Trece años rescatando animales

Nuestro departamento no tiene refugios de animales porque varias organizaciones y activistas, consideran que sería peor el remedio que la enfermedad. Con esto se refieren a que habilitar espacios con caniles para perros que no tienen hogar, es un llamador para que se sigan abandonando cada vez más, porque siempre es más fácil llevar el “problema” a otros. Por ello es que organizaciones como Amigos de los Animales, prefieren invertir tiempo, trabajo y dinero, en castraciones que, de ser constantes, derivarán en un notorio descenso de perros que viven en las calles.

A los animalistas no les gusta hablar de “perros callejeros” porque suena a que es responsabilidad de los perros; como si fuera elección de ellos, la de sobrevivir en las calles sin techo, comida ni agua a disposición. Más bien prefieren hablar de “perros abandonados” y hacen todo lo posible para cambiarles la vida y lograr que sean adoptados por humanos responsables.

Sebastián Martínez es uno de ellos. Rescatista y activista por los derechos de los animales. Un “todoterreno” en el mundo animal, porque ha rescatado desde perros y gatos, hasta animales silvestres.

“Hace 13 años comencé a dar una mano en el tema, brindando hogares transitorios a perros y gatos abandonados. Viendo la compleja situación, comencé a realizar traslados, rescates y atención a animales en situaciones extremas de violencia y maltrato. Participé varios años como voluntario de la oenegé Amigos de los Animales”, cuenta Sebastián a EL TELEGRAFO.
Hoy integra la organización Apthéa (Trato Ético Animal) desde donde se difunde educación y concientización, así como también presentan proyectos de ley para profundizar en la temática y que el maltrato animal sea tipificado como delito.

Está rodeado

Sebastián es técnico de mantenimiento y reparación de equipos de aire acondicionado, trabajo que le permite mantener a su familia integrada por cinco perros y 15 gatitos; “todos rescatados de diferentes situaciones complejas”, dice. Pero como todo “bichero” de alma, tiene repartido su corazón y su bolsillo en varios animales más que ve sufriendo por ahí.

Todo bicho que camina…o nada

“He atendido situaciones como la de un caballo que prendieron fuego, un lobo marino que apareció en la playa Municipal; un lagarto overo que apareció en Avenida Salto y Treinta y Tres Orientales que luego liberamos en costas del arroyo San Francisco”, cuenta el activista.
Su camioneta es su herramienta de trabajo, pero también es la herramienta para trasladar a perros accidentados y llevarlos hasta la clínica veterinaria. Gatos, perros, caballos y hasta zorros, han pasado por la caja de su camioneta salvadora.
Cuenta que de las situaciones más difíciles que vivió, fue tratar de sacar dos perros de un barrio muy complicado donde los usaban para peleas. “Los terminé comprando”, confiesa.

Sobre el bienestar animal en nuestro país

El rescatista opina que “la situación sobre el bienestar animal en nuestro país está muy atrasada en comparación con el resto de América. Eso nos da una pauta de la realidad política y social, debido a que la violencia hacia los animales está intrínsecamente relacionada con la violencia intrafamiliar y de género”.
Cuenta que continúa capacitándose en lo que a bienestar animal respecta porque “más allá del rescate, es fundamental la educación y concientización sobre el tema. Los animales son un “alguien”; no son cosas. Sienten, tienen emociones. Y nosotros somos responsables de brindar una vida con emociones positivas hacia ellos”.
Desde su perspectiva y la de quienes han logrado dar un paso más en la empatía y ampliarla hacia todos los seres, opina que “debemos replantearnos cómo relacionarnos con ellos”.

De las historias con finales felices

En la vida de las personas que se involucran para conseguir segundas oportunidades para los animales, las batallas suelen ser muy duras. Estos rescatistas detectan almas no humanas que sufren, inmediatamente y que nadie más ve. O que sí ven, pero prefieren seguir. Seguir para no salir más dolidos, o seguir porque no les importa.
Lo cierto es que en cada par de ojos tristes que divisan personas como el entrevistado, hay un mundo de maltrato, hambre y frío que merece la pena tratar de cambiar. Siempre vale más intentarlo y fracasar, a ni siquiera haberlo intentado.
Pero porque es el Día de los Animales y por suerte somos muchos los que los cuidamos, les regalamos esta historia, cuya protagonista posa felizmente para la foto.

No tiene corona, pero es Reina, “una perrita muy viejita que estaba en estado calamitoso y levanté en la zona del Plan de la Costa. Después de 45 días de tratamiento veterinario, buena alimentación y mucho amor, ha logrado demostrar cariño y se la nota una perrita feliz”.

De las políticas públicas de protección animal

“Lamentablemente las políticas públicas no están dando resultados desde hace varios años por incapacidad de dirigencia en los ámbitos de desarrollo de las mismas. Falta de presupuesto a un tema complejo que es una problemática de salud pública”, opina.
“Espero que más pronto que tarde, se delineen políticas claras y que logren cambiar la realidad de hoy sobre nuestros hermanos de otra especie. Es complejo, tal vez falta madurez y mucho diálogo social para llegar”, dice y agrega que “cada vida es única e irrepetible. Cada ser que perdemos por la circunstancia que sea, no volverá. Ahí es donde se verá qué tan pensantes somos”.

Un año más de concientización, de mirar un poco más allá y de pedir que los gobiernos acompañen para un mundo animal más compasivo y de derechos que tanto se han relegado. Que individualmente despertemos y notemos que en este lugar donde los enemigos abundan, donde la vida es una rueda que gira tan rápido que no deja huellas y nos aferramos a cosas sin valor, seguirán detrás nuestro caminando, las patitas cansadas de los hocicos fríos; con la fidelidad a flor de piel, como siempre y cueste lo que les cueste.