Un equipo del Laboratorio de Investigación en Biomecánica y Análisis del Movimiento, Departamento de Ciencias Biológicas, en la sede Paysandú del Cenur Litoral Norte, desarrolla un estudio para evaluar intervenciones manuales no farmacológicas en personas con cefalea tensional. Con protocolo doble ciego, mediciones de cortisol y variabilidad cardíaca, la investigación busca producir evidencia científica en un terreno donde la pastilla suele ser la primera respuesta.
En una sala del Laboratorio de Investigación en Biomecánica y Análisis del Movimiento (Libiam), ubicado en el Complejo Educativo Paysandú, en la antigua terminal de ómnibus de la ciudad, el silencio apenas se interrumpe por el registro de un monitor cardíaco. Sobre una camilla, un voluntario espera. No sabe qué intervención recibirá ese día. Tampoco lo sabe quién evalúa. El protocolo es doble ciego. La hipótesis resulta ambiciosa: que ciertas técnicas manuales puedan disminuir el dolor y el estrés en personas con cefalea tensional sin recurrir, como primera opción, a un fármaco.
El proyecto es impulsado por el licenciado en Educación Física Christian Schneider, en el marco de su formación de posgrado en la Facultad de Medicina, dentro del programa Proinbio. Tiene como tutores académicos a la doctora Renata Bona y al doctor Carlo Biancardi, integrantes del Libiam, junto a un equipo interdisciplinario que incluye profesionales de distintas áreas. Bona es brasileña y Biancardi, italiano, quien, además, es el director del laboratorio.
Una idea nacida en pandemia
“Es un área de la medicina, en realidad, de la fisioterapia”, explica a QUINTO DIA Renata Bona, formada con maestría y doctorado en su país. “La idea del proyecto surgió durante la pandemia. Estábamos todos muy estresados y pasábamos mucho tiempo delante de computadoras, teléfonos, haciendo reuniones, intentando organizarnos para la vida como estaba en aquel momento”, menciona. En este proceso también participó su esposo y también investigador Artur Bonezi.
En ese contexto comenzó a delinearse la investigación. “Empecé a escribir el proyecto y surgió una oportunidad por Pedeciba, un llamado para comprar equipamientos para iniciativas nuevas, que no tenían antecedentes. Postulamos, ganamos y pudimos comprar diversos aparatos para comenzar”, asevera.
Los equipos llegaron en 2023. El proyecto estaba aprobado por el Comité de Ética. Faltaban recursos humanos. “Yo fui intentando convencer a Christian porque sentía confianza. Es muy dedicado y disciplinado y me pareció una buena oportunidad para avanzar”, señala Bona.
Para ella, además, existe una necesidad estructural: “La fisioterapia, así como otras áreas médicas, tiene falta de evidencia científica. Y como fisioterapeuta, una de las pocas que investiga en la región, me parece fundamental este tipo de investigación”.
El cuerpo como sistema
Schneider prefiere ampliar el marco conceptual. “A veces se encasilla el proyecto dentro de la medicina, pero el cuerpo humano es algo más general. Toca distintas ramas”, afirma.
En el laboratorio conviven ingenieros biológicos, zoólogos, médicos, profesores de educación física y fisioterapeutas. “La multidisciplinariedad aporta más de lo que debería hacer encajonar”, sostiene.
La investigación se centra en la cefalea tensional, uno de los tipos de dolor de cabeza más frecuentes. “Suele estar asociada a tensión muscular, estrés y sensibilidad en los tejidos de la cabeza y el cuello”, explica. Pero el equipo pone el foco en la fisiopatología miofascial, es decir, en la relación entre músculo y fascia.
“La causa no es lo mismo que lo que te está pasando en el cuerpo”, dice Schneider. “Con la pandemia, el home office, las malas posturas y el sedentarismo se generan alteraciones corporales que decantan en cefalea tensional. Estrés, trabajo y malas posturas llevan a la cefalea”, añade.
La prevalencia es elevada. “Más del 60%” según el Manual de Práctica Clínica en Cefaleas 2026. “Casi todo el mundo debería tener este tipo de cefalea”, afirma.
La fascia, de tejido descartado a objeto de estudio
Durante décadas, la fascia resultó ser relegada en la enseñanza anatómica. “Antes, cuando teníamos clases con cadáveres, la fascia se sacaba. Era tejido de descarte”, recuerda Bona. “Ahora se sabe de la importancia”.
“El músculo se estudia hace más de 70 años, pero la fascia empezó a estudiarse a principios de los 2000”, agrega.
La hipótesis es que el cuerpo funciona como una red conectada por cadenas fasciales. “El dolor en los gemelos puede tener relación con dolores arriba, en el trapecio. Está todo conectado. Si hay una tensión exagerada o un movimiento mal hecho, puede generar secuelas en la cadena, no solamente en un lugar específico”, explica Bona.
Dos técnicas y mediciones fisiológicas
El estudio compara dos intervenciones manuales. Una es la liberación de puntos gatillo musculares (triggerpoints), considerada el patrón oro y con evidencia acumulada. La otra es la liberación miofascial superficial.
“Son masajes muy suaves”, describe Schneider. “Buscamos liberar la zona restringida por encima del músculo y por debajo de la piel. Una vez que uno comprende la sensibilidad, no es tan complejo. Es algo simple que podría incorporarse en la vida diaria”.
Cada voluntario participa en dos sesiones y recibe ambas técnicas en días distintos. Antes y después de cada intervención se realizan mediciones: intensidad del dolor, temperatura de tejidos, movimiento mandibular, actividad muscular, cuestionarios de estrés, variabilidad de la frecuencia cardíaca y análisis de cortisol en saliva.
“El protocolo es doble ciego. Ni el paciente ni el evaluador saben qué manipulación se va a realizar”, subraya Bona. El objetivo es evitar sesgos al analizar los datos.
La medición del cortisol –que debe tomarse a las 7 u 8 de la mañana– añade complejidad logística. “El toque superficial activa el sistema nervioso autónomo parasimpático”, explica Bona. “Buscamos modular el simpático, que es el sistema de alerta. Hoy, con la vida que llevamos, el simpático suele estar más activo. Lo ideal sería un equilibrio, pero tender más al parasimpático”.
La variabilidad de la frecuencia cardíaca permite observar si esa modulación efectivamente ocurre.
Más allá del fármaco
En la práctica habitual, dice Schneider, el abordaje suele ser farmacológico. “Cuando uno va a un neurólogo, lo primero es tomar una pastilla. Y muchas veces hay cosas que se pueden solucionar con entrenamiento o con terapia manual, que no es costosa y es simple”, dice.
No se trata de prometer curas definitivas. “Quizás no curarla del todo, pero sí mejorarla”, aclara quien cuenta con la colaboración de Paula Radesca, también licenciada en Educación Física y quien tiene un proyecto propio en el laboratorio que giran en torno al Parkinson.
El proyecto de Schneider comenzó formalmente a ejecutarse en 2024. “No diría que, corriendo, más bien caminando”, reconoce Schneider, entre exigencias docentes y limitaciones horarias. Sin embargo, el equipo envió un resumen al World Congress of Physiotherapy en Punta del Este y fue aprobado.
La meta es completar las evaluaciones este semestre y luego realizar una pasantía en Uruguaiana, Brasil, donde analizarán los datos en un laboratorio asociado gracias a una beca de intercambio.
Mientras tanto, el equipo continúa convocando voluntarios mayores de 18 años con diagnóstico de cefalea tensional. “Puede pasar que no se animen a escribir o que no estén diagnosticados”, dice Schneider. “Pero todo el mundo conoce a alguien que tiene cefalea o migraña. Es cuestión de hablarlo”.
En una época en que el dolor de cabeza parece casi una condición de época, el desafío del laboratorio sanducero no es menor: demostrar, con datos y método, que el alivio puede comenzar por comprender cómo el cuerpo entero responde al estrés de vivir.

