Ciudad universitaria

Durante mucho tiempo el desarrollo y el “pulso” de Paysandú se midió por su rol como anclaje industrial del litoral, la productividad de sus fábricas y el empleo que generaban. Sin embargo, en las últimas décadas ese ADN sufrió un cambio fundamental y el progreso ya no se relaciona con sirenas de las fábricas. Hoy hablamos de Paysandú como una ciudad universitaria.

En un lapso de 20 años Paysandú pasó de tener un par de carreras a consolidarse como importante sede del Centro Universitario Litoral Norte (Cenur) de la Universidad de la República que hoy cuenta con más de 8.000 estudiantes de la Sede Paysandú. Además, se consolidó también una importante sede de la UTEC. Esto no solo le otorga una nueva impronta a la ciudad sino que plantea nuevos desafíos, no ya de crecimiento sino de sostenibilidad. Es decir, ya vamos saliendo del eslogan de querer ser una ciudad universitaria para convertirnos en una verdadera ciudad universitaria, pero para eso se necesitan tanto infraestructuras como procesos humanos.

Un rápido repaso muestra que desde mediados del siglo XX Paysandú viene bregando y compitiendo con Salto por una sede potente de la Universidad de la República, pero hasta hace dos décadas apenas era un brazo lejano de las facultades capitalinas. La norma eran los profesores viajeros que llegaban, daban la clase y volvían a la capital del país.

El gran cambio se produjo entre 2013 y 2014 con la creación del Cenur Litoral Norte durante el rectorado de Rodrigo Arocena, cuando se impulsó fuertemente el desarrollo de la universidad en el interior del país, radicándose no solo carreras sino también científicos de primer nivel que dieron vida a los Polos de Desarrollo Universitario (PDU), que comenzaron a realizar investigación en el territorio generando conocimiento en áreas como la medicina, virología o ingeniería biológica.

El pasaje de ser emisores de títulos a generadores de conocimiento no es algo menor, como tampoco la posibilidad de un cogobierno con impronta local capaz de tomar decisiones situadas, tales como qué carreras abrir y cómo gestionar el presupuesto. La evolución de la infraestructura universitaria no ha parado de crecer, desde las antiguas aulas del viejo Ateneo donde funcionó otrora la Casa de la Universidad, al edificio de Montevideo y Florida, luego aulas en la antigua Terminal en conjunto con UTU, el Hospital Escuela y ahora, la proyección del nuevo campus en el predio del antiguo Corralón Municipal.
Si hace 20 años nuestras páginas informaban de gestiones para traer cursos, hoy dan cuenta de investigaciones universitarias sanduceras premiadas internacionalmente o de los problemas de vivienda y alquileres por la gran cantidad de estudiantes.

Celebramos que la Universidad de la República haya logrado lo que parecía imposible a principios de los 2000: romper el centralismo montevideano. Sin embargo, el crecimiento masivo ha generado nuevos “dolores de crecimiento”. Hoy el desafío no es atraer estudiantes, sino sostener la calidad fuera y dentro de aulas de una ciudad que aún está procesando su nueva identidad.

Hay problemas que son de la esfera universitaria, como el presupuestal. El crecimiento de la matrícula de la UdelaR en el interior del país no ha sido acompañado por un aumento proporcional de los recursos y el aparato universitario se debe enfocar periódicamente en una lucha presupuestal con el gobierno nacional. La escasez de presupuesto implica sobrecarga docente, la existencia de grupos masivos en varias carreras y nuevos desafíos asociados al crecimiento. La construcción del nuevo campus es solo la mitad del camino, luego habrá que mantener laboratorios de alta tecnología y evitar la saturación del crecimiento de la matrícula atendiendo problemas específicos como los espacios de práctica de medicinas o tecnologías médicas sin afectar la atención del paciente, asegurando además la formación de calidad.

A nivel académico sería interesante –y seguramente provechosa– una articulación entre la UdelaR y la UTEC dado que Paysandú alberga dos sedes potentes de ambas universidades, constituyendo un desafío lógico evitar la duplicación de esfuerzos y facilitar el tránsito entre ambas sin que la burocracia sea una barrera. Dado que la financiación de ambas instituciones provienen de fondos estatales, ¿acaso no sería interesante contar con algo así como un distrito universitario donde laboratorios o bibliotecas puedan compartirse optimizando así cada peso invertido por los contribuyentes?

Por otra parte, la conexión de las universidades presentes en Paysandú, UdelaR y UTEC, debe dialogar mejor con el medio de forma que el científico aquí radicado no mire solo a las revistas internacionales sino también al sector productivo e industrial local que aún resiste. Ese es el camino para que el conocimiento contribuya al empleo local y para que los jóvenes que se forman como profesionales en Paysandú queden aquí en lugar de migrar talento hacia Montevideo o el exterior. Más allá de estos desafíos que plantea el futuro, lo cierto es que el “Paysandú universitario” es una realidad palpable. No se puede negar que el crecimiento del Cenur Litoral Norte y la consolidación de la UTEC han inyectado un vigor inédito a la economía local en distintos rubros de actividad.

En cambio, en otros –como el sector inmobiliario– se empieza a ver cierto desajuste. Los estudiantes que llegan desde otros departamentos en forma masiva –muchas veces sostenidos por el esfuerzo titánico de sus familias o becas– enfrentan un mercado inmobiliario voraz ya que se han disparado los precios de los alquileres en el centro, generando una “gentrificación a la sanducera”, que desplaza al trabajador local que enfrenta también mayores dificultades para alquilar una casa en su propia ciudad.

Por otra parte, podríamos pensar que ser una ciudad universitaria es bastante más que la existencia de carreras de distintas facultades, aulas, comedor y residencia universitaria. Es también ofrecer una red de contención que tenga en cuenta que la vida del joven no se apaga cuando cae el sol, que se necesita mejor conectividad y frecuencias de ómnibus urbanos y una oferta cultural que adapte servicios a un motor más vigoroso.

Las universidades “sanduceras” tienen la responsabilidad de pensar el futuro de su propio proceso pero la administración departamental tiene la responsabilidad histórica de planificar la transición identitaria de la ciudad más allá del apoyo a la construcción de algunas infraestructuras, con una visión de largo plazo. Paysandú está en la etapa de formación de capital humano más valiosa de su historia reciente y ahora es tiempo de cimentar raíces para que la Universidad contribuya a la resolución de nuestros problemas e impulse el desarrollo local.