Melchora Cuenca, una escuela con raíces en la tierra

En una jornada a puertas abiertas, la Escuela Agraria Melchora Cuenca exhibió el trabajo de sus estudiantes y reafirmó su modelo educativo, que prioriza el aprendizaje práctico y la producción natural sobre el rendimiento comercial, ofreciendo un camino de oportunidades para jóvenes de diversos contextos.

La Escuela Agraria Melchora Cuenca celebró su ya tradicional feria anual, un evento que por tercer año consecutivo abre sus puertas a la comunidad, centros educativos y vecinos interesados en conocer su propuesta. En sus cinco hectáreas, la institución no solo enseña a producir, sino que cultiva un modelo de enseñanza donde el bienestar animal y el respeto por los ciclos naturales son la principal lección.
Durante el evento, los visitantes pudieron apreciar los proyectos de fin de curso que los estudiantes de bachillerato deben presentar obligatoriamente para egresar. Entre los trabajos destacados se encontraban mejoras en la infraestructura, como la zona de faena de animales y la construcción de nuevos cercos, así como innovaciones productivas que incluyen la cría de codornices e iniciativas de hidroponia. EL TELEGRAFO dialogó con el ingeniero agrónomo Pablo Elhordoy, director de la escuela.

Producir para Aprender, No Solo para Vender

Lo que distingue a esta escuela es su filosofía productiva. “Tratamos de hacer la producción lo más natural posible”, dijo Pablo Elhordoy. Este enfoque se materializa en prácticas concretas: las gallinas ponedoras no viven en cautiverio intensivo, sino que cuentan con patios de salida; y los cerdos se crían en campo natural en lugar de corrales con piso de cemento. Este manejo no solo garantiza el confort de los animales, sino que simplifica el trabajo de los funcionarios y crea un ciclo sostenible, ya que las deposiciones de los animales se integran directamente al suelo, nutriéndolo de forma natural. Esta misma lógica se aplica a la huerta, donde se busca minimizar el uso de herbicidas, insecticidas y fertilizantes inorgánicos, priorizando el aumento de la materia orgánica a través de compostaje. “En las escuelas agrarias el sentido no es productivo; eso está en un segundo plano. La enseñanza es el primer plano”, comentó el director de la escuela.

Una Comunidad Educativa que Integra y Apoya

La escuela, que cuenta con aproximadamente 130 estudiantes, se ha convertido en un pilar para jóvenes de la zona y de otros lugares, incluyendo alumnos de contextos críticos. Para asegurar la igualdad de oportunidades, la institución ofrece de forma gratuita el desayuno, el almuerzo y la merienda a todo el alumnado.

El compromiso de la escuela trasciende sus límites. La producción de huevos, por ejemplo, se destina no solo al comedor propio, que alimenta a los estudiantes diariamente, sino que el excedente se distribuye a otras instituciones de la UTU y al parador de Termas de Guaviyú. Todo lo generado se rinde a la administración central, en un sistema de colaboración interna donde no hay transacciones monetarias entre los centros.

Además de su oferta de educación media básica y bachillerato rural, la escuela ha comenzado a implementar capacitaciones para adultos en áreas como huerta familiar, plantas nativas y carpintería rural, ampliando así su impacto en la comunidad.

Un Camino de Crecimiento y Futuro

Desde sus inicios en 2009 y su formalización a partir de 2011 con cursos de UTU, la institución ha evolucionado hasta consolidarse como Escuela Agraria en 2017. Hoy, el mayor orgullo para sus directivos y docentes es ver a sus egresados encontrar un camino. “Cuando uno los ve que están trabajando, es una felicidad”, confiesa Pablo Elhordoy, mencionando a exalumnos que hoy son policías, entre otras profesiones. Ver que los jóvenes forjan un futuro lejos de los peligros sociales es la mayor satisfacción y la prueba de que la tarea, con el apoyo de una comunidad educativa unida, ha sido cumplida.