La pandemia continúa. Quizás no se lleva tantas vidas como antes, pero sí deja serias consecuencias en cientos o miles de sanduceros y uruguayos cada año. El problema es que no existe vacuna, más allá de la toma de conciencia por parte de cada uno para evitarlo.
Y no, no estamos refiriéndonos a la COVID-19, que al fin y al cabo como toda enfermedad en la historia de la humanidad, o se le encuentra una cura, o termina perdiendo fuerza naturalmente, ya sea por debilitamiento del patógeno que la produce o por adaptación de las defensas naturales de la gente.
Nos referimos a la pandemia de accidentes de tránsito, que anualmente se cobra más de 400 vidas en Uruguay, y que Paysandú padece desde hace más de un siglo.
En el caso específico de Paysandú, podría decirse que estamos mal, pero no tan mal como “antes”, cuando con mucho menos tránsito que actualmente se registraban más fallecimientos, según la percepción no oficial que podemos tener desde esta casa periodística, que día a día registra todos los casos graves de siniestros.
Y vale la pena aclarar este punto, porque seguramente alguno que maneje datos oficiales sugiera que no es así, que ahora fallece más gente en accidentes de tránsito; pero eso no tiene en cuenta la cantidad de vehículos en circulación –que se ha incrementado exponencialmente–, además que posiblemente aun teniendo esto en cuenta, sean cuantitativamente menos los accidentes fatales que se producen anualmente en los últimos años.
Basta recordar que hace poco más de una década había más personas fallecidas en choques, caídas, vuelcos, embestidas, etcétera, que meses tiene el año; es más, la relación llegó a ser casi dos por mes en promedio. Seguramente hay varias razones para que se dé esta mejora parcial: vehículos más modernos con mayor seguridad pasiva y activa, mejores cubiertas con mayor adherencia, mejores motos –se extinguieron las “honditas” que no frenaban–, mejores calles –sí, aunque la memoria popular suele olvidarlo, antes las calles estaban mucho peor, con menos bituminización, más pozos, tratamiento de bitumen con pedregullo suelto en la mayoría que tenía algún pavimento, mala señalización, casi no existían los semáforos, avenidas deficientes, etcétera–. Y por supuesto la obligatoriedad del uso de casco protector para los motociclistas.
Sin embargo, el problema persiste. ¿Cómo es posible que con tantas “mejoras” no se haya podido revertir esta estadística? Por el contrario, por momentos parece que la siniestralidad tiene empujes y se producen una seguidilla de accidentes de distinta entidad, o incluso graves en pocos días.
Si recurrimos a los análisis de “CSI Facebook”, enseguida tendremos respuestas, pero lamentablemente no son demasiado “científicas” y carecen en absoluto del rigor mínimo necesario para sacar conclusiones serias. Esos análisis sólo tienen en cuenta los puntos más básicos, como quién tenía la derecha o la preferencia de paso, y con eso alcanza para sentenciar a la muerte social al supuesto “culpable”. En el ciberespacio donde rigen las reglas de las redes sociales la ciencia no tiene lugar, y sólo puede quebrar las reglas el que una de las partes tenga mayor “hinchada” o logre mayor simpatía de los verdugos del teclado.
Pero el mundo real es muy diferente, donde lo que manda es precisamente, la realidad. Y en este plano hay muchos elementos que hay que tener presente antes de determinar las causas de cada siniestro de tránsito, elemento indispensable si pretendemos tomar medidas para reducir la siniestralidad. Para poner un ejemplo concreto, sin señalar cuál fue el caso: una moto viajaba por una calle céntrica cuando al llegar a la esquina, una camioneta que venía por la izquierda, la embistió. Ese relato ya es suficiente para que en las redes se condene al automovilista, que “no respetó la preferencia”, y hasta el motociclista se violentó por esto, arremetiendo violentamente contra el vehículo que lo había chocado. Pero resulta que en este caso particular se pudo ver imágenes de video que permiten un análisis más detallado, que igualmente está lejos de lo que haría la Policía Científica para determinar lo que realmente sucedió. En esas imágenes se puede ver que la moto llegó a la esquina a más de 60 kilómetros por hora, en exceso de velocidad y sin tocar el freno –hasta que ya era demasiado tarde–; que la camioneta que “apareció por la izquierda” iba muy despacio, pero que bien en la esquina había un auto (mal) estacionado que impedía la correcta visualización del tránsito que llegaba por la derecha. Ahora, con todos estos elementos en conocimiento, ¿de quién es la culpa?
Casos de estos ocurren todos los días, porque cada accidente que se produce tiene un montón de factores que lo determinan y que no se pueden reducir absurdamente a solo los más evidentes.
Pero hay algo que muy pocas veces se tiene en cuenta, que puede ser el factor diferencial y que aunque parece de Perogrullo, es la clave de todo: cuando ocurre un siniestro de tránsito –no importa la gravedad– es porque ninguna de las partes pudo evitarlo. Visto por el contrario, todas las partes pueden evitar un accidente, a menos que estén tan “jugados” que nadie pueda evitarlo. Esa es la premisa del manejo defensivo: pensar que el otro siempre puede cometer un error y que dependerá de uno evitar que eso se transforme en una tragedia. Y para evitarla hay que cambiar el chip, ese que está programado en nuestra memoria ROM con líneas cuasi imborrables que dicen cosas como “en una calle preferencial yo tengo la preferencia y por lo tanto, vía libre”, “en una esquina si tengo la derecha no debo tocar el freno ni reducir la velocidad” o “en un semáforo en verde paso tranquilo que nadie va a interponerse”. La realidad es que aún si estuviésemos en un mundo perfecto, los humanos igualmente pueden cometer errores, ya sea por inconsciencia, por distracción momentánea, por encandilamiento, por un problema médico o un sinfín de posibles motivos. Y este mundo está lejos de ser perfecto.
Por supuesto muchas veces vemos manejos imprudentes, cuasi suicidas, en especial sobre avenidas o justamente, en esas calles que por ser “preferenciales” algunos conductores las consideran una pista de carreras. O motociclistas temerariamente conduciendo entre el tránsito en una rueda, que pasan por cualquier lado, frenan abruptamente, sin luces, sin elementos reflectivos, etcétera. ¡Justamente por eso es que se hace más imprescindible aún aplicar el manejo defensivo y aumentar las precauciones! Porque si lamentablemente ocurre una tragedia, el cargo de conciencia no se limpiará tan fácil como echarle la culpa al otro.
En resumen, para terminar con esta pandemia en nuestras calles la prioridad debe estar en evitar el siniestro, y no en quién tiene razón. Hasta que eso no ocurra, lamentablemente nada va a cambiar.
