El fallecimiento del dirigente del Partido Colorado e integrante de la Junta Departamental Daniel Buzzo ha conmovido no solo a esa colectividad política o al mencionado cuerpo legislativo departamental, sino también a personas ajenas a esos ámbitos que lo conocieron y trataron.
El también edil Marcelo Tortorella, perteneciente al Partido Nacional, manifestó lo siguiente en su página de Facebook: “Para muchos, un militante apasionado; para mí, un compañero de vida desde la adolescencia, allá por 1984. Nos conocimos en la efervescencia de la juventud política del regreso a la democracia. Él defendiendo con orgullo su bandera del Partido Colorado y yo la mía del Partido Nacional. Estábamos en veredas opuestas, pero compartíamos el mismo suelo, la pasión por Estudiantil, los mismos sueños de libertad y un respeto mutuo que jamás se rompió. Esas largas charlas y debates de jóvenes terminaron construyendo una amistad inquebrantable. Daniel me enseñó que la política separa ideas, pero une a las buenas personas. Te vamos a extrañar. Gracias por la calidez, por la militancia noble y por los recuerdos compartidos. Un abrazo apretado a su familia en este momento tan triste. Que descanses en paz, querido amigo”.
Por su parte, Mabel de Agostini, edila del Frente Amplio y referente educativo y cultural de nuestro departamento, resumía en esa misma red social, con estas palabras, su mensaje de despedida al edil colorado: “Así elijo recordarte, estimado edil del PC, Daniel Buzzo. Con la alegría de aquel día que, en la Junta Departamental de Paysandú, ibas a alzar tu voz. En la Comisión de DDHH faltará tu impronta de hombre de respeto y de apertura. Extrañaremos esa linda costumbre tuya de fotografiar cada reunión. Hasta siempre: ¡diste todo por vivir!”
De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, se entiende por tolerancia “el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. En el mismo sentido, la Declaración de Principios sobre la Tolerancia adoptada por los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) el 16 de noviembre de 1995 afirma que “la tolerancia no es indulgencia ni indiferencia. Es respeto y aprecio por la gran variedad de culturas de nuestro mundo, nuestras formas de expresión y maneras de ser humanos. La tolerancia reconoce los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. Las personas son diversas por naturaleza; solo la tolerancia puede garantizar la supervivencia de comunidades mixtas en todas las regiones del planeta”.
Para ese organismo internacional, la tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No solo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz. (…) Tolerancia no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia. Ante todo, la tolerancia es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales. La tolerancia han de practicarla los individuos, los grupos y los Estados.
En un mundo en el cual las redes sociales —¿o debemos decir “morales”?— se han transformado en refugios y escuelas de intolerancia y odio en diversos sentidos, la tolerancia se hace cada vez más necesaria y, por ello mismo, el ejemplo de un vecino sanducero como lo fue Daniel Buzzo adquiere especial importancia y vigencia. La tolerancia es, y siempre ha sido, el fundamento primigenio de todos los derechos humanos sin excepción y su más efectivo garante. No hay lucha por los derechos humanos que desconozca la tolerancia. Sin ella, ninguno de los derechos inherentes a la personalidad humana es viable y realizable en un plano real. Existen muchos tratados y organizaciones internacionales que se refieren a la importancia de los derechos humanos, pero, como suele suceder en muchos ámbitos, lo que realmente importa son las acciones concretas, los hechos, la conducta y los procederes. Ahí es donde el ejemplo de Daniel Buzzo adquiere especial trascendencia, tal como fuera destacado por muchas personas, más allá de sus filiaciones político-partidarias.
Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU): “El discurso de odio promueve la violencia y la intolerancia. El efecto devastador del odio, por desgracia, no es nada nuevo. Sin embargo, su escala e impacto se ven ahora aumentados por las nuevas tecnologías de la comunicación. El discurso de odio —también en internet— se ha convertido en una de las formas más habituales de extender una retórica divisoria a escala mundial, poniendo en peligro la paz en todo el mundo. El actual secretario general de la ONU, António Guterres, lo ha dicho claramente: ‘el discurso de odio antecede y promueve la violencia’”. Así pues, la tolerancia es la mayor forma de prevenir el discurso de odio y con ello la violencia. No existe mejor forma de respetar y defender los derechos humanos.
Más allá de otras condiciones personales de Daniel Buzzo, que han sido destacadas en las redes y entre los vecinos de nuestro departamento, su condición de ciudadano que practicaba la tolerancia destaca con más vehemencia y actualidad, porque a partir de ella es posible construir, con bases firmes, ese delicado edificio que es la democracia como sistema político, así como la convivencia democrática, un valor indisolublemente ligado a la misma. Todo ello en un ámbito como la Junta Departamental que, como cuerpo legislativo, existe por y para la discusión, porque ese es el juego de mayorías y minorías de las democracias, aun en momentos acalorados de discursos apasionados y reivindicaciones tajantes. Daniel Buzzo fue siempre fiel a su conducta: respetando a quienes no pensaban como él, pero también tendiendo puentes y buscando soluciones. Nunca fue un tolerante cómodo ni perezoso; muy por el contrario, fue un tolerante militante, buscador del diálogo desde el respeto al otro, y por ello fue querido, admirado y respetado.
La política uruguaya en general y la sanducera en particular necesita más personas de bien como Daniel Buzzo, que hagan de la tolerancia una forma de vida y de actuación pública, porque la tolerancia no es ni debe ser confundida con la debilidad. Muy por el contrario: hay que ser muy seguro, fuerte y convencido para ser tolerante. La vida política de nuestro departamento no puede ni debe ser un escenario de discursos de odio que poco importan a los respectivos votantes, quienes quieren lo mismo sin importar lo que voten: la paz, el trabajo y el progreso que nos promete desde hace tanto tiempo nuestro escudo departamental, pero que tanto escasea en el Paysandú de hoy.

Sé el primero en comentar