Benedicto XVI escribió unas reflexiones sobre el tiempo previo a la Navidad, el tiempo litúrgico del Adviento que hoy iniciamos, “Adviento –decía– es una palabra latina que traducimos como presencia, como llegada. En el lenguaje del mundo antiguo, Adviento era un término técnico que servía para designar la llegada de un funcionario, en especial de reyes o emperadores, a alguna zona de provincia. También podía designar la venida de la divinidad, que sale de su ocultamiento y demuestra poderosamente su presencia o cuya presencia es celebrada solemnemente en el culto.
Los cristianos asumieron esta palabra para expresar su relación especial co Jesucristo. “Para ellos –escribía Josep Ratzinger–, Cristo es el rey que ha venido a la pobre zona de provincia de la tierra y que regala a la tierra la fiesta de su venida. Con la palabra Adviento los cristianos querían decir, en sentido muy general: Dios está presente. Él no se ha retirado del mundo. No nos ha dejado solos. Aun cuando no lo veamos ni podamos tocarlo físicamente como se tocan las cosas, está presente y viene a nosotros de múltiples maneras.
Adviento es la espera, que es al mismo tiempo esperanza. El hombre es en su vida es un ser que espera. Nunca la humanidad ha podido dejar de esperar tiempos mejores. Los cristianos esperamos que el Señor pase por la historia entera y que un día recogerá todas nuestras lágrimas y fatigas de modo que todo halle explicación y consumación en su reino. Jesucristo no es puro futuro, sino que se inserta en el presente. Él está ocultamente presente ya ahora. Si Él existe, no hay tiempo carente o vacío de sentido. Por tanto, la esperanza cristiana no desvaloriza el tiempo, sino que significa, justamente, que cada momento de la vida tiene su valor. Significa que podemos aceptar el presente y que debemos llenarlo, porque todo lo que hemos asumido desde nuestro interior tiene permanencia.

