El sábado 12 de noviembre la selección Liga Sanducera sub 13 jugó la final nacional ante Liga Interbalnearia de Canelones. Luego de siete meses de intenso entrenamiento, los chicos habían conquistado el derecho a jugar esa final por mérito propio. Dejando por el camino a selecciones poderosas como Salto, Artigas, Rivera, y a la candidata al título, la Liga Palermo de Montevideo, ganando los dos partidos semifinales ante el favorito. Los gurises –que este año dejan el baby fútbol– iban poniendo alma y corazón en cada partido. Y los padres y familiares detrás de ellos siendo los que siempre confiaron desde el primer momento.
Llegaron a la final como selección invicta, no habiendo perdido en la cancha ante ningún rival. Y llegó la gran final ante el representativo de Canelones. Para nuestra sorpresa, a pocas horas del partido, la Liga Sanducera publicó los nombres del árbitro del encuentro, quien pertenece a la Liga Costa de Oro (Canelones). También el veedor del partido sería de Canelones. Y el partido se habría de disputar en el Complejo Rentistas en las afueras de Montevideo (a pocos kilómetros de Canelones). Mientras los sanduceros debimos recorrer casi 400 kilómetros, la Liga Interbalnearia promocionaba la final destacando su condición de local.
Desde el punto de vista deportivo, el partido comenzó parejo hasta que empezaron los fallos arbitrales. Nunca mejor empleada la palabra fallo. Al término del primer tiempo un remate de un atacante de Interbalnearia rebota en un jugador de Paysandú quien instintivamente pone sus brazos delante del cuerpo para protegerse del pelotazo. Un remate a un metro de distancia entre jugadores. El juez cobra penal. Pero lo insólito es que el jugador sanducero estaba fuera del área penal. Se ejecuta el penal, es gol y el juez termina el primer tiempo sin reanudar el juego y por ende sin posibilidad de reacción inmediata. Igualmente, había confianza en que se podía revertir la situación pero a pocos minutos de comenzado el segundo tiempo, un sanducero le reclama a un compañero “pasame la pelota” y éste le contesta “ya te la voy a pasar, no me…” y el árbitro muestra la tarjeta roja directa por insulto a un compañero. Pocos minutos más tarde una falta de otro sanducero es sancionada con amarilla y para sorpresa de todos es acumulación y tarjeta roja.
En el reclamo del penal a ese mismo chico le había sacado la tarjeta amarilla por protestar. A esa altura la tribuna sanducera se caía de indignación. Y el árbitro decide parar el partido. Levanta el balón, señala el centro de la cancha y va hacia el mismo haciendo gestos que el partido estaba terminado por las protestas de la tribuna. Luego de varios minutos de diálogos, se dio la orden de seguir, tal vez convencidos de que ese resultado no lo cambiaba nadie y no era el mejor final para el torneo.
Tras la reanudación, el ánimo de los sanduceros no decayó ni fuera ni mucho menos dentro de la cancha. Y así, 9 contra 11 llegó el empate. La algarabía fue total de los jugadores que quedaban jugando, de los suplentes, del técnico y de la hinchada. Y nuevamente el árbitro, haciendo gala de su autoridad decide expulsar al director técnico por haber entrado a la cancha a festejar. Esta vez el reglamento lo amparaba pero los gestos eran clara señal de que “acá mando yo”, y un nuevo golpe al ánimo de todos. Para el técnico sanducero hubo gestos duros y tarjeta roja, para el otro técnico, amistad, abrazo y sonrisas. En los últimos minutos del partido, con 9 jugadores Paysandú se fue arriba en busca del triunfo. Un remate de un delantero sanducero dio en el brazo de un jugador de Interbalnearia, pero el árbitro desestimó el cobro de la falta penal. Esta vez sí, brazo extendido, a una distancia de cuatro metros del jugador que remató, y claramente dentro del área penal. Llegó el final del partido y la definición por penales.
Como toda definición por penales, en pocos segundos se decide que uno gana y el otro pierde, sin mucho mérito deportivo. Hasta se han definido campeonatos mundiales de esta forma y siempre queda la duda de si triunfa el mejor.
Los mejores jugadores han errado penales en esas instancias. A Paysandú le tocó perder. Interbalnearia ganó 5 a 4. Esto sí, fue reglamentario. Paradójicamente, los penales fueron lo más justo que hubo en toda la final porque el árbitro no tuvo incidencia, o al menos no se notó. Y Paysandú mantuvo el invicto. El final fue triste de vivir, por el llanto de los gurises, la impotencia de los adultos y la bronca porque se le quitó una ilusión a una generación brillante. Hasta el festejo local fue tibio porque no daba para mucha alegría por la forma en que se había dado. Una vez más, había triunfado el centralismo y la organización dirigencial en algo tan puro como es el deporte infantil. Al Interior le falta crecer mucho, no en habilidades y aptitudes, tampoco en esfuerzo y dedicación, mucho menos en garra y pasión.
Nos falta poder político a nivel dirigencial, nos falta levantar la voz cuando se designan árbitro, veedor y cancha en favor de uno de los finalistas. En un evento donde estaban involucradas la Secretaría Nacional del Deporte, ONFI, AUF y Conmebol, estas cosas no deberían pasar. Faltó que fluyera el espíritu deportivo. Tal vez a muchos les faltó confiar en nuestros muchachos porque a los chiquilines les faltó muy poco para lograr una hazaña. Ellos no nos reclamaron nada, solamente querían medirse como en todo deporte para saber si eran los mejores. Y no lo pudieron saber pese a que en la cancha, siguieron invictos, sin perder pese a todas las adversidades. Dicen que de las derrotas se aprende más que de los triunfos, pero las derrotas dejan cicatrices que a veces no se curan. Y desilusión. Estos chicos dejan el baby fútbol e ingresan al fútbol mayor, donde la lucha es más feroz, porque hay grandes intereses económicos, y muchas veces no terminan triunfando los mejores sino los que tienen más influencias y poder.
Una lástima. Hasta ahora, estamos queriendo conocer el informe del veedor para saber su opinión sobre la actuación del árbitro, porque en la ceremonia final, los árbitros –los adultos– recibieron medallas antes que los niños, como si hubieran sido los triunfadores. Una lástima, una verdadera lástima.
Padres desilusionados

