Nunca es tarde

En esta sociedad cada vez más envejecida, el respeto y el reconocimiento de todo ser humano es de elemental importancia; resulta gratificante reconocer que todos, sin importar edades, somos necesarios y que algo tenemos que aportar no sólo en el ámbito familiar, también en las distintas áreas de la sociedad.

Y si bien la historia está plagada de nombres que evocan imágenes de juventud y vitalidad, prodigios que realizaron importantes aportes a la sociedad aún antes de alcanzar la mediana edad, grandes hombres y mujeres que rondan en la sexta década y más han aportado invaluables riquezas a la humanidad, a través de sus letras, pinturas, esculturas, su música, inventos y descubrimientos, desde la ciencia, la empresa, etc. Estos individuos desafiaron las convenciones y florecieron en una etapa de la vida que muchos consideran como el declive de la misma. Cada uno de ellos es ejemplo de que la edad es solo un número y que el potencial humano es ilimitado.

Podemos mencionar ilustres ejemplos, como ser el de Nelson Mandela, que tras ser excarcelado con más de setenta años, intervino en las importantes negociaciones que dieron fin al Apartheid, para luego asumir la presidencia de Sudafrica con 76 años. Recién a los 85 años se retiraría de la vida pública con estas palabras: “No me llamen, yo los llamaré”.

Anna Mary Robertson Moses, nacida en 1860 y conocida como Grandma Moses, fue una artista estadounidense que comenzó a pintar a la edad de 78 años, después de una vida dedicada a la agricultura. Sus pinturas naif, que capturaban escenas rurales de la vida estadounidense, la convirtieron en una de las artistas más famosas de su tiempo. A través de su obra, Grandma Moses demostró que el arte no tiene límites de edad y que la creatividad puede florecer en cualquier momento de la vida. Moses falleció tras haber cumplido 101 años.

Muchos de nosotros pasamos horas frente al televisor viendo la serie “La familia Ingalls” , la escritora de la serie de libros que inspiraron este éxito televisivo fue la propia Laura Ingalls, quien no publicó su primer libro hasta los 65 años. Similar es el caso de Frank McCourt, ganador del premio Pulitzer que publicó su primer libro a los 66 años de edad.

Más llamativo es el caso de Compay Segundo, quien conoció el éxito a los 90 años. Este músico cubano triunfó tras la grabación de un documental que lo llevó al reconocimiento mundial y a sus múltiples giras.

Claro está, que no necesitamos ser artistas, inventores, o importantes personalidades públicas para sentir que tenemos mucho para dar y hacer después de pasar a ser considerados como personas mayores. ¿Y por qué no? ¿Qué nos impide realizar nuestros sueños? Por suerte, cada vez son más las personas que, tras jubilarse, replantean sus metas, emprenden nuevos proyectos o retoman aquellos postergados durante la vida laboral. Cada vez más vemos en las universidades personas que con más de 50 o 60 años emprenden el estudio de una carrera, muchas veces por saldar algo que les había quedado pendiente, otras para prepararse para algún tipo de emprendimiento.

Sin dudas el desafiarnos a seguir activos, a reinventarnos a edades más avanzadas, es algo que nos insufla de vida y trae aparejado garndes beneficios para nuestra salud física, psíquica y social.
¿Acaso Tolstói no aprendió a andar en bicicleta con 67 años?

Como escribió Platón: “la madurez comienza a los 60 años”.

Tenemos mucho por hacer, mucho para dar. Nunca es tarde.