Escribe Ernesto Kreimerman: La mentira en política, nunca tan sofisticada

“Mentir supone realizar un esfuerzo consciente por no dejarnos llevar y revisar constantemente nuestras palabras y actos para evitar que éstos nos traicionen. En definitiva, comportarnos de forma muy poco natural, puesto que la espontaneidad sólo nos puede conducir al fracaso”. Así escribía en julio de 2015 Héctor G. Barnés, en El Confidencial, al resumir conceptos de Lillian Glass, una experta del comportamiento que ha trabajado con el FBI como Agente Especial. Es autora de dos libros referentes en la materia: Hombres tóxicos (Paidós Iberia) y El lenguaje corporal de los mentirosos (Career Press).

El mentiroso, dice Glass, establece un discurso cerrado y memorizado, para repetir las mismas palabras para darle consistencia a la historia. Así, la audiencia escuchará una y otra vez la misma “consistente” mentira, pero siempre dicha de igual modo.

Cuando el mentiroso percibe que el auditorio duda, vacila o simplemente no valida con un gesto de aprobación, comienza a reforzar la versión con detalles improvisados para alcanzar esa aprobación esquiva.

Pero estos detalles son los que el mentiroso olvida y, a futuro, lo delatarán. Seguramente por ello Abraham Lincoln confesó “en una ocasión que no tenía suficiente memoria como para ser un buen mentiroso”.

ATRAPAR A LOS MENTIROSOS

Ferrán Ramon Cortés, escritor y creador del Institut 5 Fars, dedicado a la formación y entrenamiento de las habilidades de comunicación personal, escribió en enero de 2010, bajo el título Atrapar a los mentirosos, algunas “guías para la acción”. Lo primero: “mentir es un acto consciente y deliberado, no un accidente como a menudo el mentiroso nos quiere hacer creer”.
Y agrega; “hay dos formas básicas de mentir: la primera es ocultar, y consiste en retener cierta información sin decir nada que no sea verdad. La segunda es falsear, y se basa en presentar la información falsa como si fuera cierta. El ocultamiento es pasivo, mientras que el falseamiento es activo”.

Y concluye, “desde esta perspectiva, la persona que oculta suele sentirse menos culpable que la que falsea, aunque en ambos casos las consecuencias pueden ser igual de perjudiciales para sus víctimas”.

El punto es que las consecuencias de mentir no son neutras, aunque en múltiples ocasiones, sobre todo las iniciáticas en la carrera de un mentiroso pasen de largo, sin cuestionamientos, las más de las veces porque refieren a asuntos mínimos. Pero el mentiroso y la mentira crecen de la mano, y por tanto, el riesgo a ser descubierto y puesto en evidencia públicamente.
Aún así, por el juego de roles asociado, no es sencillo a veces desbaratar la patraña. La caída del dios de los pies de barro suele ir acompañada de resistencias, que desnudan finalmente la complejidad y la miseria del alma humana.

También es cierto, que muchas veces el mentiroso no es puesto en evidencia públicamente porque la mentira es burda y la consecuencia del escándalo o del mal momento colectivo pueden ser más negativas que el propio hecho. Puesto al descubierto, la valoración del mentiroso por parte del colectivo se devalúa.

LA MENTIRA EN LA POLÍTICA

Quizás no sea uno de sus textos más conocidos fuera de los Estados Unidos, pero La mentira en política publicado en el año 1971, después de Macht and Gewalt, Poder y violencia, del año 1970, editado simultáneamente en inglés y alemán, es donde Hannah Arendt hace otro significativo aporte. Se trata de un análisis minucioso de la rebelión estudiantil de los sesenta y formula allí una diferencia conceptual entre las significaciones de “poder” (macht) y “violencia” (gewalt, que muchas veces es traducido, también, como fuerza).​ Por “poder” (macht) entiende una influencia importante de los ciudadanos sobre los asuntos políticos, dentro del marco de la constitución y las leyes. Ninguna forma de gobierno sobrevive sin una base de poder. Incluso el totalitarismo, que se alcanza y sostiene en gran medida en la violencia, necesita el apoyo de muchos.

Pero volviendo a La mentira en política, para muchos se trata de un brillante diagnóstico de las trampas epistémicas mediante las cuales un gobierno puede desentenderse de rendir cuentas de la realidad y los hechos, reduciendo el vínculo con la ciudadanía a mera manipulación y propaganda.

Para expresarlo de otro modo, más próximo a nuestra coyuntura: Hannah en su análisis se adelante a situaciones o formulaciones de estos tiempos, como la “posverdad” y los nocivos efectos de supeditar la definición de la agenda política al dictado de relatos falaces y técnicas estadísticas o demoscópicas, por lo menos, cuestionables. La exploración analítica de la autora se detiene en la transformación de la política, ubicando un punto de inflexión en la divulgación periodística, que exponen el sinsentido de la obsesiva conversión de la imagen política de líderes y naciones en principal instrumento de gobierno.

La mentira en política revisa las tácticas de manipulación y propaganda utilizadas por los gobiernos y agentes de poder, para “ajustar” la realidad y la secuencia de hechos y valoraciones, enjuiciatorias, con el excluyente propósito de evitar por esta vía rendir cuentas al soberano, a los ciudadanos.

Lo advierte Hannah en esta obra: en estas tácticas caben la inclusión para la difusión de información falsa o engañosa, que hoy agreden en forma de tormenta a través de las redes (agrego yo), pero no solamente, también el ocultamiento o distorsión de la verdad, para de manera convergente, producir o crear narrativas que sirvan a los intereses de un gobierno en lugar de reflejar la realidad.
A partir de este análisis, es que Arendt advierte que este tipo de mentiras son perjudiciales para la democracia, para la calidad institucional, dado que erosionan la confianza del público en sus referentes políticos y en las instituciones políticas. Y va un poco más allá. Sugiere que la multiplicación de estas mentiras da lugar a fenómenos como la “posverdad”, es decir, la mentira emotiva, una distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales… en donde la percepción de la realidad se ve influida más por las emociones, los prejuicios y las creencias personales que por los hechos objetivos.

Una más sobre posverdad: si bien este concepto se popularizó a partir de la elección de Donald Trump y de la campaña por el Brexit, su origen data de inicios de los años 1990, más precisamente, según el diccionario de Oxford, de 1992.

En resumen, la mentira en política es una práctica sistémica de manipulación que aspira a controlar la percepción pública de la realidad para orientarla a posiciones alineadas con los intereses de quienes están en el poder o pretenden llegar a alcanzarlo.

La mentira en política es esencialmente antidemocrática. No es un fenómeno nuevo, pero nunca como en estos tiempos había alcanzado tal grado de sofisticación y planificación.