La suerte está echada

Finalizado el “boom” industrial que Paysandú experimentó sobre la mitad del siglo pasado, lo que ha quedado es un panorama desolador en una ciudad que no ha logrado reinventarse y que sigue sin encontrar un rumbo hacia el cual dirigirse con determinación, esfuerzo y constancia. Sin lugar a duda que en todo este tiempo han sobrado discursos edulcorados, políticos deseosos con las tijeras afiladas para cortar cuanta cinta de inauguración se les cruce en el camino, inversores que nunca llegaron y fuentes de trabajo que jamás se materializaron, pero por sobre todo ha sobrado el voluntarismo simplón de una comunidad que ha resultado incapaz de edificar su futuro sobre un nuevo paradigma.

En todo ese proceso han aparecido diversos vendedores de espejitos de colores tanto a nivel empresarial como político que una y otra vez han generado expectativas que nunca cumplieron y que fueron mellando, en cada ocasión, la esperanza y la fuerza de un pueblo.

Vendidas “las joyas de la abuela”, lo único que le ha quedado a Paysandú es transmitir de una generación a otra el relato nostálgico, deshilachado y trágico de una ciudad que supo ser sinónimo de progreso pero que exhibe alarmantes niveles de desempleo e informalismo mientras los jóvenes “nini” (“ni estudian ni trabajan”) aumentan y deambulan por nuestra ciudad revolviendo volquetas, durmiendo en la calle o vendiendo droga. Esa es la realidad de Paysandú hoy: no tiene ni paz, ni trabajo, ni progreso y su escudo se ha transformado en el triste recordatorio de lo que supimos ser y ya no somos.

El pasado reciente de nuestro departamento está lleno de ejemplos dolorosos de empresas que han cerrado o que se han transformado realizando menos tareas, empleando más tecnología y ocupando menos trabajadores. La lista es grande: Indhar, Famosa, Cármica, Paycueros, Paylana, Sandupay, Norteña (hoy AmBev), Pili, Ferropay, Fricasa, entre muchas otras, incluyendo la venta de la mayoría del paquete accionario de Azucarlito a un grupo argentino. Es verdad que el caso de cada empresa es diferente y que las crisis que debieron afrontar implicaron desafíos y requirieron soluciones diferentes, pero en todos los casos hubo un factor común: la actitud de los sindicatos, fieles a su ideología marxista y por ende a la lucha de clases, cerraron toda posibilidad de acuerdo y terminaron forzando (cuando no causando) los cierres de dichas empresas.

Digámoslo sin miedo: muchas de las empresas sanduceras han cerrado o se han reestructurado por los constantes ataques de los sindicatos. A los sindicalistas (que aún en las peores épocas de crisis cobran sus horas sindicales por no trabajar) poco o nada les importa la suerte de sus compañeros y ellos se traduce en que muchos de esos integrantes del sindicato logran evitar sus propios despidos o el envío al seguro de paro en acuerdo con las diversas patronales.

En todos esos episodios, los sindicatos sanduceros siempre han mantenido una política de “todo o nada” que al final del día se traduce en “nada” porque, ante la imposibilidad de llevar adelante una reestructura, las empresas deben cerrar definitivamente con lo cual los trabajadores afectados por despido pasan de ser algunos a ser la totalidad de la plantilla. Para los sindicalistas poco importa si la empresa cierra. La empresa siempre es la explotadora, la culpable de todos los males, el monstruo capitalista al cual hay que combatir y derribar para construir una sociedad sin explotados ni explotadores. Y desde su óptica, siempre –pero siempre– la empresa presenta excusas para no darle al sindicato lo que exige o para hacer los ajustes que necesita hacer para subsistir. Y en esto no hacen distinción entre empresas pública –de la cual ellos son los verdaderos dueños en los hechos— o privadas.

El ejemplo más próximo podría decirse que se encuentra en “pleno desarrollo”, y es el caso de la planta de pórtland Ancap de Paysandú, un verdadero agujero negro económico para el Estado y que, por el sólo hecho de existir, encarece la construcción en todo el país, debido a que por su ineficiencia produce el cemento más caro del mercado, oficiando de organismo testigo a la inversa. Efectivamente, a los privados que producen a menor costo, en lugar de enfrentarse a una competencia que los obligue a bajar los precios para el mercado, Ancap les asegura un amplio margen al producir el “producto testigo” más caro, por lo que las empresas privadas no tienen siquiera interés en abaratar el cemento. Y aún así, Ancap acumula pérdidas por más de 800 millones de dólares. Por ese motivo, el gobierno de Lacalle Pou promovió la asociación o venta de las plantas de Ancap en producción. ¿Y qué hizo el sindicato?

Mediante durísimas medidas y declaraciones, le dejó en claro a los potenciales inversores que acá los que mandan son ellos, y que de concretarse el negocio se encargarían de hacer imposible su funcionamiento. Tanto Fancap como el Pit Cnt se congratulan por haber impedido la venta, que podría salvar a la empresa que hunde a todo el país con su ineficiencia.

Pero la realidad es porfiada y tarde o temprano habrá que terminar con la sangría, por lo que la actual ministra de Industria, Fernanda Cardona, ya insinuó que la opción que queda es cerrar la planta. ¿Quién gana y quién pierde en esta pulseada? El sindicato de Ancap nunca pierde, porque los funcionarios públicos tienen el trabajo asegurado, así se termine con la producción de portland. Pero el que pierde al final es Paysandú, que ve desaparecer una más de las industrias históricas, una de las últimas que aún subsiste. Alea iacta est (solo es cuestión de tiempo).

No debemos olvidarnos cuando nuestro departamento fue seducido por el expresidente José Mujica, quien le prometió a los trabajadores de la antigua Paylana los fondos necesarios para llevar adelante una cooperativa. Recordemos que al momento de su cierre (31 de diciembre de 2011) Paylana tenía 650 operarios, que mal o bien, vivían de la empresa. En el libro “Autogestión, un rumbo de todos” una publicación de Presidencia de la República propagandística de la gestión de Mujica, Mauro Valiente, presidente de Cotrapay, lo narra así: “Vimos como la familia Soloducho estaba instrumentando el cierre. Eso se veía tanto en sus estrategias comerciales como en las de relacionamiento. El detonante del cierre fue el no pago de los aguinaldos que debiéndose abonar el 20 de diciembre, recién se hizo efectivo el 31”. Cotrapay sí que sabía hacer negocios para sostener la producción, mientras los empresarios sólo buscaban enriquecerse a costa de la opresión a sus trabajadores.

Al final la aventura terminó costando casi 6 millones de dólares al país y 650 personas en la calle. Y la pérdida de una fuente laboral muy importante para Paysandú.

Está claro que Paysandú ha sido muy bueno para defender a los trabajadores, pero pésimo en sostener la fuente de empleo.

No solamente no somos capaces de lograr que se radiquen nuevas empresas, sino que contamos con la “quinta columna” sindical y política que se encarga de atacar y expulsar a las que ya existen. La siguiente batalla está en pleno desarrollo y el objetivo es que la planta de producción de HIF Global no se instale en nuestro departamento. En este caso no hay un sindicato en pugna, pero sí las “fuerzas sociales” –entre las cuales se encuentra la UdelaR con su sede local apoyando veladamente—, que junto con el Pit Cnt y el ala más radical del Frente Amplio son una misma cosa.

Con todos estos antecedentes, no es fácil que algún empresario se “enamore” de Paysandú y decida invertir acá. Habrá que ver quién gana la pulseada contra HIF, una de las últimas oportunidades para que nuestro departamento salga en los noticieros con algo que no sea sus altísimas tasas de desempleo y el cierre de una empresa más.