En la ciudad de Melo tres jóvenes vidas se perdieron al incendiarse una vivienda en la que se vendía nafta clandestinamente. Ocurrió la semana pasada en el barrio López Benítez de esa ciudad del departamento de Cerro Largo, las víctimas tenían 32, 11 y 5 años, todas del sexo femenino. Pero pudo haber ocurrido en cualquiera de las varias otras ciudades en las que el expendio irregular de combustibles se ha normalizado de tal forma que casi no se aprecia que se está –además de frente a un delito– ante el riesgo importante de provocar un incidente grave.
Ocurrió sobre las 18:30. Al llegar, Bomberos extinguió las llamas, pero el incendio había afectado de forma generalizada la vivienda, que estaba construida de bloques y techo liviano de chapa y tenía aproximadamente 60 metros cuadrados. Según Bomberos, otros dos niños, uno de 12 años y otro de 7, que también se encontraban en el lugar, lograron salir y ser trasladados a un centro médico con lesiones leves, y están fuera de peligro. El almacenamiento de material combustible fue determinante para la rápida propagación del fuego. No se había determinado aún oficialmente el origen del incendio, pero pudo haber sido cualquier cosa, literalmente, porque alcanza con una mínima chispa para que se desate una lamentable tragedia como la ocurrida.
Sin ir más lejos, hace pocos años, en la ciudad de Salto, en un expendio irregular de combustibles, un hombre de 25 años sufrió graves quemaduras. Un derrame de nafta próximo a una lavadora en funcionamiento desató un violento incendio que se expandió rápidamente.
En el purismo de la libertad de mercado estas actividades ilegales ofician como una válvula de escape que denota que es necesaria una corrección, y no necesariamente tiene que ser de precios, puede haber otros factores. Lo cierto es que en estos momentos estamos bajo un esquema de excepcionalidad que hace que –pagada con tarjeta– la nafta en los expendios formales esté a un precio que, en comparación con el resto del país, es barato: un 40% menos por la reducción de Imesi, justificado por la diferencia respecto a los combustibles del otro lado de la frontera. En estos expendios se venden más caros que si se comprase con tarjeta, aunque posiblemente más barato que si se lo pagase al contado. Pero si tuviésemos que encontrar “virtudes” por fuera del precio que justifiquen la existencia de estos despachos irregulares, debiéramos pensar en el acceso al producto, en tanto son una solución para vecinos de zonas alejadas de las estaciones, que se encuentran en general en el centro de las ciudades o sobre las rutas nacionales. La necesidad está, y donde la hay existe una demanda insatisfecha que atender, ergo, una oportunidad de negocio. No sería esto problema de no ser por los ya expuestos –y demostrados largamente en los hechos– riesgos que supone el expendio –pero especialmente el depósito con ese destino– de combustibles de forma irregular. No en vano tienen las estaciones de servicio todas las medidas de seguridad que tienen y los rigurosos controles que deben cumplir. De hecho, si un siniestro así hubiese ocurrido en un comercio establecido, ya sea una estación de nafta o distribuidor o recargador de gas, seguramente tendríamos a la Ursea saliendo a controlar que a quienes hacen el máximo esfuerzo para estar en regla para que se cumpla hasta el detalle más absurdo de unas reglamentaciones que parecen de otro planeta, e implementando multas también son de otra galaxia.
Pero en este caso, por más que se trate de una escala y un volumen menor, un depósito en un expendio clandestino tiene mayor potencial destructivo en caso de un accidente, al carecer, justamente, de absolutamente todas las medidas de seguridad que se exigen a las estaciones de servicio. Pero en esos casos “no pasa nada”, el Estado en su conjunto hace la vista gorda, poniendo en riesgo no solo a quienes están en este explosivo negocio sino a los vecinos, que nada pueden hacer ante la complicidad de quienes deberían evitar que esto suceda.
El problema, en parte, es que nos hemos habituado a los letreros de “Se vende nafta”. Se han hecho habituales a tal punto que casi ni parece que fueran clandestinos, de otra forma no podrían durar más que hasta el momento en que frente a uno de estos carteles pase un patrullero, detecte la situación irregular e intervenga, como es de suponer que ocurre frente a la constatación de cualquier tipo de delito, o al menos es lo que se espera. Pero imaginemos que no, que la Policía no tuviese potestades para actuar directamente, sí tendría, de todos modos, la obligación de dar debida cuenta al organismo responsable del contralor de estas situaciones, oficiar como los ojos del Estado en la calle. Podemos afirmar que también existe la obligación por parte del vecino de denunciar una situación en la que evidentemente también se le está exponiendo a un riesgo serio, pero es comprensible que o bien esto no sea posible porque al hacerlo se expondría a una represalia de parte del denunciado —es decir, a un riesgo mucho más directo—, o que de hecho no se perciba el riesgo, o incluso que se perciba, pero que se asuma en función del beneficio que se recibe: tener acceso a un despacho de nafta cerca del domicilio.
La Unidad Reguladora de los Servicios de Energía y Agua (Ursea), es el organismo al cual concierne este tema, y no solamente tiene potestad de actuación en caso de recibir una denuncia, sino que además debería llevar adelante acciones de fiscalización de oficio. Claro, sería un argumento comprensible el de que Ursea no cuenta con un cuerpo inspectivo como para estar en todo momento en todo el país vigilando, lo sería pero no lo es, porque de hecho, al repasar las resoluciones en la página de Ursea, podemos constatar que los inspectores de la unidad actúan en todo el país y se aplican sanciones. Tal vez lo que esté faltando es que además de visitar a los expendios instalados formalmente se den una vuelta por los alrededores de la ciudad con vocación de detectar esos expendios irregulares que todos vemos —y no denunciamos—.
Pero claro, como venimos viendo, a todo siempre le podremos encontrar su justificación, su explicación y argumentos por los cuales las cosas no funcionan como debieran, razones por las cuales es asumible el riesgo de que tres jóvenes vidas se pierdan con tal de no tener que hacer algunos kilómetros para echar nafta, así que cuando un episodio lamentable ocurra, como acaba de ocurrir, no nos quede más que derramar lágrimas y seguir.

