Ernesto Valdez (75) es uno de los asiduos concurrentes a Cajupay, que disfruta hoy de las distintas propuestas que ofrece la institución para los adultos mayores, en un espacio “muy ameno”, según él mismo lo definió en la charla que mantuvo con Pasividades junto a Gladys Rameau Siri (72), a quien conoció en uno de los tradicionales bailes de la institución y con quien entabló una relación hace poco más de un año.
De espíritu afable y tranquilo, contó que aunque nació en Palmitas, departamento de Soriano, vive en nuestra ciudad desde hace más de cuatro décadas, por lo que se siente sanducero. Hijo de María Delia Valdez, Ernesto se crió en un hogar de seis hermanos, “con una pobreza extrema”, aunque igualmente “fue linda la niñez”, aseguró. “Fui a la Escuela 9 ‘Martín José Artigas’ de Cardona, de primero a sexto, y esos fueron mis únicos estudios. Hace poco la estuve mirando y tengo muy lindos recuerdos. Las maestras siempre me trataron muy bien, porque yo era una persona muy humilde y ellas se daban cuenta que yo era pobre porque nunca me veían en un cine, en un circo; sentía que me querían. También tuve muy buenos compañeros, que después dejé de verlos, pero con algunos me he reencontrado y otros se encuentran con hermanos míos y le preguntan sobre mí”, relató sonriente.
Esa niñez en Cardona, que “en aquellos años era villa y después pasó a ser ciudad, con una pobreza extrema pero fue linda, llevadera”, aseguró.
Su vida siempre estuvo signada por el trabajo y el esfuerzo, que comenzó siendo tan solo un niño, apenas terminada la escuela. “A los 11 años repartía leche con un carrito en bicicleta y en la noche me acostaba a las 9; antes me tomaba un cafecito, que ni café era porque era de malta, y a las 10 me despertaban los calambres, pero había que arrimarle fideos a la olla”, aseguró.
El contexto económico no le permitió seguir estudiando y había una única opción: trabajar. Así lo hizo durante su adolescencia y juventud “en la campaña, sobre todo en las chacras”, comentó.
Las circunstancias de la vida lo traerían en 1981 a Paysandú, sin saber en aquel momento que en realidad en esta ciudad se establecería, y con el correr de los años se sentiría un hijo propio de ‘la heroica’. Con el transcurrir del tiempo, estableció aquí vínculos personales y laborales desarrollando así toda su adultez.
“Un accidente de la vida me trajo a Paysandú cuando vine a acompañar a mi abuelo, que estaba enfermo”, contó. “Mi abuelo se llamaba Sinforoso Valdez”, recordó, asegurando que fue una persona entrañable en su vida, que lo defendió y acompañó hasta el último momento, dándole consejos que siempre acuñó en su corazón y que le servirían siempre. En aquel momento retornó a Soriano porque “andaba con una buena trilla y trabajé un lote de días, pagué cuentas, me vestí y me vine para acá”.
Con poco más de treinta años, “traté de conseguir trabajo, entregué un formulario en Paycueros, demoraron en llamarme pero un día apareció una Brasilia (automóvil Volkswagen) verde que tenía la fábrica y ahí empecé a trabajar. Comencé para hacer una changa y estuve 27 años y pico”. Entre tanto, formó su hogar “pero no tuve hijos.
Siempre fui muy hogareño, entonces cuando no estaba en el trabajo me dedicaba a hacer cosas en la casa, y también cargaba microgarrafas de gas de 3 kilos. Fui mejorando la casita, compré una camionetita, nunca tuve una ambición desmedida”, pero sí el deseo lógico de prosperar para tener “algo más”, comentó.

UN ESPACIO PARA EL ENCUENTRO CON AMIGOS Y MÁS
Tras una vida de trabajo, cuando “me jubilé, estuve haciendo durante un año cosas atrasadas en la casa, pero después ya como que me sobraba el tiempo, entonces empecé a buscar un lugar para ir a jugar a las cartas, que es lo que me gusta y así llegué a Cajupay”.
Poco a poco fue conociendo el ambiente del lugar, las personas que allí asisten y se sintió cómodo y a gusto, decidiendo formar parte de otras actividades que ofrece la institución. “Una amiga me invitó a venir al coro, después tuvimos que dejar por la pandemia, pero ahora reiniciamos las actividades y estoy asistiendo a los talleres de tango”, dijo entusiasmado.
“Acá se hacen muchas cosas para la tercera edad que están buenas; uno viene y se encuentra con muchos conocidos, de los cuales muchos son amigos también y se pasa lindo. Es un ambiente confortable, muy ameno”, aseguró.
Pero no sólo actividades y amigos conocería en Cajupay, sino también a la persona que hoy lo acompaña para compartir los lindos momentos que se disfrutan a pleno en esta etapa de la vida más despreocupada. “Nos conocimos en un baile, al que vine acompañado de un tío. Cuando llegamos esa noche nos sentamos en una mesa y sobraban dos sillas; ella llegó con una amiga y no encontraban lugar, por lo que alguien les dijo que se sentaran con nosotros y tras titubear un poco, al final accedieron a compartir la mesa. Salimos a bailar, comenzamos una amistad” y después fue naciendo una relación sentimental. Cultivaron así “una linda relación” en la que no conviven para respetar cada uno el espacio del otro, con la ventaja de que “estamos como de novios siempre”, coinciden ambos.
En ese momento, se suma a la conversación Gladys, quien nos contó que “tenemos una preciosa relación y el 13 de mayo hizo un año. Yo soy jubilada, tengo una preciosa familia, 4 hijos y 6 nietos. La semana pasada fuimos juntos de paseo a Canelones, a visitar a mi hija que vive en Las Toscas”.
La familia de Ernesto está formada por sus hermanos; uno de ellos también vive en Paysandú, en tanto los restantes hicieron su vida en Cardona, Mercedes y alguna otra localidad de Soriano, y casi una decena de sobrinos. “Hoy por hoy estoy sopesando la felicidad.
Ahora estoy tratando de vivir, pero no estoy disconforme con lo que fui para atrás. Tengo dos cosas para vanagloriarme: haber sido un gran trabajador y una persona honesta”, reflexiona. Cuando se retrotrae a la niñez, una etapa en la que padeció muchas carencias, igualmente la rescata como un momento de aprendizaje porque “eso nos va enseñando las bases de la vida”.
“Vengo acá porque es un ambiente muy ameno, uno se encuentra con muchas personas”, comparte momentos, charlas, actividades, establece vínculos, por lo que invitó a otros adultos mayores a “que vengan” y muy especialmente a “los varones que vengan a aprender a bailar tango”.
Al finalizar la entrevista, se retiró de la mano de su compañera, con la bicicleta en la que pedalea todos los días para trasladarse en la ciudad. Un hombre sencillo, con una actitud de disfrute y sin dudas un muy buen ejemplo para inspirar a personas de cualquier edad en cómo se puede ser feliz disfrutando de las pequeñas grandes cosas de la vida.


