Cada dos de febrero, las costas atlánticas de América del Sur se llenan de fanáticos y curiosos. Es el día de la diosa Iemanjá, la deidad que habita en el mar. Todos los años las playas son escenario de rituales y regalos que los seguidores ofrecen a la Orixá. Iemanjá tiene su origen en las ancestrales culturas africanas, es parte del panteón de los Orixás, y está rodeada de leyendas y misterios. A esta deidad le gustan los claveles blancos y se la asocia con el color celeste. Las ofrendas que recibe el mar cada dos de febrero, además de claveles y velas celestes, incluyen comidas, perfumes, bijouterie y frutas, en especial sandías cortadas con forma de flor, con maíz blanco y perejil.
La Mae y el Pae de cada agrupación se distinguen por los colores fuertes de su vestimenta y por ser los que lideran el ritual. Canciones, tambores, iniciaciones, velas, ofrendas, reverencias y otras tradiciones son cada vez más populares en diferentes regiones. EL TELEGRAFO habló con Mae Claudia de Xangó (que vive en Montevideo) para conocer qué significa para ella la Diosa Iemanjá. Mae Claudia dijo que “ella nos orienta, nos auxilia cuando estamos rotos o a la deriva, pero sin interferir en lo que tenemos que aprender viviéndolo, para evolucionar y ser buenos navegantes en nuestra propia vida, para poder luego orientar a otras personas desde la propia experiencia”.
En cuanto al simbolismo de los barcos que se lanzan al mar el 2 de febrero de cada año con ofrendas, cuenta que “los barcos son como la vida misma. Y las aguas del mar representan el mundo en que vivimos; las tormentas y las tempestades son los problemas diarios a enfrentar”. “Hay barcos lujosos y otros más simples, pero todos deberán pasar por las tormentas, lo que importa es la fortaleza, la resistencia y como superarlas saliendo fortalecidos. Si bien los barcos son de corta duración, Iemanjá enseña a no detenerse, porque el viaje es tan largo como la vida de cada uno”, detalla.
El año anterior y a raíz de la pandemia las distintas asociaciones afroumbandistas y otros cultos llamaron a sus fieles a no concurrir masivamente a las playas para evitar las aglomeraciones, en cumplimiento de las normas sanitarias y se sugirió que lo que se iba a ofrendar al mar fuera donado a las ollas populares.
