Es una de las historias más antiguas y conocidas que existen, la que cautivó a todo Occidente. Es La Odisea de Homero, en la que el rey guerrero Odiseo emprende un viaje de una década para regresar a su esposa, Penélope, tras malgastar otra década previa en la guerra de Troya. Christopher Nolan tuvo la loca idea de llevarla al cine, a pesar de los intentos fallidos de Hollywood que le precedieron.
Sobre el papel, parece muy acertado que el británico aborde este material, especialmente por la forma en que Homero manejaba el tiempo al narrar su poema. Como era de esperar, la película de Nolan se desplaza hacia atrás y hacia adelante en su narrativa. Por otro lado, se trata también de una historia que incluye cíclopes, ciclones, sirenas y brujas; hasta ahora, Sir Christopher no se había adentrado de lleno en la fantasía pura en sus películas.
Solo por su enorme ambición, Nolan merece reconocimiento en este caso. Aunque a menudo sus aspiraciones superen sus posibilidades reales, resulta casi milagroso que lograra crear una épica monumental de aventuras históricas contando con un presupuesto de 250 millones de dólares (un cheque en blanco) otorgado por Universal. Ahí reside parte del atractivo de La Odisea: ya no se hacen películas así, y en realidad… nunca se hicieron. La ambición es descomunal. La fotografía en IMAX (primera vez que una producción narrativa se filma en su totalidad en este formato) es impresionante. El sonido apabulla y ensordece. Es cine a la mayor escala posible.
Siempre es difícil volver a casa
La película (siguiendo de forma bastante fiel el poema), comienza ocho años después del inicio de la travesía de Odiseo, con Penélope (sólida Anne Hathaway) tratando de rechazar a los pretendientes que aspiran a su mano. Todos, salvo Penélope y su hijo Telémaco (Tom Holland intentando estar a la altura de todos los monstruos que lo rodean), creen que Odiseo ha muerto.
Robert Pattinson se entrega a una interpretación exagerada y caricaturesca como Antínoo, el más vulgar de los pretendientes; imaginen a Joaquin Phoenix en Gladiador, pero con un matiz de malicia más sexy y divertido. Es un amante de lo ajeno, desea a Penélope y, lo que es más importante, ansía desesperadamente el trono.
Mientras tanto, Odiseo se encuentra atrapado en una costa remota junto a la Calipso de Charlize Theron –una ninfa cuyo hechizo lo mantiene cautivo–, al tiempo que las visiones de Atenea (un cameo extendido de Zendaya) nublan su percepción del tiempo y la realidad. Nolan sigue la narrativa fragmentada de Homero mediante flashbacks, pero, al hacerlo, convierte a Calipso en poco más que un recurso narrativo dentro de la gran travesía del protagonista.
Odiseo comienza a recuperar la memoria gradualmente, y es entonces cuando la película cobra verdadero impulso. Destaca un encuentro aterrador con la Circe de Samantha Morton –una hechicera que transforma a sus hombres en cerdos– en una secuencia de eficacia asombrosa que recurre únicamente a efectos prácticos, pareciendo algo salido del mejor cine de Tim Burton o Guillermo del Toro, antes que le dijeran a los dos que eran genios.
El enfrentamiento con el cíclope, uno de los puntos memorables del poema, está protagonizado por una creación magistral del titiritero Bill Irwin: un monstruo grotesco que devora a los hombres de Odiseo. En estas secuencias, Nolan se entrega a la fantasía y la magia pura, y el resultado es notable.
Nadie es perfecto, ni Odiseo
No voy a mentir: hay defectos y tramos irregulares en esta película de casi tres horas, especialmente en los primeros minutos, pero el espectador se acomoda al poco tiempo y el relato de Sir Christopher fluye perfectamente. El tipo quiere que sintamos el peso y el desgaste del viaje de Odiseo, y esta fuerza acumulada se despliega en un tercer acto maravilloso. Es entonces cuando Odiseo regresa por fin a Ítaca, disfrazado de mendigo, para planificar cuidadosamente sus movimientos y recuperar lo que antaño perdió.
Hay cuestiones de casting que distraen un poco: la elección de Tom Holland para el papel de Telémaco, el hijo de Odiseo que se aventura en tierras salvajes en busca de su padre, está vinculada a traer jóvenes a las butacas. A los fanáticos de Troya, Elon Musk y el Ku Klux Klan no les va a gustar que sea Lupita Nyong’o quien interprete a Helena, pero bueno, allá ellos. Elliot Page tiene una complexión demasiado menuda para resultar del todo convincente como soldado griego, aunque compensa esta carencia más adelante con gran peso emocional.
Debido a estas decisiones de reparto, la película a veces corre el riesgo de caer en lo ridículo. Sin embargo, se trata de una obra tan colosal –tan ambiciosa como cualquiera de las estrenadas en este siglo– que uno está dispuesto a pasar por alto esos defectos gracias al impacto acumulado y a algunas de las imágenes inolvidables que ofrece la adaptación de Sir Christopher. El asedio de Troya, que comienza con el popular caballo de madera estratégicamente situado en la playa, es impresionante. Lo mismo ocurre con las secuencias acuáticas en las que Poseidón siembra el terror entre los hombres de Odiseo; entre ellos figura Himesh Patel, quien realiza una sólida interpretación secundaria como Euríloco, la mano derecha de Odiseo. Y luego están John Leguizamo y Matt Damon, dos de los puntos fuertes de la producción.
El colombiano como el ciego Eumeo amenaza con robarse la película, nuestros corazones y todo lo que existe; uno simplemente quiere llevárselo para su casa. Pero el rey es Damon, y cada vez que reaparece en pantalla –tras las secuencias más pesadas centradas en Telémaco–, la cosa cobra vida. Hay que ver lo que aporta a su interpretación de Odiseo: una voz curtida por los castigos, un cansancio imposible de fingir, y la imagen de un hombre que ha sobrevivido a su propia supervivencia. Puede que sea el mejor trabajo de la carrera de Matt.
La cuestión final, por supuesto, es el propio Nolan, que con este último díptico sobre la maldición en el (in)genio de Oppenheimer-Odiseo, parece más reflexivo que nunca. ¿Se sentirá culpable por plagar a las salas de cine con tipos musculosos en malla tirando poderes? Solo él lo sabe…
Juan Manuel Fábregas