Las opiniones del Papa

La batalla del Puente Milvio, acaecida en las afueras de Roma en el año 312 d.C., tuvo una relevancia que supera ampliamente los aspectos militares de la misma. En ese enfrentamiento Constantino derrotó a su rival, su cuñado Majencio y obtuvo el manto de emperador romano de Occidente. A pesar de tal victoria, lo más importante fue la revelación que experimentó antes de la batalla. Según Eusebio (biógrafo de Constantino) Constantino y sus fuerzas vieron una cruz de luz en el cielo, junto con unas palabras griegas que rezaban En Hoc Signo Vinces [“Con en este signo vencerás”]. Esa noche, Constantino tuvo un sueño en el que Cristo reforzaba el mensaje. El emperador marcó el símbolo cristiano de la cruz en los escudos de sus soldados. Constantino atribuyó la victoria al dios de los cristianos. Al año siguiente, en el 313 d.C. Constantino se reunió con Licinio, el emperador romano de Oriente, y juntos promulgaron el Edicto de Milán. La idea principal de este documento fue establecer la libertad religiosa universal, permitiendo que cada persona practique la religión que considere más adecuada, y específicamente restituir los derechos civiles y patrimoniales a los cristianos. Años más tarde, en el año 380 d.C., el emperador Teodosio I firmó el Edicto de Tesalónica que transformó en oficial esa religión. Como ha señalado National Geographic, “la ruptura definitiva de la unidad del Imperio tras la muerte de Teodosio, fue una de las puertas por las que se inició la primera gran división del culto cristiano; que tras la caída definitiva de Roma se consolidó, a grandes rasgos, con el catolicismo, con base en Roma, en Occidente y la Iglesia Ortodoxa, con base en Constantinopla (ahora Estambul, Turquía), en Oriente”.

Casi 2000 años más tarde, la Iglesia Católica Apostólica Romana y su principal figura, el Papa, tienen un lugar de importancia global que trasciende el número de seguidores de esta religión (una de las tantas que existen en el mundo) y de cuyas opiniones, gestos y mensajes están pendientes no sólo las demás religiones sino también los líderes políticos de todos los países, sin importar el régimen político por el cual se gobiernen o la ideología que practiquen. Si bien la influencia política del Papado se ha visto disminuida con el paso de los siglos, los medios de comunicación han transformado su opinión en un insumo para la toma de decisiones en diversas regiones del mundo. A modo de ejemplo, entre algunas de las razones de esa disminución del poder papal puede mencionarse el avance de las ideas del Iluminismo que marcaron el mapa ideológico europeo en el siglo XIII así como los incipientes movimientos independentistas en las excolonias británicas en 1776 (hoy Estados Unidos) y en varias regiones de América del Sur de la mano de líderes como José Artigas, Simón Bolívar, Bernardo O’Higgins, Antonio José de Sucre, José de San Martín, y Francisco de Miranda, entre otros.
Desconocer la importancia que en el plano político tienen las posiciones asumidas por el Papa es dejarse llevar por una ceguera religiosa que poco beneficia a quien opta por tomar un camino que trata de tapar el sol con un dedo. Nadie pretende que quienes no sean católicos apostólicos romanos compartan o se sientan obligados por las opiniones, pero negar que las mismas tienen gravitación sobre muchos gobiernos, gobernantes y personas (incluso desde el punto de vista político) empobrece el análisis que pueda hacerse de la realidad política global. Un ejemplo de ello es la caída del régimen comunista de la Unión Soviética, precedido por la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. En esa época confluyeron cuatro protagonistas de primera línea cuyas acciones firmaron la partida de defunción de un régimen que asesinó a millones de personas y violó los derechos humanos de otros tantos: el presidente de Estados Unidos (Ronald Reagan) la primer ministro del Reino Unido (Margaret Tatcher), el presidente del sindicato polaco Solidaridad (Lech Walesa) y el Papa Juan Pablo II. En sus múltiples viajes (que le valieron el calificativo de “El Papa viajero”), Karol Wojtyła enfrentó diversas situaciones en las cuales adoptó posturas políticas que nadie puede desconocer, ya sea que se trata de su exitosa mediación entre Argentina y Chile en la disputa por el Canal de Beagle evitando una guerra que parecía inevitable.

Las tensiones entre el poder político y la figura del Papa siempre han existido y seguirán existiendo. Tal vez el ejemplo más evidente de ello tuvo lugar durante la coronación del entonces primer cónsul Napoléon Bonaparte como emperador, evento que se desarrolló el 2 de diciembre de 1804 en la Catedral de Notre Dame, en París. Tal como lo ha relatado el periodista Max Fischer del diario The New York Times, para la coronación como emperador, “debía procederse a la manera de todos los monarcas católicos, que todavía gobernaban la mayor parte de Europa: se arrodillaría ante el papa, por entonces Pío VII, para recibir la corona y una bendición. (…) El simbolismo de la coronación reflejaba siglos de tradición política europea, según la cual la Iglesia Católica le otorgaba formalmente a la realeza la bendición divina que se consideraba indispensable para gobernar. La Iglesia, en su poder, a veces había competido abiertamente con esos mismos monarcas. Pero cuando Napoleón marchó rumbo al altar de la catedral de Notre Dame de París, no se arrodilló frente a Pío VII como lo habían hecho los monarcas franceses hasta entonces. Cuando Pío VII alzó la corona, Napoleón se dio vuelta para mirar a los asistentes sentados en los bancos, tomó la corona de las manos del papa y se la colocó él mismo en la cabeza. En la célebre pintura de Jacques-Louis David que registra ese momento, Pío VII parece retroceder ofuscado, mientras observa cómo Napoleón corona reina a su esposa”.

Si bien existen religiones que podrían llegar a tener más seguidores a nivel mundial, la Iglesia Católica Apostólica Romana posee una gran capacidad de generar hechos públicos que son difundidos globalmente a través de los medios y son recibidos (en el acuerdo o el disenso) por muchas personas, no sólo por los seguidores de esa religión. A esto debe sumarse que a diferencia de lo que sucede con otras religiones, en las cuales no existe una autoridad central o única, la figura del Papa se encuentra en el vértice de una estructura jerarquizada y sus opiniones tienen alcance mundial para su iglesia. Adicionalmente, el Papa es la máxima autoridad del Estado de la ciudad del Vaticano (nombre oficial del Vaticano) el cual es un Estado independiente reconocido por varios países y que forma parte de organismos internacionales tales como las Naciones Unidas, el Consejo de Europa, la Unesco, la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Así las cosas, las opiniones del Papa serán religiosas en tanto representa la máxima autoridad de la Iglesia Católica Apostólica Romana, pero también serán políticas ya sea por la naturaleza de los temas tratados o por el hecho de ser el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano.