La novia vestía de negro, en Amazon Prime

Siempre es curioso el tema de la fama. Llega un momento en que se vuelve tan sólida que, aunque no tenga mucho que ver con la realidad, es lo que termina definiendo a una obra y a su autor.
El cine del director francés François Truffaut es un ejemplo clave de que la fama, como siempre se dijo, es puro cuento. Porque a prácticamente cualquier espectador que recuerde haber visto sus películas, se le vendrán primero a la mente sus filmes románticos, sus climas dramáticos, el realismo con que siempre trató sus temas y cierto sentimentalismo que rodeó gran parte de su obra, aunque de eso tuviera poco y nada.

Pero a casi nadie se le ocurriría decir que era un director de películas de suspenso, o policiales. Y sin embargo, dedicó gran parte de su tiempo a tal género. Admirados confeso de Hitchcock, siguió los pasos de ese maestro en más de una oportunidad.

Y quizás la mejor de ese grupo de películas sea La novia vestía de negro. En ella una, como siempre atractiva y misteriosa, Jeanne Moreau está empeñada a seguir a un grupo de hombres y eliminarlos uno a uno. Para hacerlo no se anda con chiquitas y lo mismo engaña, estafa, roba o hasta enamora a uno de ellos.

¿Por qué quiere matarlos? Bueno, si la película fuese hecha ahora cualquier director podría filmar otra película más de asesinatos en serie y basta. Es decir, el personaje principal los mata porque quiere nomás. Además, siendo una mujer, podrían colocarse subtramas en que esos hombres son una basura y ella los liquida por una venganza en clave feminista.

Pero no es eso lo que ocurre en La novia vestía de negro. Es una película de 1968, cuando la llegada de la “nueva ola” francesa en el cine ya había revolucionado todo y gente como Godard, Chabrol y el propio Truffaut eran los “niños terribles”, que habían tomado al cine por asalto y hacían de las suyas destruyendo lo que el cine había sido hasta ese momento y creando uno nuevo.

Ojo, despacito por las piedras. Porque si bien eso puede decirse de algunos directores, lo de Truffaut es diferente. Al igual que sus colegas de generación, sabía mucho de cine, es más, era un cinéfilo empedernido (no todos los directores lo son ni necesitan serlo), fanático de mucho cine clásico al que tenía como si fuera su biblia personal. Hay que aclarar eso porque pensar en esos directores como jóvenes revolucionarios es olvidarse que, si bien había mucho cine del pasado que no les gustaba, también había mucho del que eran sumamente devotos.

El policial de serie negra y el suspenso de Hitchcock siempre tuvieron en Truffaut un fanático a toda prueba y eso se nota muy bien en La novia vestía de negro, que si bien se puede ver como un filme representativo de la década de los sesenta, también es un homenaje al pasado.

Así que ahí, con un pie en un presente convulsionado como el del ‘68 y otro en el cine clásico hollywoodense, Truffaut construye un relato tenso y fascinante. Lo que tiene del pasado es la solidez de su relato. Cada personaje tiene su función, cada acción su trasfondo, cada vuelta de tuerca su motivo.
De aquél ahora pasado presente, o sea del mismo Truffaut, tiene algo que quizás ni las películas de Hitchcock tuvieron; naturalidad. Los personajes están vivos (hasta que no) como cualquier hijo de vecino. Moreau es una asesina muy creíble.

Los escenarios naturales remarcan ese realismo que termina por transmitir una cotidianeidad que hizo de todo el cine de Truffaut lo que fue, probablemente el mejor que haya salido de la historia fílmica de Francia. Que, demás está decirlo, no es poco decir.
Fabio Penas Díaz