Las ventajas comparativas para la producción de origen agropecuario han permitido que nuestro país, desde el fondo de la historia, contara con materias primas y producción primaria en condiciones de competir ventajosamente en el ámbito internacional, y durante décadas esta producción ha sido el principal rubro de exportación, de ingresos de divisas para reciclar riqueza dentro de fronteras.
Como contrapartida, esta ventaja igualmente ha sido un factor que ha conspirado históricamente contra el desarrollo de tecnologías e inversiones para la incorporación de mano de obra a los productos primarios, y por ende en gran medida lo que se ha hecho es exportar materia prima para generar valor agregado fuera de fronteras, en desmedro de hacerlo en el país de origen.
Durante mucho tiempo, además, con gobiernos que tuvieron una visión acorde a la época, promovieron que se instalaran industrias para dotar de valor agregado a parte de nuestros productos primarios, como así también a la materia prima exportada, pero al influjo de subsidios y protección arancelaria, incluso con prohibiciones y recargos a los importados similares, como ocurriera con la industria del neumático, por citar un ejemplo concreto.
Ello era posible en un contexto muy distinto al actual, cuando por ejemplo en la posguerra se vendía prácticamente todo lo que se producía a precios muy convenientes, en un mundo desarrollado devastado pero que se estaba recomponiendo. Con el paso del tiempo ya las materias primas no se encontraron con un entorno tan favorable y se dispuso de menos ingresos para subsidiar industrias ineficientes, desactualizadas, por lo que nos quedamos con la producción de artículos de baja calidad y a precios por encima del promedio mundial, en perjuicio de la calidad de vida en general pero con la mirada puesta en la protección de empleos artificiales y solo posibles de sostener mediante subsidios.
Bueno, aquellos polvos trajeron muchos lodos, y más allá de ciclos de precios favorables para nuestros commodities y la necesidad de ir gradualmente desarmando los subsidios, nos encontramos con que seguimos dependiendo de las materias primas pero con altos costos, no solo para su procesamiento primario y la logística sino sobre todo para la dotación de valor agregado, con escasas posibilidades de competir como regla general. No solo para exportar, sino para competir con los productos similares de origen importado.
En un análisis publicado recientemente por Blasina y Asociados, en El Observador diigtal, se hace referencia a este escenario, en manifiesta coincidencia con reflexiones que en más de una oportunidad hemos expuesto en esta página editorial, señalando que “en Uruguay, una de las expresiones más nítidas de los problemas de competitividad del agro a lo largo de distintos períodos en que esas dificultades se han expresado es la ‘primarización’ de las exportaciones. El acceder a colocar fuera de fronteras preferentemente aquellos productos que escapan al sobrecosto dentro de fronteras”.
Destaca que “el encarecimiento de los procesos industriales para agregar valor a materias primas agropecuarias está contribuyendo a generar cambios en la composición de las exportaciones de Uruguay en algunos sectores. Uno de los más evidentes es el arroz, donde la proporción de grano industrializado en las exportaciones se redujo casi a la mitad en los últimos cinco años, desde arriba del 70% a cerca del 40% del total”.
Expone que “en las muy buenas zafras 2022 y 2023, con producciones de 1,5y 1,35 millones de toneladas, las exportaciones de arroz procesado no superaron las 500.000 toneladas. El volumen de arroz cáscara aumentó en la misma proporción: desde un promedio de 30% hasta el año 2019 a cerca de 60% en los últimos 12 meses desde mayo de 2023”, en tanto “la lana es otro sector en el que caen las exportaciones del producto con mayor valor agregado, la lana peinada o tops, al tiempo que se incrementan las ventas de lana sucia y lavada. Hasta mayo de este año cayó 17% el volumen de lana exportada como tops, desde 6,8 a 5,7 millones de kilos. En el mismo período las ventas de lana sucia al exterior aumentaron 97%, y 78% el volumen de lana lavada embarcada”.
Debe tenerse presente que la referencia comprende a producciones primarias, con nulo o muy escaso valor agregado, pero como bien señala Blasina, “si bien hay elementos de la demanda que influyen en los flujos comerciales, la tendencia a la primarización en algunos rubros exportadores tiene un impacto en los márgenes económicos y la actividad de las industrias. En la ganadería esa comoditización se ve reflejada en la exportación de ganado en pie y la diversificación de las categorías embarcadas: ya no son solo terneros, también se van novillos para faena y vaquillonas preñadas de razas definidas”.
Trae a colación en este aspecto que en los primeros cinco meses de 2024 Uruguay exportó 99.129 vacunos en pie –40% más que el año pasado– en tanto la cifra más alta fue en un 2018 excepcional para el rubro, cuando se registraron más de 140.000 vacunos embarcados entre enero y mayo.
Hasta aquí los datos duros, pero la realidad indica respecto a las causas que Uruguay es un país muy caro en dólares, y que estos costos nos dejan fuera de los mercados a la hora de competir, lo que no es de ahora –aunque se ha agravado en los últimos tiempos– sino que ha sido un proceso prácticamente constante, por efecto precisamente de los costos internos.
Al respecto debe mencionarse como factores indiscutibles el atraso del tipo de cambio, el aumento de los costos en pesos con fuerte componente de los salarios, el peso de las tarifas logísticas y las tarifas públicas, que son elementos señalados desde todos estos sectores como influyentes en el desestímulo a los procesos de industrialización.
En el documento “Agenda de prioridades para el desarrollo exportador” que la Unión de Exportadores del Uruguay (UEU) entregó en mayo a todos los partidos políticos se expresa esto claramente, con apuntes como “el alto costo de producir y agregar valor incidió en el recorte de procesos productivos que antes realizaban en Uruguay, condicionó inversiones y contratación de personal y la permanencia en la actividad de algunas empresas. Uruguay acumula varios años de pérdidas de competitividad”.
Entre otros aspectos, la composición de la exportación de arroz ha cambiado. Es menos económico agregar valor por la estructura de costos y a la vez el arroz cáscara se beneficia de ventajas arancelarias, afirmó hace un año el gerente agronómico de Casarone, Daniel Gonnet. Desde entonces la tendencia se ha profundizado, y el presidente de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA), Alfredo Lago, explicó que “el arroz era la excepción a un modelo de otros sectores de actividad primaria, como la soja por ejemplo, que se va de la chacra al puerto”, sin agregado de valor local, “pero vamos camino a él, porque no resisten los números actuales de la competitividad”.
Blasina destaca que la economía uruguaya agrega empleos pero casi exclusivamente en el sector “no transable”, es decir donde no hay que competir para exportar o importar, o en segmentos de lo exportable donde se esquivan lo mejor posible los costos diferenciales locales, es decir donde no se pagan los salarios más elevados en dólares o se emplea menos mano de obra.
Y es precisamente una consecuencia directa de ser caros en dólares tanto en salarios como en insumos, en las cargas impositivas y sociales, lo que es un problema que naturlmente ya no se va a resolver en estos pocos meses antes de las elecciones, sino que será un duro desafío que deberá encarar el gobierno que asuma el 1º de marzo de 2025, cualquiera que sea el partido que resulte elegido para conducir los destinos del país.

