El poder psicológico de las palabras cotidianas

Desde este lugar, hoy, quiero invitarte a pensar y observarte en las palabras que has dicho o que te decís a vos mismo. Las palabras son actos. No solo comunican lo que pensamos, también moldean lo que sentimos, lo que creemos y hasta quiénes somos. Cada vez que hablamos, escribimos o posteamos en redes estamos construyendo una versión del mundo. Y muchas veces, no somos conscientes del poder y la responsabilidad que eso implica.

Cuando hablar es crear

No decimos las cosas porque existen, existen porque las decimos. Un “ te amo” inaugura un vínculo, un “no puedo” levanta una muralla, coloca un límite.
En terapia observo a diario, cuando una persona logra poner en palabras su sufrimiento, o con solo el hecho de contarlo, algo comienza a cambiar. Lo que antes podría haber sido un caos emocional toma forma, se vuelve nombrable y por tanto, transformable.
El lenguaje es un generador de realidades. Con él se crean leyes, se establecen valores y se tejen identidades. De la misma forma, con el lenguaje también se destruye: una palabra hiriente puede dejar cicatrices mucho más hondas y duraderas que un golpe.

La palabra que
nos da identidad

Desde la infancia, lo que otros dicen de nosotros va dejando marcas invisibles: “sos fuerte”, “sos igual a tu padre”, “no sos valioso”, “que inteligente”, “si fueras como tu hermano”. Te invito querido lector a que pienses qué has dicho en el día de ayer, hoy, o qué dirás mañana. Si sos padre, en los llamados de atención a tu hijo o en las palabras de cariño que aún faltan por decir.

El lenguaje se vuelve automático, no sólo el lenguaje oral sino el corporal. ¿Cuántas demostraciones de cariño has dado en la semana? Un beso, una palabra amable, una sonrisa consciente, un cómo estás sentido y real.

Los límites de las palabras: los límites del mundo

Cambiar el lenguaje es cambiar la mirada. Por eso los debates sobre cómo hablar de salud mental no son meramente gramaticales, son éticos.
Wittgenstein lo dijo con precisión: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Si no tenemos palabras para describir un mundo emocional particular, ese mundo nos domina, reaccionamos.
En consulta, cuando una persona logra decir “me siento frustrado” en lugar de decir “estoy mal” va ampliando poco a poco su mundo interno. Lo que antes podría ser un nudo en la garganta se vuelve pensamiento, siendo el primer paso hacia la transformación.

Hacia un lenguaje más consciente

Desde que comenzó tu día, ¿cómo te has hablado hoy? ¿Cómo has pedido algo, cómo has respondido a una llamada o mensaje?
El modo en que nos hablamos a nosotros mismos define parte de nuestro bienestar psicológico. Cuando nos repetimos “no sirvo para nada” o “todo me sale mal” el cerebro responde con química: más cortisol. Sin embargo, palabras más amables como “esto me cuesta pero puedo aprenderlo”, “no salió como quería pero seguiré intentando” genera nuevas respuestas a nivel corporal y psicológico.

Cada palabra es una semilla que puede germinar en empatía o resentimiento, en comprensión o en violencia. Elegir cómo hablamos –a los otros y a nosotros mismos a partir de ahora– es una forma de decidir qué mundo interno y externo queremos habitar y quiénes queremos llegar a ser. ( 097352937).