José María Cabaña Superi (69) abrió la puerta de su casa para mostrarnos el trabajo artesanal que realiza, desde sofistificados camiones hasta carretillas en madera, una habilidad que desarrolló desde muy jovencito, pero en aquel entonces usando latas.
En una amena charla en el comedor, José contó que nació el 28 de diciembre de 1954, en la zona de Pueblo Esperanza, donde se crió junto a su padre Secundino, a quien recordó como su única familia. Fue una niñez difícil pues su padre trabajaba en varios lugares, a donde lo llevaran las changas que conseguía. “Yo anduve en la vuelta”, dijo, comentando que a veces lo acompañaba, y otras, cuando las distancian eran muy grandes, “me quedaba en una carnicería del pueblo, donde mi padre trabajó durante algún tiempo”. “Fui a la escuela muy poco”, recordó, contando que “me sacó el viejo de la escuela (en segundo año) porque me peleaban”. Después, “me querían mandar donde me terminé de criar, en una carnicería del pueblo, y mi viejo no quiso”, agregó.
“Cuando mi padre se fue a trabajar a un criadero de gallinas, me fui con él, pero después se fue a trabajar lejos y yo volví a la carnicería”, recordó, asegurando que “la vida fue media dura para mí”.
Ya jovencito, con unos 20 años de edad, su padre enfermó y se trasladaron a la ciudad, donde vivieron el primer tiempo en una pensión hasta que pudieron comprar su propia casa. “Trabajé en contrucción, también en las zafras de Norteña y los últimos años en una empresa de seguridad hasta que me jubilé”, relató. Hasta hace poco incluso realizaba trabajos de albañilería y pintura que le iban surgiendo, pero por razones de salud está considerando que ya es tiempo de retirarse de la actividad.
Respecto a su habilidad para realizar manualidades o artesanías, contó que en realidad “ya desde jovencito en Esperanza trabajaba con latas haciendo palas cargadoras, camionetas, tractores. Junto a otro muchacho, usando latas y alambre” armaban las piezas y luego “las soldábamos, porque el padre del otro muchacho tenía un tallercito y nosotros le robábamos las cosas para soldar”.
Ya de adulto, “cuando no tenía trabajo me ponía a hacer esto”, comentó, asegurando que hasta el momento no se ha dedicado con fines lucrativos, aunque no lo descarta en un futuro. “No los vendía, los regalaba”, aseguró, agregando que en cierta ocasión “se los dí a un kiosco para que los vendiera pero no cobré nada”.
La madera que emplea son “retazos” de “trabajos que yo hacía, cuando colocaba algún lambriz”, y las únicas herramientas que utiliza “es un cuchillito, lija, una sierra y el taladro”.
No lleva la cuenta de cuántas piezas ha construido a lo largo de su vida, pero reconoce que “son unas cuantas”. “La otra vuelta vino un mecánico, le llamó la atención un camión y se lo regalé”. En otra oportunidad, “vendí uno a un hombre que estaba trabajando en una obra” frente a su casa, pero “los otros chicos los regalé, porque tampoco tengo lugar para tenerlos”, asi que “si les gusta que los lleven”, dijo, entendiendo que quizás si los fuera a cobrar el público no entendería el verdadero valor que estas piezas tienen, desde que son únicas y demandan trabajo, tiempo y, sobre todo “mucha paciencia”. En este sentido, señaló a modo de ejemplo que para construir un camioncito, tarda “una semana más o menos”, porque además están equipados con todos los accesorios del modelo original, tales como “el tanque de reserva, el tanque de gasoil, la auxiliar, el tanque de agua para lavarse las manos, el cajón de herramientas”, entre muchos otros. Aunque nunca ha exhibido sus piezas, ha logrado cautivar el interés de algún transportista, que enterado de su trabajo, le adquirió un camioncito.
Pero su ingenio no se limita sólo a este tipo de trabajos, sino que acepta el desafío de construir cualquier otro tipo de pieza y prueba de ello es que hace algún tiempo “por pedido de la iglesia, hice una capillita”, señaló.
Para José, esta “es una distracción”, porque “me despeja la cabeza. Me gusta mucho hacerlo, pero a veces uno hace las cosas y es como que nadie le da valor”, consideró.
“Ahora estaba pensando en comprar más madera y me gustaría sí que se conociera mi trabajo, porque uno lo tiene guardado” y muy poca gente “sabe que yo hago estas cosas”, comentó.
“Trabajo en una mesada que tengo en el patio y le dedico unas 8 horas por día, como si fuera un horario de trabajo; si veo que no me inspiro tengo que dejarlo unos días, porque además hay que tener mucha paciencia. No me gusta pintarlo porque tiene que ser natural en madera”, detalló.
HAY QUE DISFUTAR DE LA VIDA
Cuando repasa lo que ha sido su vida y lo que ha logrado, dice estar “conforme” y reflexiona “uno pasó tanta cosa; lo que puedo recordar de mi niñez es que lo mío fue siempre trabajo”.
“La vida fue media dura para mí”, agregó, asegurando que ahora “estoy disfrutando de esta etapa porque uno ya está tranquilo, con la jubilación”.
Junto a su compañera Miriam, “cuando podemos nos vamos por ahí tranquilos en la camioneta, lejos de todo el bochinche” de la ciudad, dijo. “Me encantaría vivir en el campo, es lo mejor”, consideró, admitiendo que su anhelo era “tener un pedacito de tierra, para plantar algún árbol frutal, hacer una quinta, para no tener que comprar nada y vivir tranquilo”.
Sin embargo, igualmente está conforme con su realidad. “Nos gusta salir a paser en la camioneta, vamos a Mercedes, a Colonia, a Nueva Palmira”, contó, cerrando la charla con la certeza de que “hay que disfrutar de la vida”.

