Inseguridad y falta de acción, un debate abierto

No es tiempo de campañas electorales, pero los partidos políticos ya comenzaron a sondear los ánimos en el territorio. “El Frente Amplio te escucha” salió a recorrer el interior del país y las reacciones encendieron una voz de alerta. Eso, sumado a las últimas encuestas, conforma un combo de insatisfacción que no es patrimonio exclusivo de la izquierda.
Le ocurrió al Partido Nacional en plena campaña electoral, cuando dirigentes nacionalistas y colorados anunciaban su voto a Yamandú Orsi en distintos departamentos del país. También sucedió con el descontento que enfrentó el expresidente Luis Lacalle Pou, mientras se descabezaban ministerios completos durante el período anterior.

Nunca puede saberse con certeza si una persona está preparada o no para ejercer la presidencia del país, porque no es fácil medirlo. Por ahora, no gana un candidato por sí mismo, sino aquel que logra capitalizar mejor la insatisfacción o el descontento con el gobierno al momento de las elecciones. Pero, cuando asuma, deberá recordarlo.
En Rivera, una edila frenteamplista alzó la voz e interpeló a la dirección de la fuerza política que se encuentra de gira. Desde “demoras y carencias” hasta “desilusión” por el “trabajo horrible”, fueron algunas de las expresiones utilizadas por la dirigente, que cuestionó con dureza la gestión del Ministerio de Desarrollo Social y del hospital riverense.
El reclamo que expuso durante la instancia de diálogo no es aislado. La militante demandó una mayor presencia en los barrios, menos dirigentes detrás de los escritorios y más responsabilidad al momento de asumir cargos.
Ese cara a cara también se refleja en la última encuesta de Equipos Consultores, según la cual el 27% de los encuestados aprueba la gestión de Orsi, un 48% la desaprueba y un 23% ni la aprueba ni la desaprueba.
Este panorama fue interpretado por referentes del gobierno. Según la vicepresidenta Carolina Cosse, no se logró transmitir adecuadamente la situación internacional vinculada al estrecho de Ormuz ni las consecuencias del enfriamiento de la economía. Más allá de eso, aseguró no compartir los diagnósticos, aunque reconoció la seriedad de los datos.

Por su parte, el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez, sostuvo que las expectativas de la población son superiores a la capacidad de respuesta del gobierno.
Durante las campañas presidenciales, el electorado manifiesta su descontento, sus expectativas y, finalmente, las demandas que quedan asentadas en las distintas recorridas.
Porque las expectativas del electorado son proporcionales a los discursos de campaña, que prometen y se sostienen, principalmente, en la confianza mutua. El problema de fondo es el “análisis” que realiza la fuerza política en el gobierno.
Hace unos días, en una entrevista, el mandatario aseguró que la derecha “monopolizó” las inquietudes sobre la seguridad ciudadana, al tiempo que manifestó su sorpresa porque el 50% de los votantes frenteamplistas apoya a Nayib Bukele.

En cualquier caso, cada gobierno exhibe sus estadísticas y desarrolla un discurso acorde a las circunstancias. Mientras durante mucho tiempo ocuparon titulares las explicaciones de las conductas delictivas basadas en la exclusión social, también se presentaban ideas orientadas a reducir penas y descomprimir cárceles. Paralelamente, se naturalizaron los problemas barriales ante la aparición de nuevos delitos.
Y, desde ese punto de vista, no se trató de una llegada tardía, sino del tiempo perdido en explicaciones. Una fuerza política no llega tarde a una discusión, sino a la implementación de medidas que brinden tranquilidad en el territorio.
Los temas no son patrimonio de la izquierda ni de la derecha, sino de una población que no percibe como reales las estadísticas presentadas bajo un concepto técnico o científico. Cuando el hecho delictivo ocurrió en su barrio o dentro de su entorno familiar, las percepciones pasan a ser profundamente subjetivas.
La convivencia ciudadana, por sí sola, no logra disminuir el delito, porque el narcotráfico extendió sus tentáculos en los barrios. La seguridad se ve afectada cuando un vecino siente que es imposible permanecer tranquilo en un espacio público o cuando el delito altera la dinámica familiar.

Y todo eso lo provoca el miedo. Es mucho más simple que pensar en la apropiación de discursos. En ese sentido, la afirmación de Orsi sobre la existencia de polarización política —realizada en una entrevista— también resulta visible dentro de la propia interna de su fuerza política. Algo que tampoco es novedoso, considerando el crisol de ideas y partidos que el Frente Amplio amalgamó desde su fundación.
El narcotráfico fue —y sigue siendo— explicado de múltiples maneras, hasta que tomó protagonismo a partir del incremento de ejecuciones y balaceras en zonas históricamente excluidas. Hoy, el delito tiene capacidad de penetrar instituciones, ejercer violencia e imponer sometimiento.
Incluso, el narcotráfico utiliza a niños y adolescentes en actividades delictivas que podrían profundizarse con el paso de las generaciones si las respuestas continúan demorándose.
Se trata de un ejercicio permanente de poder y de pulseada con los gobiernos de turno, por encima de las ideologías. Porque la inseguridad que permea en el interior del país llega también a localidades pequeñas y se expone ante las autoridades cuando se vuelve imposible de soportar.

En los últimos días, en Guichón, un grupo de vecinos autoconvocados reclamó acciones rápidas porque la inseguridad transformó sus vidas. Y ese, claramente, no es un caso aislado.
Allí, los vecinos relatan el incremento de la influencia del narcotráfico a partir de una mayor presencia de bocas de venta de droga, el aumento del delito y la ocupación de espacios públicos para el pernocte.
Sin dudas, no es estadística: es percepción. Y eso es lo que mueve la aguja.

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