El ausentismo escolar saltó a los grandes titulares luego de una conferencia de prensa convocada por las autoridades de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), en la que se refirieron con preocupación a este tema y lanzaron una campaña pública para intentar revertir el problema.
El ministro de Educación, José Carlos Mahía, fue claro al señalar que estamos ante un problema “grave y estructural”, dado que, lejos de ser una anomalía puntual, el ausentismo escolar se ha convertido en una constante multicausal que atraviesa los niveles educativos y los distintos departamentos del país, impactando directamente en las trayectorias educativas.
En 2024, el 66% de los estudiantes de enseñanza primaria faltaron un promedio de 29 días al año. En Secundaria, el promedio fue de 41 faltas por estudiante, y en la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU), llegó a 54 faltas por alumno.
Por otra parte, estos números no están atados a disparidades geográficas ni pueden analizarse con base en la dicotomía campo-ciudad. Por el contrario, se trata de un fenómeno nacional y, como bien dijo el ministro, estructural.
Años atrás, cuando se hablaba de ausentismo, se solía vincular a temas de conducta, disciplina o falta de seguimiento. Hoy no podemos pensarlo de esa manera. Si el año escolar tiene entre 180 y 190 días efectivos de clase, faltar 41 días implica más del 20%, y faltar 54 días representa un tercio del año lectivo.
Entonces, ¿qué nos está diciendo esta estadística? En primer lugar, parece necesario mirar los números no solo con preocupación, sino como un síntoma. Uno puede estar preocupado por un problema de salud, pero si no se atienden los síntomas ni se hace algo para contrarrestarlos, las posibilidades de mejora serán escasas.
¿Qué nos está diciendo, como síntoma, que un adolescente no asista al liceo o a la UTU que está cursando? Habría que preguntarse, por ejemplo, si el currículo le resulta ajeno, o si siente falta de pertenencia o de conexión con el aula y su grupo de pares, lo que hace que el estudio y la institución educativa no lo convoquen. Incluso, puede que perciba que faltar no tiene consecuencias.
Según el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd), el patrón de ausencias tiene forma de “U”, concentrándose en la educación inicial y media, y afectando fundamentalmente a estudiantes con extraedad, provenientes de contextos vulnerables y en turnos vespertinos. Pero el fenómeno no se limita a estudiantes de sectores vulnerables: existe una desconexión transversal que responde más a distancias simbólicas que físicas, más a una falta de sentido que a una falta de medios para llegar al centro educativo. Si bien es positivo que existan subsidios al transporte y el boleto gratuito estudiantil –algo impensado décadas atrás–, esto hoy ya no alcanza.
Lo más lamentable de toda esta situación es que la escuela, el liceo y la UTU –que el presidente del Codicen, Pablo Caggiani, definió en la misma conferencia de prensa como “una frazada que abriga otros derechos”– se están carcomiendo. Es una frazada con agujeritos.
Podría incluso trazarse una analogía con el fenómeno de la posverdad: vivimos en una época en la que tenemos todos los medios a nuestro alcance para verificar la veracidad de la información, pero no nos interesa hacerlo. Del mismo modo, en un país con educación laica y gratuita, que provee materiales de estudio y boletos para el transporte, muchos estudiantes no quieren asistir, y sus familias se muestran permisivas ante esta situación.
Es indudable que la educación sigue siendo una llave para el desarrollo personal, la inserción productiva en la sociedad y el ascenso social. Tener un oficio o una carrera, contar con una preparación básica que permita ser competente en lo económico y lo social, emprender, aspirar a un empleo o ejercer una profesión, es cada vez más necesario en un contexto en el que las máquinas están reemplazando trabajos humanos. Esta tendencia, además, se ve acelerada por la inteligencia artificial: las personas que realizan tareas repetitivas o susceptibles de automatización perderán cada vez más oportunidades laborales.
Sería casi irresponsable que el mundo adulto y las autoridades educativas responsabilizaran exclusivamente a niños o adolescentes de tomar conciencia sobre esta situación. En cambio, son los padres quienes tienen una tarea concreta que cumplir, así como también las autoridades educativas y el Estado. En la educación de las nuevas generaciones nos jugamos una parte fundamental de nuestro futuro como sociedad. Es imperioso reflexionar y actuar con rapidez para revertir esta situación.
“Hay que asumir con humildad que estamos ante un problema grave y estructural, y no vas a cambiar de la noche a la mañana algo que evidentemente no está siendo visualizado por la sociedad uruguaya como un problema, porque la ausencia de uno o dos días acumulada mes a mes genera que vos sientas un compromiso más flojo, más laxo con estar”, dijo Mahía, y señaló la importancia de que el Estado haga “un esfuerzo muy grande”.
Así debe ser, y esperamos ver medidas pronto, porque el diagnóstico está claro. No hay lugar para el abandono institucional ni para seguir ignorando la situación. Existe también una responsabilidad a nivel de política educativa, que debe responder a la pregunta sobre qué tipo de educación necesitamos para el Uruguay de hoy y del futuro cercano.
Las consecuencias del ausentismo no se limitan al presente: inciden en las trayectorias de vida, en la continuidad educativa, en las oportunidades, en la posibilidad de acceder a un empleo y en la reproducción de desigualdades.
Es evidente que vivimos en tiempos de ausencias afectivas y familiares, en los que no siempre hay un “adulto responsable” que cumpla verdaderamente ese rol frente a un adolescente. Por eso, las instituciones educativas y sus docentes deben estar presentes y construir desde el interior de un sistema que, paradójicamente —y muchas veces sin proponérselo—, expulsa. Porque es muy difícil aprender si no nos sentimos parte. No se trata solo de estar en las aulas, sino de querer estar.
El docente no puede ser solo un transmisor de contenidos y saberes; debe también saber escuchar y fomentar la motivación. Seguramente es en el aula donde se juega este partido decisivo, porque, en definitiva, también se trata de ejercer una pedagogía del vínculo.
El sistema educativo debe respaldar estas acciones y construir propuestas más convocantes. El ausentismo escolar difícilmente se pueda combatir con sanciones o campañas en los medios de comunicación. Más bien, se enfrenta desde el sentido de pertenencia y con la fuerza que imprime el deseo de estar y de aprender a pesar de las adversidades. Si como país no somos capaces de actuar a tiempo, lamentablemente, la frazada será cada vez más estrecha y tendrá más agujeritos.

