El domingo Argentina inició un período de gobierno en el que de entrada el presidente Javier Milei dejó atrás el forzado lenguaje inclusivo que trató de imponer el kirchnerismo y organizaciones satélites, al iniciar así su discurso desde las escalinatas del palacio legislativo: “Argentinos –dijo sin distinción innecesaria de sexos en el concepto, tal como sabemos ya desde la escuela–: hoy comienza una nueva era en la Argentina”.
Esta nueva era, con todo lo que implica al cortar el intento continuista del kirchnerismo, conlleva en el inicio, como es tradicional, una luna de miel con los ciudadanos de la presidencia de Javier Milei, el mandatario que renegó en su discurso proselitista de la “casta” política que efectivamente resultó repudiada por el electorado argentino y recibió una cuota de crédito que significó más un rechazo visceral a seguir sufriendo bajo la gestión y el saqueo de los dirigentes “K”, que una apuesta convencida a la alternativa ofrecida por Milei y sus ideas “libertarias” en economía y gestión.
Pero nos tememos que esta vez será una luna de miel corta, ante una situación que desde hace años se viene agravando en el vecino país, porque resultará difícil obtener respaldo acrítico y pasivo por mucho tiempo, porque los ajustes anunciados por el flamante mandatario, pese a ser sabidos y parte de su plataforma electoral, serán significativamente traumáticos para la gran parte de la población, sean o no votantes del “libertario”. Lo refrendó Milei el domingo en su discurso de asunción, donde a diferencia de lo ocurrido con Mauricio Macri en instancia en que le tocó asumir el gobierno, no escatimó críticas a los gobiernos K y señaló que la fiesta de planes sociales, Plan Platita y la impresión indiscriminada de dinero para otorgar aumentos salariales y de pasividades, traerá aún más inflación, de lo que solo será posible recuperarse al cabo de dos años, período en que las cosas seguirán mal y hasta empeorarán. Casi nada. De estar muy mal a estar peor, con el cambio de un gobierno, suena a una locura.
Pero así lo quiso la gente, que lo sabía, y prefirió el salto al vacío con su voto que seguir con lo espantoso conocido. Algo así como que a esta altura cualquier cosa ya da lo mismo. Pero claro, una cosa es la propuesta electoral para generar adhesión en votos y la posibilidad de efectivamente hacerlo cuando llega la hora de enfrentarse con la cruda realidad de un país fundido, sin reservas, con una deuda enorme, una pobreza que ha superado el 40 por ciento y una inflación de más del 150 por ciento, con un dólar en ascenso y 16 tipos de cambio; una verdadera locura solo posible en una economía delirante como las de los gobiernos de los Kirchner. En su discurso presidencial el día de asunción, Milei delineó las características iniciales de su gestión y reconoció que habrá terapia de shock y más inflación, pero “una luz al final del túnel”.
El presidente argentino reconoció que un ajuste sin gradualismo impactará en la pobreza, pero auguró éxito a largo plazo. “Lamentablemente tengo que decirlo, no hay plata”, se sinceró Milei. Es cierto, nadie esperaba que el flamante mandatario se despachara con un derrame de dulzura ni promesas de paños tibios, porque la Argentina no podrá salir de esa encrucijada en que se encuentra sin un baño de realidad, que será traumático para muchos, porque significa tener que remediarse con lo que se tiene y dejarse de castillos en el aire y promesas imposibles de cumplir.
Era de esperarse que Milei hablara sobre cómo pilotearía una economía en crisis, y que no diera exactamente buenas noticias. En definitiva, esa fue la tónica de una campaña exitosa, pero la diferencia es que ahora es el presidente de la República, y anunció que “la situación empeorará en el corto plazo”, aunque “luego se verán los frutos”. Encima, sostuvo con énfasis que “no hay plata, no hay alternativa al ajuste, no hay alternativa al shock”, precisando por lo tanto que dejará de funcionar la máquina de imprimir billetes, con la que se intentó crear sensación de riqueza y de dinero en las manos, lo que es solo más combustible para la fogata de la inflación. El mandatario le dedicó buena parte de su discurso a la herencia recibida del gobierno de Alberto Fernández y las consecuencias de combatirla. “En estos días, mucho se ha hablado de la herencia que vamos a recibir. Dejen que sea muy claro en esto. Ningún gobierno ha recibido una herencia peor que la que estamos recibiendo nosotros”, lanzó.
Consideró que ya hay una “inflación plantada” que podría llegar al 15.000% anual. Basó sus cálculos en dos crisis del pasado: el Rodrigazo –cuando la inflación alcanzó el 800% anual, en 1976– y la hiperinflación de Raúl Alfonsín, cuando los pasivos remunerados llegaron a representar el 250% de la base monetaria.
Apuntó que “el gobierno saliente nos ha dejado plantada una hiperinflación, y nuestra máxima prioridad es hacer todos los esfuerzos posibles para evitar semejante catástrofe que llevaría a la pobreza por encima del 90% y la indigencia por encima del 50%. En consecuencia, no hay solución alternativa al ajuste”.
Se refirió asimismo a la deuda con importadores, la del Banco Central e YPF y la del Tesoro. “Esto es la bomba en términos de deuda. Asciende a 100.000 millones de dólares que habrá que sumar a los cerca de 420.000 millones de deuda ya existente”, puntualizó.
Aseguró asimismo que el ajuste fiscal no recaerá sobre los privados. “No existe solución donde se evite atacar el déficit fiscal. De los 15 puntos de déficit, 5 corresponden al Tesoro Nacional. La solución implica un ajuste fiscal en el sector público fiscal, que caerá sobre el Estado y no sobre el sector privado”, subrayó, seguido de aplausos. Amplió que “aún cuando hoy dejemos de emitir dinero, seguiremos pagando los costos del desmadre monetario del gobierno saliente. Haber emitido por 20 puntos del PBI como se hizo en el gobierno saliente, no es gratis, lo vamos a pagar en inflación”.
En la misma línea, planteó que “los empresarios no invertirán en Argentina hasta que vean el ajuste fiscal”, explicó que “para hacer gradualismo, es necesario que haya financiamiento”, y remató con que “lamentablemente, tengo que decírselos de nuevo: no hay plata”. También dijo que el ajuste “impactará de modo negativo sobre el nivel de actividad, el empleo, los salarios reales, la cantidad de pobres e indigentes. Habrá estanflación, es cierto, pero no es algo muy distinto a lo que ha pasado en los últimos 12 años”.
Tras reconocer que habrá más pobreza e indigencia, el mandatario dio una señal de que el Estado estaría presente a través del recién creado ministerio de Capital Humano, que absorbe los anteriores ministerios de Educación, Trabajo y Desarrollo Social. Dijo: “A su vez, luego del reacomodamiento macro que vamos a impulsar, el cual será menos doloroso cuanto mayor sea la caída del riesgo país y cuanto mejor sea nuestra contención desde el Ministerio de Capital Humano, la situación comenzará a mejorar. Esto es, habrá luz al final del camino”.
Ojalá tenga razón, aunque la interrogante inevitable es si los argentinos tendrán la paciencia y el convencimiento que se necesita para dar tiempo a que esto resulte en final feliz. Y sobre todo, esperar que la máquina pseudo mafiosa de impedir del kirchnerismo-peronismo- sindical no incendie la pradera antes de que el vecino país se encamine hacia la recuperación tantas veces postergada.

