En el marco de la compleja problemática de la salud en el país, y de todo el Interior –sobre todo al norte del río Negro– un factor adverso es la brecha en disponibilidad de médicos respecto a la capital y el área metropolitana con relación a la población, donde se concentra la enorme mayoría de los servicios de alta tecnología y donde desarrollan su actividad la gran mayoría de los profesionales del área de la salud.
Este es solo uno de los factores que inciden en la atención a la población, y a la vez está interconectado con otros elementos que intervienen de forma preponderante, y no solo en el esquema de atención que se ha dado en el país a lo largo de las décadas, sino también en lo que refiere a otros términos de la ecuación, entre ellos el factor humano.
Es absolutamente de recibo, y más aún, de gran importancia, el tema que fuera analizado en la jornada de actualización profesional que tuvo lugar recientemente en el Hospital Escuela del Litoral, denominada “Seguridad del paciente en áreas críticas”, impulsada por el Servicio de Cirugía, con el apoyo del Hospital de Paysandú, la Asociación Médica de Paysandú, y el Colegio Médico del Uruguay, con la participación de reconocidos especialistas internacionales.
Uno de los participantes más destacados fue el Dr. Marcelo Diamant, del Servicio de Cirugía Vascular del Hospital Maciel, quien en declaraciones a EL TELEGRAFO evaluó que la seguridad del paciente constituye hoy un eje central en la atención médica, y al respecto expuso que “la seguridad del paciente es clave, puesto que en los procesos asistenciales se hacen un montón de gestos con el objetivo de que aquella persona que tiene una dolencia o una enfermedad pueda ser resuelta de la mejor manera”.
Reconoció que en esos procedimientos “hay muchos pasos donde pueden suceder eventos que comprometen el resultado final”, algunos de los cuales dependen de las enfermedades mismas, de sus procesos, pero hay otros que se originan en el error humano: “esos eventos negativos pueden hacer que un montón de esfuerzos terminen mal, y que den lugar a la vez, además del drama para el paciente y familiares, también para quienes cometieron el error, que pueden enfrentar consecuencias legales. De lo que se trata es de que todo este proceso se haga con las mayores garantías posibles”.
Trajo a colación además que “el concepto de seguridad del paciente, que hoy parece tan evidente, en realidad se maneja desde hace apenas unos veinte años, y al principio tuvo mucha resistencia entre los propios equipos asistenciales, porque también pone en duda las acciones de cada uno de nosotros”, en tanto consideró que los eventos negativos en la atención muchas veces pueden ser evitados con métodos correctos, con trabajo sistemático”. Pero claro, el factor humano es omnipresente en todos los órdenes de la vida, por más sistematización y automatización que se tenga en los procesos, y en algunas áreas es más crítico que en otras, –la medicina una de ellas– porque va desde las acciones de prevención, hasta el diagnóstico y el tratamiento, con una multiparticipación que hace que las fallas que se registren en alguno de los eslabones de la cadena pueden llevar a desenlaces irreparables.
Sobre este tema a su vez el doctor Raúl Blanco, del Servicio de Cirugía Vascular del Hospital Maciel, consideró que en las áreas críticas donde los riesgos son mayores, el objetivo es evitar que un error humano tenga consecuencias para el paciente, y al respecto evaluó que las áreas críticas “es donde los riesgos son mayores, porque son ámbitos de manejo complejo donde confluyen médicos de distintas disciplinas, licenciados, enfermeros auxiliares, todos seres humanos y por lo tanto falibles”.
Todos estos elementos son atendibles, de recibo, por supuesto, y sin dudas se recogen en las estadísticas con porcentajes, tendencias, gravedad, pero para aquellos afectados por estos errores o sucesión de errores es el cien por ciento de todo, y por lo tanto se explica que a diario pacientes y familiares se expresen respecto a casos que les ha tocado vivir directa o indirectamente, y señalan errores, conductas, irresponsabilidades, desatenciones, prescindencia, desinterés, incapacidad, etcétera, dentro de un mar de posibilidades que son precisamente parte de estos procesos en los respectivos ámbitos, porque una falla en la cadena repercute en la siguiente fase y así sucesivamente, a la vez que se diluyen responsabilidades.
Porque está muy bien el intento de generar mayores seguridades para el paciente, que debería ser una premisa básica, pero asimismo y consecuentemente actuar decididamente a la hora de los correctivos cuando se determinan las responsabilidades o fallas, y es aquí donde lamentablemente en las instituciones en general, en la mayoría de las profesiones, más allá de los celos profesionales y el intento de sacarse el sayo, aparecen las comportamientos corporativos, el de “entre bomberos no nos pisamos la manguera”, porque nadie está a salvo de cometer errores en algún momento.
Esto también es factor humano, más allá de las mejores intenciones personales o institucionales, que además de las medidas preventivas, protocolos o correctivos internos, también se han ocupado de contar con un nutrido equipo de asesores legales y profesionales encargados de llevar adelante las instancias jurídicas para proteger sus intereses respecto a las acciones legales de pacientes o familiares que se sienten perjudicados.
Es por lo tanto muy importante, como bien señala el Dr. Blanco, la necesidad de diseñar procesos que permitan detectar estos errores a tiempo: “el error va a suceder, porque el ser humano tiene una capacidad importante para desempeñar tareas complejas”, y por eso “es fundamental diseñar herramientas que permitan identificar el error en el momento oportuno para que no llegue al paciente”.
Es absolutamente compartible esta premisa en el marco de empezar por aceptar que el problema existe, pero a la vez hay todo un esquema de acciones fundamentales que se necesitan, tanto en el plano interno de la institución como de los controles de los organismos pertinentes desde el Estado, empezando por la observación celosa de protocolos para garantizar la seguridad de los procedimientos. Pero también para proceder con todo el rigor del caso cuando se detecta que hay fallas que no solo son debidas a errores humanos en procedimientos, sino en negligencia –a veces también saturación de horarios y multiplicidad de tareas– y ello siempre implica incorporar más y mejores controles, disponibilidad de recursos humanos y materiales, entre otros factores.
Y ello trasciende las encomiables acciones que desarrollan las comisiones de seguridad del paciente (Cosepas) que funcionan en los centros asistenciales desde 2007, que implican un trabajo desde lo interno, a lo que necesariamente deben agregarse mejores ámbitos de participación con representación de otras partes implicadas en las acciones, sobre todo de los ciudadanos de a pie, para poner énfasis en la detección y origen de las falencias, a efectos de minimizar las posibilidades de repetir las fallas que suelen ser de consecuencias irreparables.

