Decisiones estratégicas

Quedan diez años para la fecha en la que el viejo continente tiene previsto prohibir la venta de vehículos con motores de combustión. Sin embargo hay quienes –y no pocos quienes–, quieren reabrir el debate sobre esta fecha. Hubo planteos cruzados respecto a este plazo previo al reciente Diálogo estratégico sobre el futuro de la industria automotriz europea, que celebró el pasado viernes 12 de setiembre, y aunque en lugar de ello los calendarios se mantuvieron firmes, el debate subyace.
La polémica ha surgido entre las empresas fabricantes. Por un lado están aquellas que, habiendo asumido esa fecha límite se concentraron en alcanzar el objetivo trazado e hicieron su apuesta por la electrificación, y aquellas que se lo tomaron de otra forma, siguieron su rumbo, y hoy advierten que es un error la apuesta eléctrica.
En esta pulseada hay de fondo otras discusiones estratégicas que tienen como protagonistas empresas eléctricas, petroleras y nuevos desarrollos como los combustibles sintéticos, que no generan emisiones y pueden emplearse en los mismos motores de toda la vida. Lo que planea fabricar HIF en Paysandú.

Previo al Diálogo estratégico del pasado viernes hubo manifestaciones desde los dos grupos de empresas ya aludidos. Aunque no discuten la meta final, que es alcanzar las cero emisiones en 2050, las grandes marcas automotrices tradicionales pretendían abrir la discusión por objetivos intermedios: en 2030 reducir las emisiones de CO2 un 55%, y en 2035, cuando solo se podrán vender vehículos nuevos sin emisiones.
Los presidentes de los fabricantes europeos de automóviles (ACEA) y proveedores (Clepa), Ola Källenius y Matthias Zink, respectivamente, a finales de agosto remitieron una carta a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la que instaban a “corregir el rumbo” de la transición automotriz y adaptarlo “a las realidades geopolíticas, económicas y del mercado actual”.

No se hizo esperar la respuesta, que se expresó en otra carta abierta, firmada por altos ejecutivos de más de 150 empresas de toda la cadena de valor del vehículo eléctrico en Europa, quienes instaron a Von der Leyen a “mantenerse firme y no retroceder” en los objetivos de cero emisiones para 2035 de la UE para automóviles y furgonetas, e incluso la animaban a lanzar acciones “más audaces” para consolidar el liderazgo europeo en movilidad eléctrica. El pedido incluía impulsar políticas industriales y de demanda más sólidas para garantizar la competitividad de Europa en la carrera global por la movilidad eléctrica y el principal argumento es que ya se lleva hecha una importante inversión que es necesario defender. “Dar marcha atrás ahora erosionaría la confianza de los inversores, frenaría el impulso y daría ventaja a largo plazo a los competidores globales”, expresaban. Claramente alude a China, que ha dado un gran salto en el desarrollo de vehículos eléctricos al punto de posicionarse como la máxima referencia mundial en pocos años.

Entre los argumentos de quienes pedían revisar los plazos hay planteos atendibles, como el que alude a la dependencia “casi total” la cadena de valor de las baterías que está bajo el control asiático, y los mayores precios de la electricidad que se enfrentan en el continente por las mismas políticas ambientales que además de la descarbonización han incluido la desnuclearización, pasando a depender de fuentes alternativas –como el hidrógeno verde, y aquí se abre todo un capítulo relacionado con las inversiones en nuestro país– y de la importación. Para colmo de males, a este escenario se sumaron los aranceles de un socio comercial estratégico como Estados Unidos, que fijó en un 15% la tasa sobre las importaciones de vehículos de la UE.

El escenario actual, a diez años de la fecha límite, es bastante reducido, por lo que es de esperar que haya una revolución de importantes dimensiones en busca de alcanzar el objetivo, así sea que no se alcance, está claro. Hoy, de acuerdo a los datos comerciales, la cuota de mercado de vehículos eléctricos de batería es de alrededor del 15% para autos, aproximadamente el 9% para furgonetas y el 3,5% para camiones. España es quien está al frente del crecimiento de los autos eléctricos en Europa, y así y todo está lejos de cumplir los objetivos climáticos previstos para el 2030, que supondría que uno de cada cinco vehículos que circulen en las carreteras europeas debe ser eléctrico. España alcanzó una reducción de emisiones contaminantes de hasta un 3% en el primer semestre de este año. May López, la directora de desarrollo de la plataforma Empresas por la Movilidad Sostenible, destacó que este primer semestre de 2025 ha sido “espectacular” para la movilidad eléctrica en España, pero advirtió que es importante no “bajar la guardia”, ya que la producción de vehículos tradicionales de combustión sigue en aumento y esto no ayuda a reducir la contaminación. Dentro de ese conteo incluye a los híbridos no enchufables, que aunque se considera un eslabón intermedio entre las dos tecnologías son más contaminantes que los eléctricos y no ayudan a la consecución de los objetivos. Un desafío importante para la expansión de la movilidad eléctrica en España –que, recordemos, es quien va a la cabeza– es la infraestructura de recarga. Aunque el país se ha convertido en un referente mundial en el despliegue de puntos de recarga, con más de 47.591 puntos en el primer semestre de este año, un 20% de ellos todavía no funciona por retrasos en la conexión a la red eléctrica y se asume que el plazo para conectarlos pueden alcanzar hasta a tres años y para ello será necesaria una nada despreciable inversión de 114 millones de euros.

Tras la instancia del viernes 12 el mensaje, firme y contundente, fue que Europa seguirá adelante con las fechas tal y como están planteadas. Ahora bien, si los argumentos de la industria tienen sustento y las marcas más poderosas no están en condiciones de hacer las transformaciones necesarias para estar en situación de competencia, puede que uno de los mercados más apetecidos del mundo quede a disposición de los fabricantes chinos, que ya han dado muestras de que tienen con qué, tanto en precios como en tecnología. Una vez más Europa pierde pie, en aras de una meta inalcanzable, lo que en economía puede suponer miles de millones de dólares en pérdidas, desempleo y deterioro de calidad de vida.