la mecha en ese verdadero
polvorín de pasiones desatadas.
Ocurre que los piqueteros organizados al
servicio del gobierno se sienten los únicos representantes del
pueblo, cuando en realidad se trata de mercenarios que pretenden
acallar a quienes piensan distinto y se «atreven» a expresar sus
ideas en el escenario callejero del que se creen dueños. E
increíblemente el gobierno, en lugar de tratar de mantener
distantes entre sí a los dos grupos, hizo la vista gorda, lo que
indirectamente es fomentar la violencia en defensa de sus
intereses. Y en este ambiente de confrontación, de intolerancia,
de avasallamiento de los demás, sin dudas que muy poco de positivo
se puede esperar. Pero el primer paso hacia el diálogo y el
respeto debe provenir del propio gobierno, asumiendo que la paz y
el bienestar de un país es mucho más importante que quien ejerce
episódicamente el mando, y sobre todo, reconocer errores y
enmendarlos, antes que seguir adelante con una confrontación en la
que tarde o temprano todos perderán.
[Principal
]
Acá sí,
acá no
La
presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, criticó con dureza el
masivo paro nacional de agricultores que protestan contra el aumento
de los impuestos a las exportaciones y aseguró que no cederá a
ninguna extorsión, en un discurso la noche del martes rechazado por
los huelguistas y que marcó una nueva escalada del conflicto, que ya
lleva 14 días.
Los agricultores reaccionaron airadamente y
ratificaron que seguirán la huelga por tiempo indeterminado, en
tanto el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la
vecina orilla, Aníbal Fernández, dijo: «si no se mueven de las
rutas los moveremos nosotros. Hemos sido muy respetuosos pero
nadie es más guapo que nadie acá».
Resulta difícil leer y esuchar las palabras del
jefe del gabinete sin inmediatamente contrastarlas con la postura
del gobierno argentino en relación con los piquetes que cortan las
rutas de acceso a los puentes internacionales del río Uruguay.
No se mide en meses, sino en años el reclamo
uruguayo de intervención del gobierno argentino para levantar los
piquetes fronterizos, pero hasta el momento se ha hecho la vista
gorda, se ha recibido a los piqueteros en la Presidencia y se les
ha dejado violar libremente los fundamentos de la normativa que
dio origen el Mercosur.
Obviamente, el gobierno del vecino país no ha
dado ni seguramente dará explicaciones sobre tan disímiles
actitudes a los cortes de ruta. Y una vez más han tomado la
palabra los asambleístas de Gualeguaychú.
«Son situaciones distintas. Nosotros (la
asamblea ambiental), no ponemos en peligro el abastecimiento
interno. Es un corte internacional. Jaqueamos la economía
uruguaya», dijo el activista entrerriano Jorge Fritzler, en
declaraciones que por un lado explican las intenciones de los
piquetes fronterizos y por otro revelan el grado de conciencia de
impunidad de las asambleas ambientales.
Lo concreto es que en Buenos Aires y las rutas
nacionales argentinas no se permiten pero sí en las rutas
internacionales de la frontera. Curioso ¿no?
[Principal
]
|