Ante la proximidad del verano, cuando la costa comienza a ganar protagonismo en la vida cotidiana de los sanduceros con sus plácidos atardeceres, el disfrute familiar y la belleza de un entorno natural profundamente arraigado en nuestra identidad litoraleña, cabe preguntarse por qué el llamado turismo fluvial no despega en Paysandú, pese a su enorme potencial.
Nuestra ciudad cuenta con una zona urbana dotada de servicios, oferta de turismo rural, termas y una propuesta cultural que podría articularse en circuitos. Entonces, ¿por qué, con estas condiciones, el río no actúa como motor económico para la orilla uruguaya, como sí ocurre en la argentina?
El ejemplo más cercano y evidente es la ciudad entrerriana de Colón, que supo capitalizar su ubicación combinando infraestructura balnearia, servicios y un producto turístico claramente posicionado en los circuitos regionales.
Nuestros vecinos de la otra orilla exhiben un ecosistema turístico fluvial más maduro: excursiones náuticas, playas e islas, presencia en plataformas de viajes, y una articulación efectiva entre servicios públicos y privados que mejora la experiencia del visitante y consolida una marca fuerte en el litoral argentino.
No se trata de copiar modelos, sino de aprender de sus prácticas exitosas: la articulación sostenida entre operadores privados y el gobierno local, y un marketing territorial constante que genera reputación y atrae turistas.
Paysandú, en cambio, ha tenido iniciativas puntuales y atractivas, pero ha faltado continuidad e impulso. La oferta turística está fragmentada entre operadores con escasa o nula coordinación; el trabajo interinstitucional es débil, y la inversión y promoción resultan insuficientes. En cuanto al río, faltan servicios regulares de navegación, y la gestión de los espacios naturales aún carece de una visión de largo plazo orientada al turismo sustentable.
Hace algunos años, durante la administración nacional frenteamplista, se implementó el concepto del Corredor de los Pájaros Pintados, una propuesta destinada a poner en valor los recursos naturales y culturales del litoral uruguayo, integrando los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú, Río Negro y Soriano. Esta iniciativa buscó combinar naturaleza, patrimonio, termas y actividades náuticas, articulando a operadores privados con instituciones públicas, gobiernos departamentales y cámaras de turismo. El resultado fue una mayor visibilidad para la región y su incorporación a circuitos nacionales e internacionales de turismo de naturaleza.
Fue una experiencia que, con la pandemia y el cambio de signo político en el gobierno nacional, terminó desarticulada. No obstante, sigue siendo un antecedente valioso, con recursos humanos formados, conocimiento acumulado y redes de operadores que podrían reactivarse.
El mercado turístico contemporáneo muestra dos tendencias clave para el litoral: por un lado, crece la demanda de experiencias basadas en la naturaleza y la autenticidad local; por otro, se cuestionan cada vez más los modelos masivos que degradan los entornos naturales.
Uruguay ha incorporado progresivamente la noción de turismo sustentable a su oferta y a su marca país. La agenda del turismo sostenible gana espacio institucional y de mercado, con ferias y programas que promueven experiencias responsables y abren oportunidades para destinos que ofrezcan naturaleza, cultura y prácticas sostenibles.
Pocos lugares en nuestra zona reflejan tan claramente la dualidad del río como fuente de riqueza y, al mismo tiempo, su fragilidad. El río, los arroyos, las islas y las zonas ribereñas poseen valores ecológicos —hábitats de aves y peces, humedales que regulan el agua—, y a la vez son escenarios atractivos para visitantes interesados en la naturaleza, la observación de aves o los paseos náuticos.
En este sentido, la reciente incorporación de las islas del río Uruguay al Sistema Nacional de Áreas Protegidas no debe verse como un obstáculo para el turismo fluvial, sino como una oportunidad: un sello de calidad capaz de atraer a un segmento creciente de turistas interesados en experiencias de bajo impacto y en el contacto respetuoso con los ecosistemas.
Esto abre oportunidades para un posible Paysandú fluvial, siempre que la oferta local logre combinar calidad ambiental y profesionalización de los servicios: amarraderos seguros, guías capacitados, normas de seguridad y sanidad, y una gastronomía que incorpore productos locales.
Conservación y turismo pueden avanzar juntos, pero para que el departamento desarrolle una oferta competitiva no bastan las declaraciones de intención, las fotos atractivas ni el material promocional. Se necesitan instrumentos concretos: un plan de manejo que establezca qué actividades se permiten, operadores certificados, y normas sobre capacidad de carga, entre otros elementos que contribuyan a un turismo fluvial sustentable y a nuevos usos educativos y científicos de la zona. Pensar este desarrollo implica, ante todo, asegurar la integridad ecológica: perderla sería hipotecar cualquier futuro posible.
La declaración de las Islas del Queguay como área protegida representa una oportunidad estratégica para preservar valores ecosistémicos y culturales, y al mismo tiempo aportar una marca de conservación que podría ser núcleo de un turismo de naturaleza y educación ambiental. Su gestión, basada en el bajo impacto y el uso restringido, puede garantizar que conservación y turismo no sean opuestos, sino fuerzas complementarias en equilibrio.
A la par, el turismo fluvial sostenible requiere logística adecuada, productos turísticos con valor agregado que incentiven la estadía y el consumo local, y una mejor infraestructura de servicios. En suma, un enfoque estratégico capaz de transformar las oportunidades potenciales en beneficios concretos.
El turismo es una política pública de largo aliento que exige continuidad, acuerdos entre los sectores público y privado y compromiso institucional. Paysandú tiene condiciones naturales, capital cultural y una ubicación estratégica a la que es posible agregar valor. Pero faltan compromisos prácticos y sostenidos. Se necesita una visión que considere el río Uruguay como un recurso a proteger, sí, pero también como un motor de desarrollo para su gente, capaz de generar oportunidades y de dialogar de igual a igual con lo que ocurre en la orilla de enfrente.