El asesinato del periodista ecuatoriano Fernando Villavicencio, candidato a presidente en las próximas elecciones de Ecuador, ha conmovido a la América del Sur… y es posible que a gente de otras partes del mundo.
Un ataque a la persona y al sistema democrático en general.
Sistema que la víctima quería representar, volviendo de su antigua pertenencia a las ideas de izquierda, de las que abdicó al advertir la reprobable conducta “demagoprogre” del izquierdista expresidente Rafael Correa.
A eso se enfrentó aspirando democráticamente, llegar a ser presidente de Ecuador mediante la consulta electoral, donde las urnas deciden.
Sus asesinos optaron por decidir las elecciones en la urna mortuoria… y lo asesinaron.
Ante la ferocidad que vive la América del Sur, desde la revolución cubana de 1959 en adelante, aumentada por el “protectorado” comunista que la Unión Soviética ejerció sobre la isla y sumada la acción del “Foro de San Pablo”, vale apreciar los sentimientos que tenían nuestros habitantes, apenas salidos de los cruentos enfrentamientos desencadenados por la Revolución de 1904 comandada por el Gral. Aparicio Saravia en busca de libertades cívicas.
Para eso parece muy apropiado reproducir una crónica de esa época, que me llegó de un apreciado compañero del área de la geopolítica y que muestra lo que fue la salida de esa guerra a nivel de personajes comprometidos con la misma una vez finalizada la contienda.
He aquí la anécdota histórica tal como me llegó.
“En el curso de una interpelación realizada en la Cámara de Representantes a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado, el Ministro de Instrucción Pública Justino Zavala Muniz narró la siguiente anécdota:
Recorriendo el mundo, viendo la confusión de los pueblos, viendo sus temores y sus angustias, yo gustaba recordar lo que narré hace poco al volver después de cuarenta años a la escuela primaria en donde aprendí las primeras letras con una maestra admirable que siento la alegría de tener todavía entre nosotros. Por dos puertas entré al conocimiento del Universo: por la ancha puerta de nuestros horizontes campesinos y por la estrecha puerta de la humilde escuela de Melo. Por la primera, una mañana, apenas terminada la guerra de 1904; viajaba entonces en la diligencia mi familia y algunos pasajeros. Se había hecho la paz. ¡Por fin la paz! Pero todavía quedaban por los campos de la República algunas partidas sueltas de una y otra divisa regresando a sus pagos. La ley todavía no ejercía su imperio. Lo tengo en los ojos como una fresca imagen: bordeábamos un sendero entre las altas colinas. De pronto, sobre una cumbre, recortándose en el horizonte, cien lanceros gauchos de divisa blanca o celeste. Alguien pronunció el nombre de quien los comandaba: era Carancho, un comandante blanco.
El pánico se apoderó de la diligencia. Allí veníamos nosotros; la hija de un general enemigo. ¡Tanta sangre derramada entre unos y otros! ¡Tanto odio encendido! El temor hizo bajar las ventanillas de la diligencia. Los jinetes galopaban hacia nosotros para rodearnos. Carancho se adelantó y preguntó: “¿Quién viaja ahí?” Alguien, con miedo, quiso disimular nuestro apellido, fatídico apellido en aquella hora. Pero mi madre, levantando la ventanilla de la diligencia, contestó: “Aquí viaja una hija de Muniz con sus hijos”. Carancho oyó el nombre: echó pie a tierra, se sacó el sombrero y en gesto igual de gallardo sus cien lanceros se quitaron el sombrero. Carancho se adelantó y dijo: ‘Señora: combatimos contra su padre, pero aquí está esta lanza para escoltarla’.
No puedo olvidar esta imagen, ejemplo de un país con una y otra divisa. Así comencé a ver con mis ojos de qué país vengo y en el que vivo. Por la angosta puerta de la escuela entré a aprender como es el mundo. De una y otra enseñanza, pienso para mí que en un país que da estos hombres tan prontos para el heroísmo y para la generosidad en el heroísmo, cuando le demos la cultura, podemos esperar la justicia y estar seguros de nuestra libertad”. (Revista Nacional, número 172, abril de 1953). Así fue el Uruguay hasta que nos llegó la maladada guerrilla revolucionaria inspirada en la revolución cubana, marxista – leninista, de la década de los años ‘60. De ahí en más se sembró la desconfianza y la violencia entre los habitantes y la división de actitudes se hizo irreconciliable. Y eso trajo odios que no se han sabido olvidar. Es bueno recordar estas anécdotas para saber cómo salió airoso el pueblo uruguayo de sangrientas encrucijadas mediante la aceptación de responsabilidades. Vale decir para finalizar que la ciudad de Melo, escenario de vida de los dos generales enfrentados en la guerra, los homenajea en dos avenidas que llevan sus nombres: Aparicio Saravia y Justino Muniz. Ramón Appratto Lorenzo

