Hablar de suicidio sigue siendo un desafío, desde estas prestigiosas páginas he comentado la importancia de la toma de consciencia sobre la salud mental. Es un tema que duele, incomoda y muchas veces se evita. Sin embargo el silencio no salva vidas: las invisibiliza. Miles de personas por año se quitan la vida en nuestro país, en nuestra ciudad personas con un futuro por delante no escapan a esa dura realidad mental. Y detrás de cada número hay familias, comunidades, proyectos y afectos que quedan atravesados por el desconcierto y la impotencia. La Organización Mundial de la Salud advierte que el suicidio es una de las principales causas de muerte en jóvenes de 15 a 29 años, y que por cada persona que muere al menos veinte lo intentan. Estas cifras deberían ser suficientes para que como sociedad dejemos de mirar hacia otro lado.
Más allá del acto: el sufrimiento previo
El suicidio no aparece de repente. Es la punta visible de un proceso emocional profundo, donde se van acumulando experiencias de desesperanza, vergüenza, desvalorización, soledad, depresión. Y cuando sienten que no hay salida, el suicidio se convierte en un intento de terminar con ese dolor que no encuentran cómo poner en palabras.
Es importante comprender que no se trata de “falta de fuerza” ni de “debilidad”. Se trata en un quiebre en la percepción de alternativas, de una mente saturada de angustia que deja de ver opciones. Por eso más que juzgar, es necesario aprender a escuchar e informarnos.
Señales que no debemos ignorar
Hay señales que pueden alertarnos: aislamiento repentino, comentarios sobre la inutilidad de la vida, sobre el sentido de estar viviendo, despedidas encubiertas, regalar objetos significativos, cambios en las conductas basales como el sueño o el apetito, consumo de sustancias o pérdida de interés por actividades placenteras.
Una mirada clínica y social
Como psicóloga clínica veo en mi consulta cómo el sufrimiento psíquico se profundiza cuando no encuentra un espacio de escucha. La salud mental no puede seguir siendo un privilegio. Lo repito: la salud mental no puede seguir siendo un privilegio, es un derecho humano. Necesitamos políticas públicas sostenidas, redes comunitarias activas y una educación emocional que comience desde la infancia.
Uruguay cuenta con la Estrategia Nacional de Prevención del Suicidio y el Plan Nacional de Salud Mental; pero aún enfrentamos desafíos: la falta de recursos, la sobrecarga del sistema sanitario y la presencia del estigma, que hay que aclarar, cada vez es menor.
Reflexionar como sociedad
Estimado lector, cuántas veces has pasado junto a alguien que está mal y has preferido no preguntar. Cuántas veces naturalizamos frases como “no tengo ganas de seguir” sin dimensionar lo que realmente podrían esconder. Hablar de suicidio no es promoverlo: es humanizarlo.
Podemos como ciudadanos ser parte de la prevención si aprendemos a escuchar sin juzgar, si acompañamos sin minimizar, si comprendemos que pedir ayuda no es signo de debilidad ¡sino de valentía!
Cada palabra y cada gesto puede marcar la diferencia entre la desesperanza y la vida.
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