Editorial de El Telégrafo sobre los temas que más importan en el mundo, Uruguay y Paysandú en particular.
Manéjese con cuidado
En el mismo artículo se citaban declaraciones del gerente de Unvenu, Federico de Castro, quien transmitía las dificultades para simplemente transformar las estaciones de servicio en “electrolineras” —como se les llama en otros lugares— o complementar lo que deja de ingresar por la venta de naftas con lo de los “surtidores eléctricos”, en la medida que en los países con mayor desarrollo en la movilidad eléctrica, la experiencia indica que la carga es esencialmente hogareña y los puntos de carga públicos son complementarios, se recurre a ellos en casos de urgencia.
Un informe en el sitio español especializado en la cultura automotriz Motorpasión da cuenta de la situación en ese país al respecto, en el que se plantea que mientras muchos informes infieren a la falta de cargadores rápidos “especialmente fuera de los grandes corredores de tráfico y en las zonas con menos población”, la realidad indica que la infraestructura de carga en toda Europa está subutilizada. “Hay más de 1,1 millones de puntos de carga para 15 millones de vehículos enchufables (9,3 millones de coches 100% eléctricos), pero su tasa de utilización apenas alcanza entre el 2% y el 8%”. Esto equivale a entre 30 minutos y 2 horas de ocupación al día. “Una miseria en términos económicos que desalienta a los operadores”, opina. Agrega que empresas que operan en ese mercado sostienen que “el verdadero problema no es la falta de cargadores, sino la escasez de vehículos eléctricos por punto de recarga. Es decir, según ellos, no hay más cargadores porque no hay más coches eléctricos”. En otras palabras, la movilidad eléctrica no requiere de la misma cantidad de puntos de carga que los automóviles tradicionales. Motorpasión cita a Philipp Senoner, CEO de Alpitronic, uno de los líderes europeos de las recargas, quien explicaba en una entrevista con Electrive.net “que el verdadero quid de la cuestión ya no es saber si se necesitan más puntos de recarga para fomentar el crecimiento de los vehículos eléctricos, sino más bien constatar que hay muy pocos coches eléctricos por punto de recarga”.
La principal causa a la que atribuyen el bajo aprovechamiento es que el 89% de las recargas se realizan en domicilios particulares. También mencionan problemas de visibilidad y acceso a los puntos públicos, hay averías técnicas frecuentes, los vehículos que ocupan plazas tras completar la carga, y tiempos excesivos de recarga en híbridos enchufables y algunos eléctricos.
Claramente no es por ahí, como dicen los jóvenes, y si –como sostienen los estacioneros– el negocio de la venta de nafta tiene fecha de vencimiento, no será el despacho de electricidad el que los sostenga. Por más que para el creciente parque electrificado sea tan buena noticia saber que dispone de más puntos de carga, como buena noticia es para quien conduce un auto de combustión interna descubrir una estación de servicio que le queda de paso.
Es cierto que muchas de estas características que tiene el mercado de los automóviles eléctricos y el impacto del cambio tecnológico lo venimos descubriendo sino a la par, por lo menos a bastante corto plazo de distancia en relación con el resto del mundo, y que aunque hay muchos estudios al respecto, la verdad de la milanesa es la que dicta la realidad, que se encapricha en llevar la contra a los analistas especializados una vez tras otra. Así y todo, es muy inquietante ver en tiempo real como decisiones gubernamentales, aun amparadas en acuerdos interpartidarios —como ocurre con todo esto de la transición tecnológica— pueden ocasionar que en cuestión de muy pocos años un sector importante de la economía deje de ser rentable.
Un exceso de beneficios —que es lo que dan a entender los estacioneros que ha ocurrido— puede desequilibrar completamente un mercado y volcar peligrosamente la balanza. Hoy, con el mercado de los vehículos eléctricos ya consolidado —nadie puede dudarlo con la quinta parte de las ventas totales— y pretendiendo corregirlo, se puede caer en un nuevo error si se cambian las reglas de juego abruptamente.
Por más que todo esto se pueda leer como un nuevo indicio de que a todos les puede llegar su Uber, y por más que ya no estemos en pandemia, sigue siendo conveniente manejar con prudencia ciertas perillas.



