La Organización Panamericana de la Salud (OPS) observa con preocupación el aumento drástico en los casos de sarampión en las Américas durante el año pasado y lo que va de 2026, por lo que emitió una nueva alerta epidemiológica para la región en la que hace un llamado a los países a intensificar la vigilancia, realizar vacunación y dar respuesta rápida a los brotes para interrumpir la trasmisión y proteger a la población.
La comunicación, destaca la persistencia de casos y brotes en varios países en un contexto de aumento sostenido de casos durante 2025 en comparación con los últimos cinco años, una tendencia que parece continuar en 2026 según la información oficial del organismo internacional. En 2025, la región notificó 14.891 casos confirmados de sarampión, incluyendo 29 defunciones, en 13 países: Argentina (36 casos), Belice (44 casos), Bolivia (597 casos), Brasil (38 casos), Canadá (5.436 casos, incluyendo 2 defunciones), Costa Rica (1 caso), El Salvador (1 caso), Estados Unidos (2.242 casos, incluyendo 3 defunciones), Guatemala (1 caso), México (6.428 casos, incluyendo 24 defunciones), Paraguay (49 casos), Perú (5 casos) y Uruguay (13 casos). Este total representa un aumento de 32 veces respecto a los 466 casos registrados en 2024, lo que marca el punto más crítico desde 2019.
Según informó la OPS, en las primeras tres semanas de 2026, se confirmaron 1.031 casos adicionales de sarampión en siete países –Bolivia (10), Canadá (67), Chile (1), Estados Unidos (171), Guatemala (41), México (740) y Uruguay (1)– sin defunciones notificadas.
Según el mismo informe, en 2025 se notificaron más de 552.000 casos sospechosos de sarampión en 179 países, de los cuales cerca del 45% (247.623) fueron confirmados, lo que refleja un resurgimiento global de la enfermedad en un contexto de brechas persistentes de inmunización.
Este total representa un aumento de 43 veces en comparación con los 23 casos notificados en el mismo período de 2025 y también una constatación de que la inmunidad colectiva se está debilitando peligrosamente.
Como es sabido, la interconexión regional, facilitada por el turismo y el comercio y el aumento de la movilidad internacional pospandemia, hacen que la geografía no sea un obstáculo y convierte a cualquier brote en los países vecinos en una amenaza latente para las fronteras uruguayas.
El sarampión es altamente contagioso pero prevenible mediante la vacunación con dos dosis, por lo cual el organismo internacional está solicitando a los países cerrar brechas de cobertura, mantener la vigilancia y proteger a los viajeros cuando se dirigen a zonas de trasmisión activa, especialmente en el contexto de la Copa Mundial de Fútbol 2026 y otros eventos masivos con alta movilidad de personas.
Uruguay, que se enorgullecía de no haber registrado casos de trasmisión local desde 1999, vio interrumpida la buena situación de más de dos décadas con el resurgimiento del sarampión con un foco en el departamento de Río Negro. Luego, el impacto geográfico no se limitó a esta zona del país sino que hasta la fecha también se reportaron casos en Montevideo, Maldonado y Rivera, lo que indica que el riesgo de propagación es real y requiere una vigilancia activa en todos los departamentos. Esto, sumado a la situación regional, se ha transformado en un desafío que demuestra la erosión sistemática de las coberturas de vacunación y la existencia de grietas en el escudo sanitario del país.
Si bien podemos estar tentados a pensar que el sarampión es una enfermedad que siempre existió y se cura con reposo, en realidad se trata de uno de los virus más agresivos conocidos. Su tasa de ataque es muy grande ya que en una población no vacunada una sola persona infectada puede contagiar a otras 18 y, por otra parte, no se necesita contacto físico ya que el virus puede permanecer suspendido en el aire hasta dos horas después de que una persona infectada haya abandonado una habitación. Por otra parte, los síntomas se pueden confundir con los de una gripe hasta que aparecen las manchas, pero el contagio puede ser anterior a éstas. Y aunque los casos registrados hasta ahora en Uruguay han sido leves, se trata de un virus que puede causar daños permanentes y graves como neumonía, encefalitis, ceguera o sordera.
Uruguay cuenta con un esquema de vacunación gratuito que incluye vacuna contra este virus pero la efectividad del sistema depende de la participación de la población. Una sola dosis de la vacuna otorga un 93% de protección pero al completarse la segunda, la inmunidad alcanza al 97% y suele durar toda la vida. Parecería que no hay excusas para dejar de vacunarse, sin embargo, este escudo protector tiene sus fallas. La desinformación, ciertas creencias religiosas, e incluso las “fake news” crean barreras difíciles de penetrar para los equipos de salud.
Uno de los mayores desafíos actuales es la población de adultos jóvenes y de mediana edad ya que como la segunda dosis se incorporó en 1992, muchas personas nacidas entre 1967 y 1987 pueden tener solo una dosis y por eso el MSP está convocando a vacunarse bajo la consigna de que Uruguay no puede dejar de ser un país libre de sarampión y eso es “una tarea de todos”.
Resulta paradójico que en un país con un sistema de salud tan robusto como el nuestro, la falta de memoria histórica sobre la gravedad potencial del sarampión se convierta en nuestra principal vulnerabilidad, dejando a los nacidos en el período mencionado en una zona gris de protección.
Hay que considerar también que la percepción de seguridad que brindan décadas de control del virus puede haber derivado en una peligrosa complacencia, reduciendo la urgencia de mantener nuestros esquemas de vacunación al día ante síntomas que muchos médicos jóvenes ni siquiera han visto en su práctica clínica.
El asunto también ha puesto sobre la mesa un debate sobre derechos: por una parte la Ley 9.202 y decretos posteriores establecen la obligatoriedad de la vacunación para el acceso a centros educativos y la obtención del carné de salud y por otro, ciertos movimientos que incluso encuentran eco en el Parlamento, han impulsado proyectos de ley que defienden la libertad de elección.
El caso es que la consigna de “mi cuerpo, mi decisión” choca de frente con la realidad biológica: al no vacunarse la persona no solo asume un riesgo para sí misma sino que se transforma en un eslabón de contagio para el virus que, podría contagiar por ejemplo a bebés que aún no tienen edad para recibir la vacuna o pacientes con defensas deprimidas.
Por otra parte, es evidente que no alcanza con tener las vacunas disponibles y que se necesita un trabajo de cercanía con respeto cultural y una comunicación clara que despoje a algo tan vital como la vacunación de tintes políticos o ideológicos.
La salud pública es una construcción colectiva y frágil. Nuestro país cuenta con una historia de éxito en vacunación y una infraestructura de salud de gran nivel y no podemos descansar en los laureles. Sin embargo, este éxito histórico de las vacunas en Uruguay nos ha puesto ante la trampa de que al no haber visto casos de sarampión en tantos años, hemos perdido el sentido de urgencia. La ciencia ha desarrollado una vacuna efectiva contra este virus. No deberíamos permitir que una enfermedad de hace 2.500 años propagada mundialmente a partir del siglo XVI, nos perjudique nuestro bienestar en el siglo XXI.

