Las encuestas reflejan el estado de la opinión pública en un momento determinado, pero, tomadas en conjunto, van mostrando tendencias a lo largo del tiempo. Y eso ayuda a los gobernantes: les permite saber cómo los ven sus conciudadanos y mandantes, qué les preocupa y qué esperan de ellos.
A veces, sin embargo, pueden tener efectos negativos, tanto cuando los datos son buenos —porque ensoberbecen, y ¡cuidado con los gobernantes soberbios!— como cuando son malos: los ponen nerviosos y les hacen perder la calma. Entonces salen a patear para cualquier lado, a pescar en cualquier cachimba, a rendir homenaje a cualquier cachafaz, a someterse a un montoncito de fanáticos, a acusar y buscar culpables por todos lados y a tirar porquería a diestra y siniestra.
No sé cómo habrá caído en el gobierno esta última encuesta de Equipos sobre la imagen presidencial, que marca una caída —abrupta, diría— en la aprobación de la gestión de Yamandú Orsi. Casi la mitad de los encuestados (48%) la desaprueba; solo el 27% —menos de tres de cada diez— la aprueba, y algo menos de un cuarto (23%) ni aprueba ni desaprueba. El saldo para Orsi es negativo: -21. Y si se la compara con la encuesta anterior, de febrero, el desasosiego para el gobierno debe de ser aún mayor: entonces el saldo negativo era de -7, con un 40% de desaprobación y un 33% de aprobación. Hay una diferencia importante.
Para peor, en esta ocasión no juega el efecto “portaaviones” ni la “simpatía” que le generó al presidente la nueva obra faraónica del “reverdecer” —y ainda mais— del Palacio Legislativo. El PCU está jugando fuerte y a cara descubierta, explotando esa supuesta “genuflexión” al imperialismo. Por otro lado, cae muy mal el gasto multimillonario impulsado por la vicepresidenta Cosse. Asusta por los antecedentes en la materia y, al mismo tiempo, agravia que el gobierno utilice un tema tan serio y preocupante como la pobreza infantil para justificar más impuestos y más funcionarios —faltando a lo prometido— mientras, paralelamente, encara semejante derroche. Hay, además, una tendencia a trasladarle todo al presidente, especialmente aquello que genera ruido o polémica. Todo termina cargándose sobre él. La confianza en el presidente ha caído. La credibilidad de Orsi ya no es la misma que al principio; ni cerca. Ahora bien, ¿cuánto incide en ello la caída de la credibilidad del ministro de Economía, Gabriel Oddone —el primero que eligió en tándem con Mujica—? La gente se enoja con los cambios y los distintos “matices” explicativos del ministro y, además, tiene miedo: teme por sus ahorros en las AFAP y no quiere que sean manoteados por el BPS.
Los propios empresarios le reclaman a Oddone “señales correctas”, y este se enoja y acusa tanto a la oposición como a los empresarios de ser “temerarios”. Mientras tanto, estuvo sonriente en primera fila el 1.º de mayo y no se le conocen respuestas firmes ni críticas claras a las iniciativas del ministro de Trabajo ni a las afirmaciones de los popes del PIT-CNT. Orsi ha perdido credibilidad porque, de alguna manera, en la percepción de la gente también ha perdido autoridad. A los ciudadanos no les gusta que sus ministros le falten el respeto —así lo perciben muchos—; no les gusta que otros salgan a interpretar lo que él piensa o dice, ni que todos los “baldes pesados” y las embarradas terminen endosándoselas a él.
La mayoría de los ciudadanos confió en él, le delegó poder y le otorgó facultades para que manejara sus asuntos. Si no lo hace —o si los ciudadanos perciben que no lo hace—, se desilusionan, dejan de creer y dejan de aprobar. Así de simple.


Sé el primero en comentar