La concentración de riqueza entre los estadounidenses más ricos ha alcanzado niveles inimaginables. Pero también la influencia de los multimillonarios en la política. El presidente Joe Biden señaló que existe una concentración peligrosa de poder entre unos pocos ultrarricos, los “del complejo industrial tecnológico”, generando un riesgo para la democracia. Nos toca vivir la era de la exacerbación de los ricos por el poder.
En ocasión de su último discurso desde el Salón Oval, Biden con el tono calmo pero el ceño fruncido, advertía que se estaba formando nueva oligarquía estadounidense, de unos pocos multimillonarios tecnológicos que han logrado una “peligrosa concentración de poder”.
Las palabras de Biden recordaron al presidente Dwight D. Eisenhower que en su discurso de despedida del 17 de enero de 1961 tras ocho años en el gobierno, dio su alerta a sus compatriotas acerca del “complejo militar-industrial”, que jaqueaba el futuro del país. Hablaban del mismo riesgo democrático, seis décadas después, con “seis décadas” de agravamiento.
El hombre al que habían hecho renunciar a intentar un segundo mandato, afirmaba que “se está formando una oligarquía en Estados Unidos de extrema riqueza, poder e influencia que realmente amenaza toda nuestra democracia, nuestros derechos y libertad básicos, y una oportunidad justa para que todos avancen”. Fue la última ocasión en la que Biden habló a sus compatriotas desde el Despacho Oval. Habló en términos conceptuales, para la historia.
“Los estadounidenses están siendo sepultados bajo una avalancha de desinformación, lo que permite el abuso de poder… (y) la prensa libre se está desmoronando. Los pilares están desapareciendo. Las redes sociales están renunciando a la verificación de hechos”.
La advertencia de Biden incluía el peligro de la inteligencia artificial y abogó por garantizar controles sobre lo que llamó “la tecnología más importante de nuestro tiempo… debemos asegurarnos de que la IA sea segura, confiable y buena para toda la humanidad. En la era de la IA, es más importante que nunca que el pueblo gobierne y, como tierra de la libertad, América, y no China, debe liderar el mundo en el desarrollo de la IA”.
Por aquellos días, la decisión unilateral de Facebook de eliminar su programa de verificación de hechos y la reducción de restricciones a los debates sobre temas polémicos como la inmigración y la identidad de género, otorgándole a las legiones de conservadores una victoria contundente y fácil.
Dos características…
Profundidad y amplitud: pensar con profundidad es pasar de la apariencia a la esencia, es captar lo esencial, lo que explica un fenómeno desde dentro. Profundidad refiere a identificar las contradicciones que lo mueven, a comprender su dinámica histórica y su proceso de transformación. Y pensar con amplitud es poner el fenómeno en relación con otros, evitar el análisis fragmentado y comprender el objeto como parte de un sistema más amplio.
La dialéctica exige siempre ambas. En síntesis, profundizar es captar la esencia y las contradicciones internas. Y amplitud, es captar el conjunto de relaciones y mediaciones que forman el todo. De lo que se trata, entonces, es de combinar profundidad, es decir esencia, con totalidad, o sea, amplitud.
El condicionamiento económico
Nos ha tocado un tiempo signado por profundas divisiones asociadas a una concentración de riqueza y poder. Según el Washington Post, el involucramiento directo de los ultrarricos en cuestiones partidarias ha sido incremental. Entre los años 2000 y el 2024, los aportes de los 100 estadounidenses más ricos en elecciones federales se han multiplicado casi por 140, mucho más de lo que crecieron los costos de las propias campañas.
Desde otra perspectiva: esos aportes del año 2000 representaban casi una cuarta parte del 1 por ciento del costo total de las elecciones federales. En el 2024, significaron el 7,5 por ciento, aun considerando que el costo total de esas elecciones se disparó. Un total cercano a los mil millones de dólares.
Concentración acelerada
En la medida que el proceso de concentración de la riqueza fue avanzando, concomitantemente se consolidaban cambios políticos, legales y económicos que reflejaron los cambios en la relación entre la riqueza y el poder político en Estados Unidos. Las revoluciones tecnológicas y de mercado de las últimas décadas han creado riquezas a una velocidad y escala sin precedentes. Esa relación intensa y algo promiscua introdujo cambios como la extinción de las restricciones a la financiación de campañas tras el Watergate, despejando el camino para que los donantes contribuyeran con dinero ilimitado a las elecciones. En consecuencia, las estructuras partidarias, y en particular, la respuesta de los ultrarricos, se retroalimentaron. Los organismos reguladores de financiación de campañas insisten en que el gran dinero está aumentando los costos de campaña y al mismo tiempo devaluando la confianza pública en la democracia.
Otros ricos
¿Cambió mucho la economía de EE.UU. entre 2000 y 2024? Si, y las empresas más valorizadas son otras, y sus búsquedas también. La economía estadounidense pasó de estar dominada por colosos industriales, energéticos y de telecomunicaciones (GE, Exxon, Lucent) a ser controlada por gigantes tecnológicos y algorítmicos (Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet). Una economía que saltó del acero y la turbina al chip y al algoritmo.
En 2024, Meta gastó, según Axios, U$S 24,2 millones reflejo de su preocupación en la regulación de IA, redes sociales, privacidad, moderación de contenido. Amazon, según la misma fuente, contabilizó U$S 4,5 millones, vigilantes de las normas de comercio, impuestos, regulación digital, logística y trabajo.
La democracia del siglo XX fue una democracia de partidos; es decir, de asociaciones voluntarias que canalizan las inquietudes sociales, elaboran programas, definen aspiraciones e incluso utopías, y articulan la representación. El votante elegía liderazgos validados en internas.
Esa democracia que ha funcionado a través de partidos, imperfecta y reflejo de las contradicciones de la propia sociedad así como del juego de intereses, expresaba la voluntad popular a través de elecciones con garantías. En su versión saludable, la democracia de partidos proporciona previsibilidad institucional, claridad programática y continuidad en la formulación de políticas públicas.
Pero Estados Unidos y también otros países centrales abandonaron ese modelo. Lo que hoy tienen es una suerte de “autoritarismo electivo de élite” o “hiperpresidencialismo oligárquico” como se ha comenzado a llamar al fenómeno Trump. Un proyecto basado en la expansión del poder presidencial en todos los ámbitos desconociendo la independencia de los poderes del estado, un apoyo financiero concentrado hasta niveles sin precedentes, y partidos como cascarones. Un sistema basado en la concentración de la riqueza y el poder, ya sin garantías constitucionales ni equilibrios de poderes.
Pero sustentado en la inestabilidad y la imprevisión de un presidente envejecido e impaciente. Así es el hiperpresidencialismo oligárquico de Trump.

