Creada en el año 1948, la Organización de Naciones Unidas (ONU) atraviesa una de sus crisis de credibilidad más severas, multicausales y persistentes a lo largo del tiempo.
En efecto, en palabras del especialista Jesús A. Núñez Villaverde, “hablar de crisis de la ONU se ha convertido ya hace tiempo en un lugar común, hasta el punto de que cada referencia al inminente colapso del orden internacional basado en normas cabría interpretarlo como un clavo más en el ataúd del legítimo representante de la comunidad internacional. Desgraciadamente, por voluntad directa de sus Estados miembros ha ido quedando crecientemente marginada y sin capacidad real para cumplir la principal de sus tareas: evitar la guerra. Así, se repiten hasta la extenuación las críticas contra el escaso poder de su secretario general, el magro balance de la diplomacia preventiva y de las operaciones de paz desplegadas en todos los rincones del planeta o la rémora que supone un Consejo de Seguridad lastrado por una composición y un proceso de toma de decisiones que no se ajustan a la relación de fuerzas del mundo actual”. Sin perjuicio de todo ello y de la crisis financiera que enfrenta la institución fruto de la caída de la contribución realizada por los países miembros (caída que refleja la falta de confianza de los mismos en la ONU), lo cierto es que se trata de una organización cuya imagen y credibilidad se encuentran muy dañadas. Durante décadas, la ONU ha demostrado con total éxito su inoperancia y falta de capacidad para lograr evitar o el amenos atemperar los conflictos armados que siguieron a la Segunda Guerra Mundial: la guerra de Corea, el conflicto armado en Vietnam, las masacres de la antigua Yugoslavia o de Ruanda, así como la invasión de Rusia a Ucrania, absolutamente todo lo que ha sucedido en Medio Oriente desde el ’45 a la fecha, entre tantos otros enfrentamientos en los cuales el multilateralismo de la ONU ha sido impotente para preservar la paz, motivo central para lo cual ha sido creada. A pesar de ello, la ONU ha sido totalmente exitosa a la hora de elaborar y difundir la agenda “woke” a través de organizaciones que dedican millones de dólares en todo el mundo para promover el feminismo, los derechos LGTBI y otras iniciativas de contenido y finalidad similares. Como sucede en todo el mundo (Uruguay incluido) esas agendas globales incluyen la contratación de exfiguras de gobierno o políticos como consultores contratados a través de programas como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a través del cual muchos de ellos se embolsan miles de dólares en consultorías. Es por eso que cuando ocupan cargo de gobierno o se desempeñan en bancas parlamentarias defienden con tanto entusiasmo las posturas de las ONU. Favor con favor se paga. Igualmente de inútil e intranscendente ha resultado el papel de la ONU en la invasión de Ucrania a la cual hicimos referencia, ya que siempre se ha cuidado de no molestar a Vladímir Putin con sus declaraciones y de tampoco incomodar a los países árabes cuya agenda a través de las décadas siempre ha sido claramente contraria a la existencia del Estado de Israel. La tibieza de la ONU ante la masacre perpetrada por el grupo terrorista Hezbollah el 7 de octubre de 2023 deja en claro que la ONU está flechada desde hace mucho y que el proceso de independencia de muchos países africanos en la década de los años ‘60 ha inclinado la balanza hacia el lado de quienes han optado por el terrorismo internacional como forma de actuación pública. Estos países son mayoría en la Asamblea General de la ONU, órgano cuyas decisiones no tienen carácter obligatorio y por ende a nadie le interesan realmente. Se trata de “castigos morales” que no logran preocupar a quienes están dirigidas, porque no tienen moral alguna, precisamente.
De acuerdo con un artículo publicado por el portal de noticias de la cadena BBC, “Fawaz Gerges, profesor de Relaciones Internacionales de la London School of Economics, dice que la invasión rusa de Ucrania hace dos años y ahora la guerra de Gaza han demostrado que el Consejo de Seguridad de la ONU “está paralizado y es disfuncional” y que la Asamblea General de las Naciones Unidas es “más una institución simbólica que una agencia ejecutiva”.
Considera que el estancamiento en el Consejo de Seguridad de la ONU es una consecuencia del regreso de las rivalidades entre grandes potencias que enfrentan a China y Rusia, por un lado, contra Estados Unidos y Europa, por el otro. “La ONU, incluidas sus diversas agencias, está en coma”, afirma. “Este es un momento peor que la Guerra Fría”. Todo ello deja en claro una sola cosa: más allá de las posiciones e interpretaciones de cada uno, lo cierto es que la ONU es una vergüenza como institución multilateral y un fracaso en relación con sus propios objetivos. El caso de Venezuela ha sido un ejemplo más de la inoperancia no sólo de la ONU, sino también del Mercosur, cuyos gobiernos de izquierda del momento hicieron entrar a prepo a Venezuela en esa organización internacional violando los derechos de otro Estado Parte (Paraguay) en una jugada de las que le gustaban al expresidente José Mujica porque ponían “lo político por encima de lo jurídico”. Finalmente, y como se trataba de una realidad que “rompía los ojos” recién en el año 2017 Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil constataron “la ruptura del orden democrático de la República Bolivariana de Venezuela” y por ello suspendieron a ese país del Mercosur. Toda esa violación democrática del chavismo venezolano ya era conocida cuando se solicitó su ingreso, pero se tenía que devolver el favor a Maduro –que puso mucha plata y recursos en los países y gobiernos afines, en forma directa y de turbios negocios– y a la memoria del propio Chávez porque es aclaro que todas esas valijas repletas de dinero que llegaron desde Caracas a Uruguay no fueron un simple regalo, sino que fueron una forma de financiar las campañas políticas de los partidos políticos “compañeros” en esta parte de América del Sur. Resulta irónico como los frenteamplistas uruguayos que durante años negaron la existencia de presos políticos en Venezuela muestren ahora, como un gesto de buena voluntad, la liberación de presos que según ellos nunca existieron. El cinismo de la izquierda uruguaya en su máxima expresión.
El propio presidente de la República Yamandú Orsi, en su reciente visita a la localidad de Nuevo Berlín sostuvo que el sistema internacional atraviesa una crisis profunda. “Hay que darse cuenta de que el mundo cambió y que los líderes del mundo son otros. Tenemos que acostumbrarnos”, afirmó. “Los organismos internacionales están pulverizados. El derecho internacional está pulverizado”, añadió, tras recordar su reciente participación en la Asamblea General de las Naciones Unidas. “Hagan un repaso de esos discursos y nos damos cuenta de que es otro mundo”. Y tiene mucho de cierto. Sólo le faltó un mea culpa de la izquierda tanto latinoamericana como mundial, que hizo mucho para que se llegara a esta situación. Las palabras del presidente uruguayo tienen mucho de la situación actual, pero también del futuro que se nos viene a pasos agigantados y para el cual debemos estar preparados. En un mundo en el cual el multilateralismo pierde cada día más fuerza y muchos de los problemas internacionales se terminan gestionando en el “pico a pico” de las relaciones bilaterales. Es verdad que el mundo ya no será lo que parecía ser, pero tampoco lo será la ONU, fruto de su propia incapacidad, su pésima gobernanza, su incontenible pérdida de prestigio y su estructura pensada para otras épocas. En ese mar de incertidumbres y desafíos, Uruguay debe ajustar sus velas para esos nuevos vientos y posicionarse como el país pequeño pero respetado que es.

