Crimen y política

Esta semana sacudió al mundo la noticia del asesinato de Fernando Villavicencio, candidato a la presidencia del Ecuador en las elecciones que se llevarán a cabo el fin de semana próximo. El país se encuentra bajo estado de excepción –en principio por 60 días– dispuesto por el presidente Guillermo Lasso, quien responsabilizó del ataque a miembros del “crimen organizado” y aseguró que “les va a caer todo el peso de la ley”, a la vez que se conoció que agencias del gobierno de Estados Unidos apoyarán la investigación.

Villavicencio era un experiodista de 59 años y se postulaba como candidato de centro por los movimientos Construye y Gente Buena. Su figura se cimentaba en una amplia labor periodística en la que evidenció su compromiso con el combate a la corrupción, lo que le llevó a ocupar una banca en la Asamblea Legislativa desde 2021 hasta su reciente disolución, compromiso que hizo además su bandera de campaña, bajo el lema “Es tiempo de valientes”. El malogrado candidato sostenía que Ecuador se había convertido en un “narcoestado”, proponía restablecer la seguridad con las fuerzas armadas y la policía en las calles, y paralelamente emprender una lucha contra lo que denominaba como “mafia política”. Pero su mensaje no se agotaba en las fronteras de su país. “Ecuador está tomado por Jalisco Nueva Generación, el Cártel de Sinaloa y también la mafia albanesa. Es decir, queda claro para América Latina, lo mismo que en Colombia y en México, que no es posible que el narcotráfico se instale en una sociedad y la someta sin el contubernio y la connivencia del poder político”, afirmó en una entrevista publicada en mayo pasado en CNN en Español. La campaña de Villavicencio venía en ascenso y las encuestas más recientes lo ubicaban segundo entre ocho postulantes en la carrera por la presidencia.

Las características del homicidio dejan claro que se trata además de un magnicidio, de toda una declaración de intenciones desde el crimen organizado. El candidato ya había denunciado la semana anterior una serie de amenazas de muerte contra él y su equipo de campaña y el miércoles a la tarde, a la salida de un acto de campaña en instalaciones de un polideportivo de Quito, cuando se disponía a subir al auto fue alcanzado por tres balazos en la cabeza, tres de una ráfaga de no menos de 40, que alcanzaron también a otras personas que estaban en el lugar. La policía, además, detonó un artefacto explosivo hallado en el sitio del atentado.

El estado de excepción permite el patrullaje de militares en las calles de un país sometido por la violencia vinculada al narcotráfico –la tasa de homicidios en Ecuador casi se duplicó en 2022 a 25 por cada 100.000 habitantes, más del doble que en Uruguay– y busca estabilizar la situación de cara al desarrollo de los comicios. El crimen remite directamente la memoria al asesinato el 18 de agosto de 1989 de Luis Carlos Galán, entonces candidato a la presidencia de Colombia, a manos del narcotráfico organizado –en concreto por el Cártel de Medellín, liderado por Pablo Escobar–, al que Galán se había enfrentado al punto que tenía entre sus primeros postulados de campaña habilitar la medida de extradición que por aquellos años reclamaba la política estadounidense, para someter a juicio a los líderes del narcotráfico en territorio norteamericano.

Sobre ambos crímenes está proyectada la sombra del daño que el crimen organizado está ocasionando en la sociedad toda, pero especialmente en los sistemas democráticos del continente. Hay decenas de informes al respecto, en algunos lugares se ha hecho más evidente que en otros pero en general hay una sensación de sospecha bastante extendida y, por supuesto, nuestro país no escapa, a la vista de casos recientes que todavía están pendientes de dilucidar. Hay muchísimos ejemplos de exposición de esta vinculación. “Sin los vínculos con la política no puede explicarse la perdurabilidad de las organizaciones ni el nivel de expansión e influencia que han alcanzado en algunos casos emblemáticos. El negocio del tráfico de drogas ilícitas es una actividad que requiere algún margen de interacción irregular con la estructura institucional”, dijo Carlos Antonio Flores Pérez, doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), especializado en narcotráfico y crimen organizado, a Infobae, para un artículo publicado en agosto de 2015. Pero es que en la misma Argentina “desde 2010, la Cámara Nacional Electoral, a través de sentencias y acordadas, viene advirtiendo a los poderes públicos nacionales y provinciales sobre la necesidad de llevar el control del financiamiento de la política en todos los niveles de gobierno”, publicó La Nación en un artículo editorial del 1º de abril de este año, en el que además advierte que las mismas precauciones debieran tomarse en los sistemas electorales provinciales, por el momento con niveles de control más bajos.

Para el politólogo argentino Eugenio Burzaco, CEO de Seguridad Integral Templar S.A. y autor junto a Sergio Berensztein de “El poder narco”, lo que buscan estas organizaciones es impunidad. “Necesitan cobertura judicial, política y policial para funcionar. Entonces van corrompiendo de a poco las estructuras estatales para poder manejarse con libertad. Para ello cuentan con una enorme cantidad de recursos, y sobre todo, dinero en efectivo. Con lo cual, la política se presta”, dice también el artículo de Infobae.
No se trata de suponer que a partir de ahora todo el sistema político pase a estar bajo sospecha de estar corrompido por las organizaciones delictivas, pero es claro que esto ocurre y que nadie está libre de ceder a la tentación. Por eso es preciso que no se escatimen esfuerzos para que la financiación de la actividad político partidaria sea lo más transparente posible y no haya dudas de que existe una barrera que la separe de la ilicitud. En buena medida ello está en manos de los mismos políticos, por supuesto. “Solo con los buenos no se ganan elecciones”, dijo alguna vez en un acto un político uruguayo, para justificar algunas presencias no deseables. Para ganarlas con malos así, es mejor que no las gane.