Los adolescentes y el trabajo: a ellos también los dignifica

Como lógica consecuencia de ser un escritor de su tiempo, el inglés Charles Dickens (1812-1870) pintó la sociedad en la cual vivía, lo que le permitió escribir valiosas obras que constituyen un brillante legado para la literatura universal, tales como “Oliver Twist”, “Historia de dos ciudades” o “Un cuento de Navidad”. Muchos de sus libros reflejaron la forma de producción masificada durante la llamada “Revolución Industrial” en la cual todos los trabajadores en general, pero especialmente las mujeres y los niños se veían obligados a trabajar en condiciones infrahumanas, fruto de las largas jornadas de tareas extenuantes, el hambre y las pésimas condiciones de trabajo. Si bien el trabajo infantil sigue siendo una dura realidad presente en muchos países del mundo, lo cierto es que desde la época de Dickens ha mejorado considerablemente a través de una legislación que reconoce derechos y los hace cumplir. Un avance destacable, sin dudas, que no puede hacernos olvidar que el trabajo, en tanto actividad humana que supone asumir responsabilidades y relacionarnos con otras personas, posee virtudes que no pueden ser dejadas de lado.
En una de sus columnas publicadas en EL TELEGRAFO quien firma como “La Tía Nilda” aportó una valiosa reflexión sobre una de las personalidades que ha escrito una de las páginas más importantes y ejemplares de nuestro departamento: Enrique Chaplin. Sobre esta valiosa persona, la referida columnista escribió: “Enrique nació el 25 de julio de 1882, en calle 18 de Julio, a pocos pasos del diario EL TELEGRAFO, donde hoy existe una zapatería. A los nueve años lo llevaron a Inglaterra a estudiar, como se solía hacer entonces. En barco. En una época en que el puerto estaba muy activo, nada que ver con la actualidad. A los 14 años está en Buenos Aires, para sus estudios medios, y a los 17, está de regreso a Paysandú, y de aquí no se mueve más. Dice Mac Ilriach: “A los 17 años, con los estudios secundarios ya completos, ¿qué hace don Enrique? Ambiente burgués, hogar de ricos, comodidad; y él ya demostraba una devoción especial por el pueblo, por los que sufren”. Iba a la Jefatura de Policía a pedir que le dieran menores allí presos, para reeducarlos. En ese tiempo no había Consejo del Niño, los menores iban a la cárcel para empeorar, no había albergues ni casas cunas. Se preguntaba Mac Ilriach, “¿Alguno, a los 17 años se acuerda de enmendar, de corregir a un hermano?” (La misma pregunta se puede formular ahora, sólo muy, muy pocos lo hacen). Por cincuenta años los lleva a la Cabaña Los Mochos, donde su padre le había dado 135 hectáreas para que hiciera algo. Regeneró nada menos que 835 muchachos, y lo más importante”, ninguno volvió a delinquir. “Los jóvenes recibían albergue, manutención y vestido y tenían la obligación de contribuir con su trabajo a las tareas de la casa. Chaplin buscó los medios para dar a cada uno el oficio o la tarea predilecta, guiándolos por la buena senda. En un viejo camión los traía a los corsos, en Carnaval, y al Florencio Sánchez, todos vestidos iguales. “Allí había lechería, se hacía miel, agricultura, se ayudaba al Municipio en el arreglo de los caminos de acceso, se repartía leche”.
Esas 135 hectáreas se las vendió a Caporale, que había sido peón de él, a un precio humanitario. Se vino a la ciudad, cerca de la Plaza Bella Vista y fue el promotor de la Biblioteca, que hoy lleva su nombre. Instituyó beneficiaria de todos sus bienes a la Sociedad San Vicente de Paul, en su testamento.
Un año antes de su muerte se efectuó un acto en su homenaje, en el Club Wanderers. Ante la iniciativa vecinal de levantarle un monumento, respondió; “Apenas soy un hombre que cumple su obligación”. En 1947, ya sexagenario, adquirió 13 hectáreas por 27.000 pesos (de aquel tiempo), dividió el terreno en parcelas de 500 metros, dotando cada una de la correspondiente vivienda para la familia que debía ocuparla. Se formó así el Barrio Chaplin. Era para 188 familias”.
El ejemplo de Chaplin debe dejarnos y nos deja una importante enseñanza: el trabajo no sólo dignifica, sino que también educa, corrige y da sentido a muchos aspectos de nuestra vida. Si el mismo da oportunidades a los jóvenes y más concretamente a jóvenes que muchas veces han caído en las drogas o en la delincuencia, el papel a cumplir y los beneficios a obtener serán más tangibles, necesarios e importantes para quienes decidan transitar por ese camino. En un país en el cual los jóvenes se encuentran cada vez más desmotivados y carentes de objetivos, no resultaría poca cosa tratar de encaminar sus pasos dándoles la oportunidad de beneficiarse de un trabajo digno. Cada año que pasa Uruguay se transforma en una versión cada vez más perfecta del “paraíso ni-ni” conformado por jóvenes que no estudian y tampoco trabajan, lo que los coloca en las puertas de la droga y la delincuencia, espiral siniestro que muchas veces tiende a perpetuarse a través de las generaciones.
En la época en que vivió Enrique Chaplin no había redes sociales y no existía lo “políticamente correcto”. Si viviera en estos tiempos y quisiera aplicar su sistema, seguramente jamás tendría una calle y un barrio con su nombre, y por el contrario sería tildado de “explotador” que se aprovecha del “trabajo infantil” impidiendo que los “niños” vivan su “infancia” y se “desarrollen”. Porque los “niños” están para jugar y estudiar. Todo lo que en esencia compartimos todos y nadie se atreve a cuestionar.
¿Y qué se ha logrado en estos tiempos tan “humanistas” con estas políticas?
Pues que los jóvenes y adolescentes (y hablemos claro: niños son otra cosa) que han perdido el rumbo por la razón que sea (padres ausentes o abusivos, drogadicción, abandono, etcétera) están condenados a una vida de delincuencia prácticamente sin opción de recuperarse, porque no tienen hábito de trabajo, no se les inculcaron responsabilidades, consideran que tienen derecho a todo y que el Estado se lo tiene que brindar, que la sociedad es culpable de todo lo malo en sus vidas y que por lo tanto, están habilitados a obtener lo que no pueden tener por la vía que sea. Y por cierto, tampoco se los puede obligar a concurrir a la escuela o liceo –mucho menos a estudiar realmente; porque ciertamente, gran parte de los que van, lo hacen para perder y hacer perder el tiempo a los demás–, así que esa posibilidad está descartada. Esa es la realidad actual.
La mal entendida protección brindada a ese grupo etario se ha transformado, al decir de la maestra y psicopedagoga española Sonia López Iglesias, en “una hiperprotección que impide a los adolescentes aprender y desarrollar las habilidades y competencias esenciales para su desarrollo integral, convirtiéndoles en agentes pasivos que esperan que sean sus padres los que solucionen los problemas o contratiempos. Un proteccionismo que le roba al adolescente la posibilidad de desarrollar su autonomía y autoconfianza, que le impide cultivar su esfuerzo, paciencia y disciplina. Que pueda descubrir sus fortalezas, trabajar las debilidades y buscar soluciones creativas a las dificultades”.
En tiempos de la dictadura invisible (pero inflexible) establecida por la denominada “corrección política” y las redes sociales, nadie ve en el trabajo algo bueno para la juventud. Mientras tanto, los adolescentes que necesitan más ayuda para reinsertarse en la sociedad (quienes, paradójicamente, son siempre los que tienen menos herramientas para hacerlo) siguen esperando. Precisamente allí radica la peor de nuestras carencias como sociedad: sobreproteger a los jóvenes en lo que no resulta importante y privarlos de las enseñanzas que el trabajo decente podría brindarles, como lo hizo posible Enrique Chaplin con su gran generosidad.