Hace muchos, muchos años, los humanos castigaban por mano propia las ofensas e injusticias recibidas.
Hace muchos años también, los humanos tuvieron la lucidez de ver que la justicia por mano propia era una forma riesgosa, caprichosa y subjetiva de resolver los problemas. Y muchas veces, errónea e injusta.
Por eso vivimos en un sistema con normas de convivencia y con organismos especializados y objetivos para resolver nuestras diferencias.
¿Es un sistema imperfecto? Sin dudas.
¿Es un sistema injusto? Muchas veces.
Pero es lo mejor que tenemos, hasta ahora. Perfeccionarlo, mejorarlo, depende del aporte de todos.
En las antípodas de este sistema, frente a aparentes y/o reales injusticias/maltratos/descuidos, hay gente que decide tomar decisiones sobre determinadas situaciones, a su real saber y entender. En la cuestión animal, está sucediendo mucho. Y es muy preocupante.
Los estándares de bienestar animal no son subjetivos, un veterinario puede sin problemas enumerarlos y nuestra ley 18.471 los exige (alimento y agua en calidad y cantidad suficiente, resguardo, asistencia veterinaria, esparcimiento y no violencia). Sin embargo, en cuanto uno hila más fino, vemos que esos estándares que parecen tan obvios, son cánones que van de cero a 100 y en el medio, toda una gama de tonalidades.
Caso real 1: perro flaco y con su pelo en mal estado dentro del patio de una casa. El patio tiene heces del perro. La señora es increpada por sus vecinos y amenazada de ser denunciada por maltrato animal. Cuando tiene oportunidad la señora explica y prueba que el perro está enfermo (por eso su apariencia física) y en tratamiento veterinario y las galletitas de gato que le dejan las vecinas no lo ayudan.
Caso real 2: perro viejo, con baja visión, es encontrado deambulando solo en la vía pública. Un transeúnte bien intencionado lo lleva a un refugio. Su familia lo está buscando. El refugio no se lo entrega por entender que hay maltrato. El perro muere lejos de su familia.
Caso real 3: una familia es denunciada en redes, con fotos del frente de su casa, con dirección completa, porque su perro, de raza de gran porte está sumamente flaco. La familia es hasta amenazada. Antes que la sangre llegue al río, una rescatista con muy buen tino, se acerca a hablar con la familia. El perro está flaco porque come poco, la familia también come poco, la señora jefa de familia, sola con su hijo menor de edad, se quedó sin trabajo. Todos tienen hambre. Se los ayuda con comida.
Caso real 4: perro se pierde en un descuido. Deambula por varios barrios y aparece muy lejos de su hogar. Lo encuentra una persona que le da resguardo y al verlo sucio y flaco, asume que lo maltrataban. Lo da en adopción. Su familia nunca lo vuelve a ver.
Todas estas situaciones no deberían de ser resueltas en forma definitiva por particulares sino por los organismos estatales correspondientes (INBA, policía, etc). Como mínimo, se debería consultar a un veterinario para sostener que un perro/gato ha sido maltratado.
Es un hecho que quienes estamos en contacto permanente con la situación de los animales no humanos, vemos constantemente casos de tremenda violencia hacia ellos. Que finalizan en el olvido o la impunidad.
Es un hecho que la violencia contra los animales ha crecido y la irresponsabilidad de la gente también, como corolario de una sociedad con los valores invertidos, donde importan las apariencias, el exterior, la foto de Instagram pero no el vínculo, el respeto y la preocupación por el otro.
Es otro hecho que el marco legal que tenemos se quedó corto, muy corto, y los animales están desprotegidos y desconsiderados en su dimensión de seres sintientes.
También influye el que a ningún partido político parezca importarle seriamente el tema y por lo tanto el Estado, todo el estado en general, no se toma en serio las preocupaciones que miles de ciudadanos venimos expresando dese hace tiempo, ni invierte el dinero necesario, ni da soluciones apropiadas, ni responde con la celeridad y urgencia que muchas veces se necesitan.
Pero jugar a ser Dios es un tema muy serio. Y de mucha responsabilidad. Y apoyar la cabeza de noche en la almohada creyéndonos con ese derecho, es un riesgo muy grande y ha llevado, históricamente, a excesos y grandes injusticias.
Y además, le quita responsabilidad a quien realmente la tiene: los tenedores irresponsables, los maltratadores y el Estado como fiscalizador, provocando un agotamiento y estrés en rescatistas, refugios y demás personas que ayudan a los animales, lo que –sumado a la impunidad– es el caldo de cultivo de lo que queremos evitar.
Dra. Verónica Ortiz, Diplomada en Derecho Animal – UMSA

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