El Frente Amplio chileno: ¿Una imitación fracasada?

Por Horacio R. Brum.
Hubo una vez en Chile un grupo de jóvenes idealistas que se propuso cambiar el sistema plagado de inequidades y desigualdades impuesto por la dictadura de Augusto Pinochet y sus socios civiles –el “modelo chileno” que algunos admiraron más allá de los Andes– por medio de luchas pacíficas dadas en las calles y las universidades. La gratuidad de la educación fue la bandera principal de esas manifestaciones, en un país donde ni el sistema estatal está libre del cobro de algún tipo de aranceles. Por eso, Uruguay y Argentina fueron tomados como ejemplos a seguir y sobre todo llamó la atención de aquellos jóvenes el “modelo uruguayo”, donde, a diferencia de su país, la dictadura no había conseguido desarticular el Estado ni había logrado imponer una Constitución que consagrara esa desarticulación. El largo gobierno de la izquierda uruguaya mediante el Frente Amplio también fue una inspiración y el presidente José Mujica les pareció una figura casi mística, que hasta hoy goza de gran prestigio entre ellos.

Giorgio Jackson, Camila Vallejo y Gabriel Boric fueron los tres líderes universitarios que, en las movilizaciones de 2011, integraron una suerte de trinidad simbólica de los reclamos de una generación despreciativa de los partidos antiguos y los políticos veteranos. La belleza despojada de todo adorno de Camila Vallejo le valió ser bautizada por los medios internacionales como “la Juana de Arco chilena”, en recuerdo de la joven campesina que en el siglo XV logró que los franceses recuperaran la dignidad nacional, para liberarse de la dominación inglesa. Vallejo y sus compañeros consiguieron hacer ver a sus conciudadanos de todas las edades que la imagen del Chile próspero y moderno estaba asentada en una democracia consumista, basada en el endeudamiento y la segregación social; Uruguay resultaba para ellos un ejemplo de integración social a seguir y el Frente Amplio, una forma de hacer política alejada de las estructuras partidarias tradicionales. Así surgió la idea de fundar un FA chileno, impulsada principalmente por Boric y Jackson, porque Vallejo era militante del Partido Comunista. A diferencia del Frente uruguayo, la versión de Chile no reunió a colectividades con una experiencia política de peso, sino a pequeños partidos con intereses sectoriales, como el ecologismo, la autonomía regional o el feminismo. Tanto los socialistas como los comunistas quedaron fuera de la alianza; el partido Socialista porque, debido a su participación en los gobiernos posteriores a la dictadura, era considerado parte de la vieja política y el partido Comunista prefirió vincularse mediante pactos, como el que lo une al gobierno actual. El recorrido del propio presidente Gabriel Boric ejemplifica la fluidez de la coalición: fue fundador del Movimiento Autonomista, en mayo de 2016, después de abandonar Izquierda Autónoma; en noviembre de 2018, el MA se fusionó con Izquierda Libertaria, Nueva Democracia y Socialismo y Libertad para dar origen a Convergencia Social.

Distinta del FA de Uruguay ha sido también la capacidad para manejar los conflictos internos y establecer estructuras sólidas, tal vez porque en Chile las organizaciones sociales de todo tipo están plagadas por los personalismos y las intransigencias ideológicas, que con frecuencia las convierten en camarillas. Como lo dijo recientemente en una entrevista radiofónica el sociólogo Carlos Ruiz, un pensador de la primera hora del Frente, “uno de los problemas más graves que ha tenido es que, como nunca avanzó en un proyecto histórico (sus miembros) se quedan en una cuestión muy afincada en una identidad moral”. Esa creencia en una identidad moral se ha manifestado con frecuencia en no querer hacer las cosas a la manera de los viejos políticos, aun cuando se trate de recetas probadas. Así fue como, al inicio del gobierno de Boric, se intentó dialogar con los terroristas indigenistas que pretenden crear un territorio mapuche independiente en el sur del país. La ministra del interior de entonces, que quiso visitar sin escolta una zona donde tienen sus enclaves los elementos radicales, fue recibida con los caminos bloqueados y tiros de advertencia y tuvo que ser rescatada por unas fuerzas policiales en las cuales ella no quería confiar. Sólo desde pocos meses atrás y mientras continúan los atentados incendiarios contra haciendas, escuelas, iglesias o campamentos forestales, rige en la zona un estado de emergencia y hay una presencia limitada del Ejército.

El indigenismo con tendencias separatistas fue una de las muchas corrientes radicales que se manifestaron en la convención que redactó el primer proyecto de la Constitución para reemplazar a la Carta Magna pinochetista, con el que se quiso diseñar un país desconectado del conservadurismo y el tradicionalismo propios de la idiosincrasia chilena. Si bien no practicó el intervencionismo, el Presidente dejó en claro su simpatía por la opción del Apruebo en el plebiscito constitucional y del Frente Amplio surgió el movimiento Apruebo Dignidad. Ese proyecto fue rechazado por la gran mayoría de los ciudadanos, incluso en los distritos con mucha población indígena y Boric tuvo que abrir el camino para un nuevo proceso constitucional, que está en marcha.

Por estos días, la vieja política ha alcanzado a la coalición gobernante, en un escándalo de corrupción. Una fundación del partido de Giorgio Jackson, hoy ministro de Desarrollo Social, recibió del Estado medio millón de dólares para proyectos en barrios carenciados, que no realizó, ejecutó a medias, o que no tenían un impacto significativo en esas zonas. El gobierno está haciendo lo posible para mantener a Jackson fuera del caso, pero como si fuera un campo minado, a diario están explotando otras denuncias sobre organizaciones que reciben fondos estatales con fines poco claros.

El alzamiento popular de 2019 mostró un Chile harto de las componendas, los abusos, las desigualdades y la corrupción. Sobre todo, se manifestó una ciudadanía que se sentía traicionada por los políticos que simplemente habían administrado durante 30 años el modelo económico-social surgido de la dictadura. Dos años más tarde, Gabriel Boric y el Frente Amplio llegaron al palacio de gobierno de La Moneda encarnando las grandes expectativas del 56% de los votantes. Su modelo uruguayo perdió el encanto tras quince años de gobierno; en Chile la luna de miel apenas duró quince meses, porque a la fecha de redactar este artículo las encuestas más confiables indican que la desaprobación al gobierno oscila entre el 50 y el 64%.