Vivir bien es producto de un trabajo diario, de buscar un rumbo cierto, de preparar los cimientos sobre los cuales edificar nuestro bienestar e identificar lo verdaderamente importante, lograr el equilibrio emocional.
Características esenciales para una vida con sentido: encontrar nuestros fundamentos, diseñar un propósito, decidir con libertad interior y alimentar el alma.
La apertura a lo trascendente es un recurso de personalidad riquísimo; ayuda a darle sentido a la vida, a la adversidad y al dolor y es fuente de sostén y refugio en las situaciones más límites.
Conocernos a nosotros mismos, definir nuestro propio camino, es ser libre y dueño de sí mismo.
La felicidad no está en el tener, sino en el ser: tener una dirección, un objetivo, una coherencia interior (autenticidad), pero evitando las utopías, siendo realista, aceptando hechos y circunstancias de distintos signos y matices.
No hay felicidad sin amor; siempre es expectativa de lo bueno, de aquello que está por llegar.
La felicidad está poco en el pasado, bastante en el presente y mucho en el futuro.
Cerrar las heridas del pasado, aprender a tener una visión positiva de la vida (ilusión), tener una voluntad firme (a veces contracorriente, claro indicador de una personalidad madura) y tener buen equilibrio entre corazón y cabeza, son algunas pautas.
Tener un proyecto de vida coherente y realista donde estén presentes el amor, el trabajo, la cultura y la amistad, poner los medios para hacer felices a otros, capacidad para apreciar las pequeñas alegrías y placeres de la vida diaria, valorar lo que uno tiene y ha conseguido, saber dar a las cosas que nos pasan su importancia real y no “pedirle peras al olmo” son algunas claves a seguir.
Ing. Agr. José Francisco Ramos Peralta

