Falleció Terence Stamp: Arrodíllense ante Zod

No fueron pocos los titulares que, ante la muerte del actor londinense Terence Stamp a los 87 años recordaron, antes que nada, su participación en Superman (I y II) de 1978 y 1980, como el malévolo general Zod. Entonces, los que lo conocían de sus películas anteriores pusieron el grito en el cielo, porque recordar a tamaño actor por esas películas antes que por Teorema, Lejos del mundanal ruido o Historias extraordinarias es un insulto al arte y un saludo con reverencia hacia el cine más comercial posible.
Bueno, despacito por las piedras. Por supuesto que si hablamos de Historia del cine, seguramente el lugar que tienen Teorema, de Pier Paolo Pasolini, Lejos del mundanal ruido de John Schlesinger o el cuento Tobby Dammit de Historias extraordinarias –todas de fines de la década de los ‘60– es bastante más importante que el de Superman. Pero eso, remarco, si hablamos de Historia.

Y si bien el aporte a todo eso de Terence Stamp es parte de esa Historia, también es parte de otra cosa. Del sencillo y complejo trabajo como actor a secas. Si entramos en ese terreno el tema del arte y la calidad de relativizan.

Comienzos

Stamp había comenzado su carrera allá por el principio de la década de los ‘60 con Billy Budd, película basada en “la otra” novela de Herman Melville, y su trabajo ahí le valió, de entrada nomás, su primera nominación al Oscar. Pero también pasó otra cosa en ese filme. Su interpretación como marinero inocente pero inconscientemente seductor, que no estaba del todo en este mundo y que era castigado fuertemente por eso, marcaría su carrera.

Su más de metro ochenta, ojos azules saltones y un andar insinuante, que fue rápidamente confundido como femenino, cuando era más bien el de un dandy, ayudaban a crear en torno de Stamp una atmósfera única que aprovecharían al máximo directores como Pasolini, Schlesinger o Fellini.

Con la colaboración con esos tres directores tocó un punto muy alto que, por muchas razones, no se repetiría en su carrera. Teorema fue un escándalo, Lejos del mundanal ruido su consagración como galán y Tobby Dammit la entrada del actor británico en el mundo de Fellini, algo que, para actores no italianos era un privilegio muy difícil de alcanzar.

Ser parte sin pertencer

Pero Terence Stamp sabía muy bien que, para triunfar en el mundo del cine no podía quedarse como actor de calidad para autores elogiados por la crítica pero que no siempre llenaban las salas. Así que en la década de los ‘70, cuando los productores estaban buscando a un sucesor para Sean Connery en la saga de James Bond, uno de los fuertes candidatos era él.

Pero repetimos, andar de dandy, mirada de extraterreste, modales aristocráticos… no era lo que buscaban. Pero la negativa y posterior elección de Roger Moore para el papel lo afectó tanto que se retiró a la India a practicar Yoga, algo muy propio de su personalidad después de todo.

Sin embargo, el cine seguiría apreciando la extraña y resbaladiza presencia de Terence Stamp. Regresó de la India y participó en varias películas hoy olvidadas hasta que, en 1978 el director Richard Donner tuvo una idea genial; contratar a Stamp para encarnar al archienemigo de Superman, el general Zod.
Por suerte Stamp aceptó porque su trabajo en las dos primeras películas de la saga protagonizada por Christopher Reeve es absolutamente genial.

Volvemos así al principio; muchos a la hora de su muerte recuerdan más a Stamp como el general Zod que por sus trabajos más “prestigiosos”. Y eso, si dejamos de lado un poco lo que es comercial y lo que es artístico, no es ningún pecado, porque el trabajo de este actor es tan enorme en aquellas películas de los sesenta como interpretando a Zod. Tanto es así que muchos años luego de estrenadas las películas de Superman, cuando Stamp iba por la calle, había seguidores que se arrodillaban ante él solo para que les dijera: “arrodíllense ante Zod”, palabras del villano en esos filmes.

Tal vez otro actor, como los hubo y los hay, no se hubiesen “rebajado” a eso. En su vejez quizás hubieran preferido recordar que actuaron con la crema de la crema del cine europeo y que, trabajar como supervillano no era “digno”. Sin embargo, Stamp era muy consciente de algo fundamental, el actuar es algo personalísimo, una actividad humana que liga al arte con el hombre tal vez como ninguna otra.
Esa pureza, esa forma total de entregarse al arte y al trabajo que se ama, Stamp la dio al ciento por ciento tanto en Teorema, como en Superman, Sí señor, Operación Valkiria, El Superagente 86 o Priscilla, la reina del desierto, otra película, décadas después de su debut por la que fue nominado al Oscar.

Haciendo de todo un poco, nunca dejó de ser toda una personalidad de la pantalla, una característica que incluso los más grandes actores no siempre saben conseguir.

Fabio Penas Díaz