El presente año podría ser otro de los más cálidos que ha vivido el planeta, según previsiones de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) que recientemente advirtió que el 2025 podría convertirse en el segundo o tercer año más cálido en los 176 años sobre los que existen registros. La tendencia al calentamiento extremo continúa sin pausa mientras las concentraciones de gases de efecto invernadero siguen en niveles sin precedentes y los glaciares y el hielo marino continúan en rápido retroceso.
Cada uno de los últimos once años –de 2015 a 2025– se encuentra entre los once más cálidos jamás registrados, y los tres últimos ocupan los primeros lugares. Entre enero y agosto de 2025, la temperatura media mundial cercana a la superficie fue 1,42°C, unos 0,12°C por encima del promedio preindustrial. La paradoja es que cuanto más intentamos mantenernos frescos, más calentamos el planeta. Y si se mantienen las actuales tendencias de crecimiento, el consumo generado por los equipos de refrigeración, que hoy por hoy representa el 20% del consumo total de electricidad, se duplicará para 2050.
En un mundo que se calienta a ritmo alarmante la denominada paradoja de la refrigeración se ha convertido en uno de los desafíos más complejos y urgentes en la agenda climática global dado que a medida que las temperaturas extremas se intensifican y se vuelven más frecuentes, la necesidad de mantenernos frescos se transforma en una cuestión de primer orden, a la vez que los sistemas que utilizamos para combatir el calor, especialmente los aparatos de aire acondicionado y refrigeración, están alimentando el mismo problema que intentan mitigar.
El reciente informe Global Cooling Watch 2025, presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) durante la COP30 realizada en Belém (Brasil) ofrece una cartografía contundente: si se mantiene la tendencia actual, la demanda de refrigeración se duplicará en los próximos 25 años. Este crecimiento exponencial, impulsado por el aumento de la población, la urbanización, el ascenso de las clases medias y la intensificación de las olas de calor, podría llevar las emisiones del sector a unos 7.200 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, casi el doble de los niveles de 2022.
La refrigeración hoy representa aproximadamente el 7% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y consume aproximadamente el 20% de la electricidad mundial pero si no se toman medidas urgentes, ese porcentaje se duplicaría para mediados de siglo. En estos días en la reunión de la COP30, más de 70 países firmaron el denominado Compromiso Global de Enfriamiento, una hoja de ruta que propone una triple estrategia: refrigeración pasiva, estándares más estrictos de eficiencia energética y una rápida reducción de los hidroflurocarbonos (HFC), que son potentes gases de efecto invernadero utilizados en muchos sistemas de refrigeración. Esta propuesta apunta a la sostenibilidad y podría reducir las emisiones del sector en casi un 70% para el 2050 respecto a los niveles de 2022, pero si se combina con una descarbonización acelerada del sector eléctrico, la disminución podría alcanzar el 96%, según las estimaciones realizadas.
El informe destaca que estos cambios no solo son viables sino económicamente rentables, generando ahorros derivados de la reducción del consumo energético y la posibilidad de evitar parte de las inversiones en infraestructura eléctrica que serían necesarias de continuar la tendencia de consumo actual.
La refrigeración pasiva, que incluye estrategias como el aislamiento térmico, la posibilidad de sombra natural, la ventilación cruzada y el uso de superficies reflectantes, emerge como parte de las soluciones eficaces y de bajo costo para reducir la temperatura interior hasta en 8 grados centígrados y la demanda de energía entre un 15% y 55% según las previsiones del informe.
No obstante, la implementación de estas soluciones enfrenta diferentes desafíos, especialmente en los países en desarrollo. Al día de hoy solo 54 países del mundo cuentan con políticas integrales de eficiencia energética, refrigeración pasiva y sistemas de transición hacia refrigerantes limpios.
En este contexto, Uruguay se encuentra casi en una encrucijada. Si bien nuestro país ha avanzado en la descarbonización de su matriz eléctrica y actualmente el 90% de la energía proviene de fuentes renovables, el consumo energético del sector residencial y comercial sigue creciendo. En ese crecimiento contribuye el uso de aires acondicionados y otros sistemas de refrigeración, los cuales han crecido en forma sostenida en la última década.
El desafío es doble ya que por un lado es necesario garantizar el acceso a las posibilidades de refrigeración y por otro, evitar que ese acceso se traduzca en un aumento descontrolado del consumo eléctrico y las emisiones indirectas asociadas. La clave parece estar en el diseño urbano y la eficiencia. Algunas medidas que podrían marcar la diferencia son, por ejemplo, la incorporación de criterios de refrigeración pasiva en los códigos de construcción, promover techos verdes y superficies reflectantes, y fomentar la compra de equipos eficientes mediante incentivos fiscales o financieros.
El sector privado debería contribuir desde la innovación tecnológica, el diseño de productos más eficientes y el financiamiento de soluciones sostenibles que transformen el mercado de la refrigeración, en tanto que el Estado uruguayo tiene la oportunidad de liderar la implementación del Compromiso Global de Enfriamiento en la región, integrando sus principios en las políticas públicas y la cooperación internacional. La campaña Mutirão Contra o Calor Extremo, impulsada por Brasil en la COP30, y la Cool Coalition del Pnuma, ofrecen un marco de acción concreto para que nuestras ciudades desarrollen planes de acción concretos contra el calor, que combinen mapeo de riesgos, infraestructuras verdes, refrigeración pasiva y protección de las poblaciones vulnerables.
El calentamiento global está convirtiendo la refrigeración en un derecho humano emergente porque ya no se trata solo de confort, sino de salud, de seguridad alimentaria, de productividad económica y equidad social. Sin embargo no es un derecho que se pueda ejercer a costa del bienestar del planeta. La reciente COP30 ha dejado en claro que existen soluciones técnicamente viables, económicamente rentables y socialmente justas.
Uruguay, si bien no es un gran emisor y su aporte al calentamiento global a través de la refrigeración puede parecer modesto en términos absolutos, es significativo en términos relativos y proyecta una tendencia preocupante. Por su exitosa experiencia en energías renovables y su tradición de políticas públicas progresistas, podría convertirse en un referente regional en refrigeración sostenible asumiendo este desafío con la misma seriedad que enfrentó la transformación de la matriz energética.

