“Los padres terribles”: una familia de peligrosas relaciones

LOS PADRES TERRIBLES, de Jean Cocteau. La Tarasca, Maldonado. Dirección: Sebastián Barrios. Vestuario y escenografía: Lujan Regueiro. Maquillaje, Luces y Sonido: Ingrid Nieto. Entrenamiento Corporal: Vilma García. Acompañamiento musical: Mariana Mastrángelo. Con: María Bataille, Pilar Dorta, Eva Gutiérrez, Laura De León, Carolina Morales. XIX Bienal de Teatros del Interior. Teatro Florencio Sánchez. Viernes 13 de octubre.
Una adaptación en un acto del original en tres de la clásica obra de Cocteau, que en su estreno en Uruguay por El Galpón (hace 14 años) ganó varios premios, entre ellos el Florencio. En Argentina también la versión de Daniel Veronese se alzó con varios galardones, incluyendo los ACE. En 1948 el propio Cocteau hizo una versión cinematográfica con Jean Marais.
“Los padres Terribles” fue escrita en 1938, cuando la guerra asomaba de nuevo y el arte no parecía algo esencial. Entre convenciones y clichés del vaudeville –adulterio, confusión de identidades– lo que se logra es una farsa feroz y muy divertida. Aunque a veces se ríe por no llorar.
En una familia adinerada ocurre la acción, lejos del amor, abrazada al desamor. Una de esas familias que nada tienen del núcleo de la sociedad. Una madre sobreprotege a su hijo, un padre que no quiere envejecer, un hijo que aunque adulto sigue actuando como niño, una tía soltera que aparenta ser la víctima de todos pero que los controla, y una mujer que busca el amor. Una familia dentro de un sistema brutal, explotador.
La locura en escena se dispara cuando el hijo presenta a su novia, recibiendo la oposición fulminante de sus padres. De su madre porque es su posesión, de su padre porque fue amante de la mujer. Ese es el comienzo de todo que hace develar un montón de secretos, dramas, rencores, vínculos familiares enfermizos. Todo los separa, pero nadie quiere abandonar ese vínculo enfermizo.
Es ciertamente una obra muy rica, muy profunda y –como en otras obras de Cocteau– con diferentes niveles de interpretación, de construcción simbólica. La más obvia, la familiar, la destrucción del grupo familiar y la aparición de la individualidad por encima. También la mirada de la sociedad, que de hecho ha ido variando con el paso de las épocas, desde aquella primigenia de 1938, entre la maldad, el egoísmo y el desprecio que incubaban la Segunda Guerra Mundial. Más contemporáneamente, el carácter siniestro del mundo, no solo por su carácter monstruoso sino también por lo inesperado que resulta, en esa locura de dominación sin límites.
En lo que respecta a la puesta en escena, resulta interesante el planteo dejando de lado el original de dos habitaciones por un practicable central. Los grandes cortinados resultan adecuados, separando el exterior, desde que esa casa no tiene una sala, un espacio con el interactuar con otras personas.
Donde la puesta se torna débil es en el elenco. Ninguno de los actores alcanza incorporarse realmente al personaje –tarea nada sencilla en el absurdo por donde transita la obra–, y no se encuentra tampoco el tempo para desarrollar la acción escénica. Debe reconocerse la decisión de versionar un clásico de un autor tan complejo, pero el resultado no es bueno. El vestuario tampoco se ajusta, fundamentalmente porque la familia no es “la familia” y compartir una vestimenta similar, no aporta al concepto de la puesta en escena.
E.J.S.