Parte de un plan

Hoy es el Día Internacional de la Diversidad Biológica, una fecha que alude al Convenio firmado en la cumbre de Rio de Janeiro en 1992, que nuestro país suscribió y ratificó luego por medio de la Ley Nº 16.408, en 1993.

Pero vayamos despacio. ¿De qué se trata todo esto? La diversidad biológica, o biodiversidad, es el término por el que se hace referencia a la amplia variedad de seres vivos sobre la Tierra y sus patrones naturales que esta conforma y de la que depende la humanidad, por ser parte de esa biodiversidad. Hasta la fecha los humanos hemos identificado alrededor de 1.750.000 especies, en su mayor parte criaturas pequeñas, como insectos, pero hay diferentes estimaciones que calculan la variedad de especies en entre 3 y 100 millones, considerando diferencias genéticas dentro de cada especie. Relacionado con esta diversidad biológica se reconoce una variedad de ecosistemas que la alberga: desiertos, bosques, humedales, montañas, lagos, ríos, y en cada ecosistema, los seres vivos, entre ellos los seres humanos, forman una comunidad con la que interactúan entre sí. La diversidad biológica ofrece un gran número de bienes y servicios que sustentan nuestra vida.

Es que a pesar de todos nuestros avances tecnológicos y científicos en las más diversas áreas, seguimos dependiendo de la naturaleza para disponer de agua, energía, abrigo y alimentos, y si hilamos más fino de un montón de cosas más que solo podemos encontrar en esa diversidad. Entendámonos: no es una cuestión de altruismo, es de supervivencia.

En la Cumbre para la Tierra de Rio de Janeiro de 1992, los líderes mundiales acordaron una estrategia amplia para el “desarrollo sostenible”, que contemplara nuestras necesidades y, al mismo tiempo, asegurara que dejaremos un mundo saludable y viable a las futuras generaciones. Una de las claves fue el Convenio sobre la Diversidad Biológica, que establece tres objetivos principales: la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la distribución justa y equitativa de los beneficios obtenidos del uso de los recursos genéticos.

En diciembre de 2022, a 30 años de Rio, se acordó el Marco Mundial Kumming-Montreal, también conocido como El Plan de Biodiversidad, un plan global para transformar nuestra relación con la naturaleza que estableció metas y medidas concretas para detener y revertir la pérdida de la naturaleza hacia 2050. A ese plan alude el lema de este año del Día Internacional de la Diversidad Biológica: “Sé parte del plan”. Un llamado a gobiernos y comunidades a colaborar activamente en su implementación.

Pero este concepto, que hasta culturalmente tenemos más asociado a los espacios naturales, como parques o áreas protegidas, es también aplicable a las ciudades. Una ciudad más verde, con mayor diversidad, es también un mejor lugar donde vivir. Esto postula la Red de BiodiverCiudades de América Latina y el Caribe, un espacio de articulación entre gobiernos locales “que busca pasar de la aspiración común a la acción coordinada, con un norte muy claro: la identificación, estructuración y financiamiento de intervenciones urbanas sostenibles de calidad y alto impacto, basadas en las personas y en la biodiversidad”. Esta Red es impulsada por CAF –la ex Corporación Andina de Fomento, hoy “banco de desarrollo de América Latina y el Caribe”– quien con este propósito ha realizado una alianza con el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt y el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat).

La definición dice que “una biodiverciudad es aquella ciudad que incorpora de forma efectiva e integral la biodiversidad y servicios de los ecosistemas locales y regionales en su planificación y gestión urbana, como eje de su desarrollo socioeconómico, propiciando la calidad de vida y las interacciones entre las personas y la naturaleza”. Este concepto, planteado por el Foro Económico Mundial y el Instituto Humboldt, busca “incorporarse en los procesos de planificación de ciudades latinoamericanas y caribeñas que transitan hacia un desarrollo urbano sostenible”. Para ello se plantean cinco compromisos: Sanar el vínculo urbano-rural; Reincorporar la biodiversidad al tejido urbano; Desarrollar la competitividad de la base biológica; Promover mejores arreglos de gobernanza y Liderar el cambio hacia un nuevo sistema de valores. CAF trazó una estrategia hasta el año 2026 para llevar esto adelante, en cuya tercera etapa prevé el “apoyo a la incubación y estructuración de proyectos”. Uruguay está representado por el momento en esta red por el Municipio B de Montevideo y las ciudades de Maldonado y Canelones.

Pero claro, no es imprescindible integrar esta red para tomar en cuenta algunos conceptos e ideas que podrían mejorar a la ciudad y, con ello, la calidad de vida de quienes la habitamos. Uno de los conceptos es el de movilidad. Estamos presenciando un cambio importantísimo en la ciudad con la construcción de un centro universitario que va a cambiar algunas pautas de desplazamiento dentro de Paysandú, claramente habrá que pensar ajustes, y si es posible que estos ajusten contemplen que muchos de estos jóvenes se desplazarán en bicicletas –un medio práctico, económico y amigable–, por lo que lo ideal sería generar las condiciones para que lo hagan con seguridad. Pero el concepto de biodiversidad también contempla una ciudad no solamente con más áreas verdes, sino que además estas áreas estén interconectadas de alguna manera. Una buena forma de hacerlo es mediante el arbolado –y aquí cabría traer a colación el esfuerzo que se hizo desde el grupo Gensa por reponer los árboles que se han ido perdiendo con especies nativas–, aunque claro, después la realidad muestra lo lejos que estamos de este escenario, cuando en la misma Junta Departamental se planteó como posible solución a la suciedad generada por los pájaros al corte de los árboles en el microcentro, los únicos pocos árboles que hay en toda la extensión de 18 de Julio.