Suiza tiene su propio camino

Saint Moritz, Suiza, (Por Horacio R. Brum).- Viajar en tren por Suiza no es sólo ver paisajes alpinos espectaculares; es conocer a los suizos y entender por qué este país, que no llega a triplicar la población de Uruguay y cuyo territorio abarca menos que los de Paysandú, Salto y Tacuarembó, tiene un desarrollo superior al de las naciones que pasan por ser potencias mundiales. Significativamente, en 1992 y 2014, sus habitantes rechazaron por plebiscito la integración a la Unión Europea.
Puntualidad, limpieza y alta tecnología son las características sobresalientes de los ferrocarriles, los cuales circulan por una red de vías con túneles y viaductos que parecen verdaderos monumentos de la ingeniería. Durante las últimas dos semanas, este corresponsal ha recorrido varios cientos de kilómetros, en un área que se extiende entre la capital federal de Berna y Sant Moritz, una ciudad del turismo de alta gama, ubicada en la región alpina del sudeste. No hay un tren que no esté impecablemente limpio, porque al llegar a cada estación principal sube un equipo de aseadores, que lo recorre de punta a punta. Aún en los pueblos más pequeños, los edificios de las estaciones se ven pintados a nuevo y es virtualmente imposible encontrar un baño sucio. Además, está prohibido fumar en todas las instalaciones, pero hay sectores al aire libre donde los fumadores pueden hacerlo en torno a contenedores especiales para depositar las colillas, de los que no pueden alejarse más de dos metros, como lo indican letreros y líneas pintadas en el suelo.
En cada localidad, a la llegada del ferrocarril corresponde la de un ómnibus que recoge a los pasajeros y hace un recorrido por toda la zona; es el PostBus, heredero de las antiguas diligencias que repartían el correo y la gente hasta los rincones más lejanos. Pintados de amarillo y negro –los colores de los viejos carruajes– estos medios de transporte tienen tarifas especiales para cada necesidad y los boletos se compran con el chofer o por celular. Una primera lección suiza para los políticos que desprecian al Estado: estas redes de comunicación son de propiedad mayoritariamente estatal o regional. En el cantón de Graubünden (la mayor de las 26 regiones que componen el país), por ejemplo, los capitales privados tienen sólo el 16% de la propiedad de la empresa ferroviaria. Durante el siglo XIX, Suiza también contrajo la “fiebre ferrocarrilera”, que hizo que en Europa y los Estados Unidos se construyeran decenas de miles de kilómetros de vías y surgiera un enorme número de compañías operadoras. En Suiza hubo alrededor de 100 empresas, las que competían ferozmente por la carga y los pasajeros, pero un plebiscito ciudadano, bajo el lema de “Los ferrocarriles suizos para los suizos”, inició un proceso que culminó con la nacionalización, en 1901.
El plebiscito es precisamente uno de los instrumentos fundamentales del sistema político suizo, que no tiene igual en el mundo por su nivel de democracia. En la plataforma de una de las estaciones donde cambió de trenes, este corresponsal vio un cartel que instaba a los ciudadanos de la ciudad a votar para decidir si se ampliaba o no el horario de apertura de los comercios. Por temas como éste u otros de alcance nacional, los suizos van a las urnas varias veces al año; en cuanto al gobierno del país, se eligen cada cuatro años más de 240 miembros del parlamento o asamblea federal y ellos designan a los siete integrantes del Ejecutivo colegiado, que a su vez nombran por consenso a un presidente, quien dura un año en su función.
El consenso entre los diez partidos principales es una característica esencial de la política suiza y el aceite que permite funcionar con precisión y unidad a las 26 regiones, cuyas raíces culturales e idiomas podrían ser una receta para la desunión. Asombra inicialmente al viajero subir al tren en un lugar donde es habitual hablar francés y alemán, y bajar en otro donde se habla predominantemente en italiano o en una peculiar lengua llamada romanche, que en una primera impresión parece tener componentes de todos los idiomas anteriores y hasta algunos sonidos propios del catalán. Más allá de esas diferencias, existe una sólida identidad nacional, en cuyo marco se maneja un tema de preocupación en el resto de Europa: la inmigración. Hay aquí poco margen para la residencia ilegal y los extranjeros deben llegar con un puesto de trabajo asegurado, para lo que el empleador tiene que comprobar que antes no ha ofrecido el puesto a un ciudadano suizo. La eficacia de esta medida, a la cual se agrega el compromiso que se exige al extranjero de integrarse a la sociedad en aspectos como la educación de los hijos, hace que en las ciudades suizas se vean poco los guetos culturales comunes en la Unión Europea (UE), donde los inmigrantes se aíslan y siguen viviendo casi como en sus países de origen. Esa integración reglamentada reduce el problema de una explotación de la mano de obra barata; según la Oficina Federal de Estadística, el salario medio es de unos 8.000 dólares mensuales. En Alemania, la economía más poderosa de la UE, la remuneración mensual promedio no llega actualmente a los 3.200 dólares. Aunque se suele decir que Suiza es un país caro, quien esto escribe pudo hacer en el supermercado un surtido semanal para dos personas por aproximadamente 100 dólares.
Durante las guerras napoleónicas del siglo XIX, los suizos votaron por mantener la neutralidad en todos los conflictos europeos y mundiales, una decisión que se mantiene a rajatabla y hoy, por ejemplo, hace que su país no sufra todos los efectos económicos y políticos creados por la intervención de la Unión Europea en la guerra de Ucrania. Tal neutralidad también es buena para los negocios, como lo demuestra la existencia de numerosos bancos, donde se albergan con discreción capitales de todas las procedencias. Simbólicamente, en la plaza de Berna donde está el parlamento federal se puede ver que un lado lo ocupa la sede del poder Legislativo, en otro está el banco nacional, y en otros dos se levantan unos edificios majestuosos que albergan a grandes bancos privados.
Aunque fue un médico suizo quien impulsó la creación de la Cruz Roja Internacional y el establecimiento de la primera convención sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra, también hay en este país una importante industria de armamentos, que fabrica desde tanques hasta sistemas de misiles y armas portátiles varias. Otra vez en viaje, desde el tren a Berna se pudo observar un extenso complejo de edificios, sin muchos avisos publicitarios y sólo un letrero: Swiss Defence. Era una de las principales empresas de armas. En cuanto a la defensa nacional, el servicio militar es obligatorio desde el siglo XIX y llama la atención que muchos edificios de apartamentos tienen sótanos extensos y profundos, porque deben ser construidos como refugios potenciales. Por otra parte, el observador atento puede ver en los pasos alpinos –otra vez desde el tren–, instalaciones disimuladas que tienen o tuvieron usos militares. “Suiza no tiene ejército, porque Suiza es un ejército”, es un lema que data de los tiempos de la Guerra Fría.
En el baño de una de las estaciones ferroviarias, muy limpio y automatizado, hubo un indicio de que Suiza no está libre de otro problema de la vida contemporánea: la drogadicción. Entre todos los botones para operar el inodoro y controlar el flujo de agua, había en la pared un orificio iluminado, con la figura de una jeringa hipodérmica. Es para que los drogadictos que usan el lugar para inyectarse puedan deshacerse del instrumento sin crear riesgos para otros usuarios. El paraíso no existe, ni siquiera en medio de esta próspera tierra alpina.