La pandemia que sirvió para otras cosas

Ayer se cumplieron seis meses de la declaración de emergencia sanitaria en Uruguay y a pesar del control que ejercen las autoridades –y en definitiva todos los uruguayos– sobre la COVID-19 que mantiene en vilo a una región complicada, también pueden encontrarse enseñanzas que deja una contingencia de estas características.
Fue clave reconocer que no estábamos preparados, ni como población ni desde el gobierno, para enfrentar una pandemia que arrasó con la vida de casi un millón de personas en el mundo, según las cifras contabilizadas hasta este domingo (922.000).
El mundo del trabajo dio un giro abrupto y transformó a trabajadores en desocupados y a dependientes en independientes, porque aparecieron otras formas de desempeño.
En algunos casos, sirvió para descubrir nuevos potenciales personales a partir del seguro de desempleo o el despido, en el peor de los casos. Aprender, en algunos momentos a fuerza del dolor, que en definitiva dependemos de nosotros mismos.
Reveló que la violencia intrafamiliar era más grave de lo que presumíamos. Que los peores abusos infantiles surgían en el hogar y desde los cercanos. Y que las redes sociales extendían su uso para el bien y para el mal, tanto para la solidaridad como el inútil escrache.
La necesaria –y en algunas ocasiones obligada– permanencia en el hogar nos habilitó a la búsqueda de una nueva forma de crecimiento amigable, en primer lugar desde lo individual, pero enseguida con el medio ambiente. Porque nada quedó planteado al azar y varias de estas situaciones vinieron para quedarse.
La desigualdad persistente a nivel del continente latinoamericano se puso de manifiesto ante los embates de una crisis de sanidad que hubo que solucionar de diferentes maneras ante la falta de un liderazgo clave y global.
La intercooperación, que iguala en oportunidades, permitirá que los países menos desarrollados y pobres puedan tener las mismas posibilidades. De lo contrario, mientras el dominio pase por las divisiones, no habrá enseñanza posible ni esfuerzo pospandemia que valga la pena.
Ahora, que miramos hacia la tierra con la posibilidad de producir comida a menores costos, vemos las consecuencias medioambientales asociadas a la falta de agua y a los cambios en el clima. Allí se encontraba una de las posibilidades de la expansión económica para América Latina y el Caribe, donde se calcula una contracción del 9,1% del Producto Bruto Interno (PBI) regional este año. Y también porque es la zona del planeta donde se encuentra un tercio del total de los muertos por coronavirus.
Que se rompiera el ritmo cotidiano cuando nadie –ni gobernantes ni gobernados– sabían para qué lado tomar, demostró las fragilidades humanas. Allí apareció la solidaridad, la mezquindad, la “viveza criolla” y también la indiferencia de quienes no sufrieron cambio alguno en sus vidas.
Pero en general, primero fue la ingenuidad que llevó a pensar que hasta Uruguay, tan al sur del sur y tan pocos, nunca llegaría. Hasta que ocurrió.
Después, vino la dureza de los conceptos para quienes caían enfermos y sus casos eran conocidos. Porque hablamos, también, de una crisis de valores donde un virus llegó para quedarse sin hacer distinciones sociales. Sin embargo, sus consecuencias económicas y educativas sí son desiguales. Y allí también contiene una enseñanza hasta ahora no aprehendida, porque aprendida estará cuando culmine la emergencia.
La presencialidad, tan importante para cualquier uruguayo, se transformó de pronto en un factor de riesgo. Hubo que buscar rápidamente otras formas de comunicación y los dispositivos digitales se transformaron en fieles compañeros. De esa forma hubo que trabajar, enseñar, estudiar y abrazar a padres o hijos.
También hubo que acostumbrarse a no despedir a los muertos y la carga de nostalgia, en un país como el nuestro, es más pesada aún. Empezó a sobrar el tiempo y a no saber qué hacer con él. Ahora que disponíamos de ese espacio tan reclamado en otras oportunidades, debimos conformarnos con el mensaje que repetía “quedate en casa”.
Pero a su vez, algunos hogares no tenían ese formato y se transformaban en verdaderas cárceles que agotaban a sus internos por su violencia. En otros casos, el virus visibilizó que no había casa sino un recinto precario donde permanecían personas hacinadas. Y en otro, directamente no era posible quedarse, porque un solo día sin salir significaba no tener para la comida.
Y así fue como visualizamos verdaderamente a la informalidad y a la cantidad de trabajadores unipersonales, dedicados a innumerables laborales con el único propósito de sobrevivir. Porque estas situaciones estaban vigentes desde antes de la pandemia. La COVID-19 solo ayudó a abrir los ojos y mirar a los costados.
La ciencia tiene un espacio de desarrollo que valora notoriamente con la aparición de este virus. Pero las ciencias sociales tienen una dimensión de igual amplitud para explicar y estudiar estos fenómenos comunitarios y formular respuestas a tantas preguntas. Porque, también, quedó demostrado que como sociedades no estábamos preparadas para “perder el control” de nuestras situaciones. Por eso, si es que el virus vino para quedarse, solo en el largo plazo sabremos cuánto hemos aprendido.