Buenos Aires (Por Horacio R. Brum).- “¡No pude ir al entierro del Papa, porque no me dieron el pasaporte italiano!” Así se lamentaba una señora muy argentina, en el café de Buenos Aires al cual concurre habitualmente este corresponsal. Por eso, va esta historia personal, a modo de introducción al artículo. Mi bisabuelo materno, Giuseppe Marcello Pizzorno, nació en Bormida, un pueblo de las montañas de Liguria, a unos 90 kilómetros de Génova, que todavía hoy es pequeño. Junto a su esposa Caterina y varios hijos, aquel campesino Pizzorno emigró a Uruguay a fines del siglo XIX para “fare l’America”, como tantos italianos de sus tiempos; en Paysandú no se hizo la América, pero llegó a integrar la sólida clase media de raíces inmigrantes que es un pilar de las sociedades uruguaya y argentina.
Al igual que muchos de sus compatriotas y tantos otros europeos que querían dejar atrás los recuerdos de la miseria y el dolor del terruño, mi bisabuelo no hizo ningún esfuerzo para transmitir su identidad a sus hijos, más allá de las recetas de la cocina italiana y alguna que otra canción tradicional. Ni mi abuelo Leopoldo ni sus hermanos hablaban italiano; a ese idioma lo “descubrí” cuando era parte de las materias de los antiguos cursos liceales de Preparatorios para las carreras de Derecho. Si viajo a Italia me siento como en casa y en las caras, las expresiones y las costumbres de cada adulto mayor veo una tía, un tío o un abuelo. Sin embargo, no ansío tener un pasaporte italiano. Con mi pequeña libreta de tapas azules emitida en este rincón del mundo he podido cruzar muchas fronteras, incluida la de Turquía con la ex república soviética de Georgia, donde al hojear el pasaporte el funcionario de migraciones me dio una amplia sonrisa y dijo: “¡Ah… Muslera!”, por el arquero uruguayo que era una celebridad en el fútbol turco. También pude recorrer sin problemas la Siberia de los tiempos soviéticos y fui a trabajar en la BBC de Londres, donde tampoco me interesó el derecho a tramitar un pasaporte británico.
Por eso, me han llamado la atención las muestras de frustración y hasta angustia, que dieron cientos de argentinos unas semanas atrás, a causa de que el gobierno de Roma resolvió ajustar los requisitos para obtener el “passaporto rosso” (pasaporte rojo, por el color de sus tapas), que en Argentina parece ser visto como un salvoconducto para el mítico Primer Mundo. A las puertas del consulado italiano donde –al igual que en el de España–, suelen formarse largas filas para solicitar el documento, se produjeron escenas de desazón. Cuando se hizo el anuncio del cambio de los requisitos para obtener la ciudadanía y se suspendió la entrega de los números de turnos, esas filas se transformaron en reuniones de debate y reclamos, pero de las discusiones salieron algunos datos que podrían justificar la decisión del gobierno de la primera ministra Giorgia Meloni de limitar a aquellos que tengan padres o abuelos italianos la posibilidad de obtener un pasaporte.
En algunas consultas hechas en el lugar por este corresponsal, hubo quienes admitieron no poseer conocimiento alguno del idioma ni de la historia o de la actualidad de Italia y fundamentaron su interés en el “passaporto rosso” con lejanísimos antepasados. Lo cierto es que en Argentina la posesión de un pasaporte extranjero, en especial de Italia o de España, se considera como una especie de seguro contra las crisis, que permite la salida en busca de una mejor posición económica. Por otra parte, un documento de la Unión Europea facilita el viaje a los Estados Unidos, donde Miami se vuelve el destino de compras favorito de los argentinos, cada vez que hay (como ahora) un atisbo de estabilidad económica. A ellos apuntó directamente el ministro de Relaciones Exteriores de Italia, Antonio Tajani: “La nacionalidad no puede ser un instrumento para poder viajar a Miami con un pasaporte europeo”.
El año pasado, 30.000 argentinos adquirieron el pasaporte de tapas rojas, con sólo acreditar que algún antepasado había llegado a estas orillas del Plata después de 1861, cuando se consumó la unificación de Italia. El prestigioso diario milanés Corriere della Sera dio un ejemplo contundente del abuso del sistema: el caso de Lionel Messi. El tatarabuelo del jugador emigró a Argentina desde Recanati, un pueblo del sureste de la península, cercano al mar Adriático; en virtud de ello, Messi obtuvo un pasaporte por trámite rápido, con residencia ficticia en Recanati, que le facilitó jugar en el Barcelona español, bajo la clasificación de “atleta de la Unión Europea”. Según el Corriere, el famoso “10” admitió en una entrevista que no sabía dónde quedaba el pueblo ni conocía a su supuesto compatriota nacido allí, el poeta del siglo XIX Giacomo Leopardi, una de las glorias de la literatura del país. “Es que en casa nunca se hablaba de Italia”, se disculpó Messi. El diario de Milán informó además de lo ocurrido en unas pequeñas comunas alpinas, que tuvieron que examinar la documentación presentada en el exterior por varios miles de brasileños, para comprobar que sus ancestros habían emigrado de allí. Las solicitudes eran en realidad un gran negocio de gestorías, que cobraban 3.000 euros por persona, y a los brasileños solamente les interesaba tener un pasaporte para moverse libremente por Europa, en busca de trabajo.
En la galería bonaerense Las Victorias, que va desde la calle Marcelo T. de Alvear a la calle Libertad, un local pequeño es el Estudio Euro, que con grandes letras pintadas en la vidriera ofrece la ciudadanía española y la ciudadanía europea. El servicio consiste básicamente en reunir toda la documentación que piden los consulados, a un costo que varía según la dificultad para obtener los papeles. Entre quienes hacían las filas en el consulado de Italia, se hablaba de pagos de varios cientos de euros, aparte del gasto en traducciones de la documentación en español, que puede superar los 50.000 pesos argentinos. En la capital y otras ciudades del país abundan los lugares como el Estudio Euro, encabezados generalmente por abogados a quienes las gestiones les dan un ingreso tan importante como el de sus colegas de los juicios laborales, otra de las grandes “industrias” del ámbito legal argentino.
La ley que hasta ahora permitía el acceso fácil a la ciudadanía no es antigua, ya que data de 1992 y en esa época provocó un debate intenso en el Parlamento italiano, porque sus opositores acusaban al gobierno de buscar un capital político en el exterior. Algo de eso hubo: unos años después se crearon las circunscripciones de voto en el exterior, donde los no residentes de todos los continentes pueden postularse y elegir a un total de 18 parlamentarios. Aun sin haber estado antes en Italia, estos legisladores tienen todos los derechos y los beneficios de sus colegas en el territorio nacional, además de la posibilidad de seguir residiendo en sus países y viajar regularmente a Roma, a expensas del Estado italiano.
Las elecciones en el exterior, y en particular en Argentina, han tenido sus casos de fraude. Entre absurdo y cómico fue el descubrimiento, en 2022, de que varias decenas de miles de boletas de sufragio impresas en este país eran falsas. Sin noción alguna del idioma, los impresores-falsificadores hicieron las papeletas con la leyenda: “Camera dei Diputati”, una españolización de la palabra “Deputati” (diputados). El error ortográfico se descubrió en el escrutinio en Roma, y en el fraude estuvieron implicados unos candidatos cercanos al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, al club Boca Juniors, a la Asociación Argentina de Fútbol, al partido Radical y al expresidente Mauricio Macri. Otro caso se produjo en 2018, que terminó con la expulsión del Senado italiano de un representante argentino, pero Uruguay también aportó lo suyo en 2022, cuando un diputado suplente del Partido Nacional hizo un video sobre cómo votar por su propia candidatura italiana, con la papeleta de una persona a quien nunca le había llegado el documento por correo.
La medida tomada por el gobierno de Giorgia Meloni debe ser refrendada o rechazada por el Parlamento en un plazo máximo de dos meses, pero en los círculos políticos italianos se estima que será aprobada. No obstante, los aspirantes a italianos podrían, paradojalmente, tener de su lado a los políticos opuestos a cierta inmigración. Un diputado por Venecia declaró a la prensa: “Es extraño que alguien en el gobierno haya decidido ponerle un freno a los descendientes de quienes emigraron al extranjero, en gran parte de origen veneciano, lombardo, piamontés o friulano, y por tanto de cultura católica, pero luego piense en regalarle la ciudadanía a jóvenes inmigrantes, a menudo islámicos”.

