América Latina y el Caribe han sido las zonas del mundo más afectadas por la pandemia de COVID-19. Sin embargo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) puso sus ojos en esta parte del planeta, a pesar de las desigualdades que coexisten con democracias débiles. Según el organismo internacional de crédito, es una región que puede aportar a la solución de la crisis de desabastecimiento mundial porque es definida como “un mar de cierta paz”. Pero es una paz enfocada en la captación de inversiones ante un mundo vertiginoso y cambiante.
Desde esa mirada global, surge el continente que puede servir al planeta para solucionar los problemas de abastecimiento o transformarse en el salvavidas para reubicar negocios provenientes de otras latitudes. Mientras, Asia reconoce que tiene problemas con las manufacturas. Allá, la segunda economía más grande del mundo, China, tiene escasez de suministro de energía y hay sectores que no han prosperado. Incluso, la crisis energética provoca apagones en los hogares, obliga a las industrias a recortar su producción y amenaza a todo el resto de la cadena global con bajas expectativas de crecimiento.
En forma paralela, los precios de los insumos se disparan y eso indica que las empresas enfrentan un aumento de los costos para producir. Esta potencia no tiene el éxito asegurado, incluso por sus propias transformaciones. Pero el “mientras tanto” es importante y la incertidumbre sobre las perspectivas de Estados Unidos y Europa, están antes que China. Son dos economías que se han vuelto vulnerables en las demandas, si se comparan con el escenario prepandémico, en tanto el gigante asiático fomenta el crecimiento a mediano plazo y le da una mayor relevancia al mercado interno con su creciente clase media.
En realidad, ya comenzaron algunas mudanzas. Grandes marcas de ropa y calzado se trasladan desde Asia a otros países más cercanos a sus casas centrales. Las decisiones se toman en medio de un incremento de costos de envíos y, en algunos casos, América Latina es una opción para mejorar los procesos de producción.
El continente puede resultar un punto de inflexión al momento de solucionar la problemática del abastecimiento de alimentos o energía, agravada por la invasión de Rusia a Ucrania en una zona de alta producción de granos y combustible.
El enorme “pero” a todo este panorama alentador –para nosotros– a mediano plazo, es la falta de infraestructura. Entre las nuevas inversiones y el mantenimiento supone que América Latina y el Caribe deban invertir por encima del 3 por ciento de su Producto Bruto Interno (PBI) hasta el 2030, según el BID.
Incluyen mejoras en el servicio eléctrico, las telecomunciaciones, servicios de agua, saneamiento y tratamiento de aguas residuales, entre otros.
Durante la Cumbre de las Américas –que se desarrolla hasta mañana viernes en Los Angeles–, este planteo adquirió relevancia. Incluso se destacaron las medidas de protección adoptadas por los bancos centrales, ante el aumento sostenido de la inflación a nivel global que permitió amortiguar el crecimiento del riesgo país.
La pandemia no ha sido superada pero los países se enfocan en la recuperación económica, sin marcha atrás. La experiencia adoptada durante la contingencia sanitaria puso de relevancia las fortalezas y debilidades que estaban instaladas en los países con mucha antelación a la crisis de la COVID-19. El mundo entero, pero particularmente América Latina y el Caribe con sus países tomadores de precios, se convence cada día de la imposibilidad de sostener restricciones en las poblaciones. Es con este panorama en el horizonte que el continente sudamericano debe pararse y resolver.
Las cifras ya son conocidas y divulgadas. La contracción económica durante el primer año de la pandemia estuvo cerca del 7 por ciento y los registros de crecimiento –calculados no más allá del 3 por ciento– no son suficientes para alcanzar a los niveles de años anteriores.
Si bien las decisiones de relocalización llevan tiempo, también es relevante el “mientras tanto” con la calificación de los recursos humanos, la innovación y la activa promoción, a fin de lograr empleos de calidad. Porque la digitalización de los procesos llegó antes de lo previsto y encontró a sectores de las pequeñas y medianas empresas con limitaciones para acceder a la era de las nuevas tecnologías. Es que existe multiplicidad de factores, que no pasan solo por aspectos financieros sino culturales y de liderazgo, que conspiran contra su desarrollo. Y no es un dato menor que, en el caso de Uruguay, sostienen a la mayor cantidad de fuentes de empleo del país.
En este ámbito, la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE) es un ejemplo de asistencia –con apoyo del BID– en el acompañamiento para la transformación digital acorde a cada modelo de negocios. El organismo crediticio puso sus ojos en Uruguay, entre otros países, como destino para las empresas que resuelvan su relocalización en América Latina y propone créditos.
Mientras, con el transcurso del tiempo se ha registrado un incremento de los precios de las materias primas que impulsan a un mejor crecimiento de los países latinoamericanos. Sin embargo, no todos aprovechan este contexto, que se observó hace unos años. Algunos dilapidaron recursos y malgastaron en programas populistas que ya no tienen retorno.
Es posible que la crisis sanitaria ayudara a cambiar la mirada sobre el gasto y las inversiones públicas en esta región. Pero no está dicha la última palabra, porque ya comienzan a escucharse los primeros clarines electorales y las promesas de “cambios” en los rumbos políticos.

