En más de una oportunidad, especialmente en los últimos meses, se ha informado sobre los problemas que ha enfrentado el ingreso de carnes uruguayas a mercados tan importantes como China, al punto de que partidas han sido rechazadas por la detección de residuos de plaguicidas en niveles superiores a los establecidos por las normas vigentes.
En rigor, se trata de la consecuencia de prácticas orientadas en una sola dirección: controlar los ataques de garrapata en el ganado bovino. Esto ocurre, sobre todo, porque muchos de los productos químicos que resultaban eficaces décadas atrás han perdido efectividad y el ácaro ha desarrollado resistencia a la acción de los plaguicidas.
En este sentido, los expertos en sanidad animal coinciden en que la resistencia de la garrapata bovina (Rhipicephalus microplus) constituye un desafío crítico en Uruguay, con poblaciones multirresistentes a diversos principios activos. Estudios del INIA (Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria) indican que la velocidad de adaptación de la garrapata supera el desarrollo de nuevas moléculas químicas. Al mismo tiempo, advierten que el control efectivo requiere diagnósticos de laboratorio para evitar el uso excesivo de garrapaticidas, cuyos residuos son los que han generado dificultades en los mercados de destino de nuestras exportaciones cárnicas.
Debe tenerse presente que Uruguay exporta alimentos como carne y leche a mercados con altos estándares sanitarios, donde los controles son rigurosos. El uso indiscriminado de acaricidas ante fallas en el control de la garrapata aumenta el riesgo de residuos químicos en la carne, lo que podría dejar al país fuera de mercados enteros. El uso responsable de estos productos y el cumplimiento estricto de los períodos de espera antes de la faena constituyen una responsabilidad compartida por todos los actores del sector.
La información técnica indica que, desde 2015, se han detectado garrapatas resistentes a casi todos los principios activos, con excepción del fluazurón. Por ello, se recomienda realizar pruebas de resistencia en la Dilave (División de Laboratorios Veterinarios) antes de definir los tratamientos, ya que la dependencia excesiva de productos químicos acelera el desarrollo de resistencia en el ácaro.
Sin embargo, el desafío va más allá. Los mapas territoriales elaborados por el INIA sobre la incidencia de esta plaga confirman que el modelo de control basado exclusivamente en productos químicos está agotándose y que la solución no provendrá de un “producto milagroso”, sino de un cambio en la gestión sanitaria.
Un trabajo realizado por los médicos veterinarios Soledad Núñez de Moraes, Alejo Menchaca y Pablo Parodi, de la Plataforma de Investigación en Salud Animal del INIA, sostiene que la multirresistencia de la garrapata bovina obliga a modificar la gestión sanitaria. Esto implica realizar diagnósticos de resistencia, planificar técnicamente junto al veterinario y adoptar medidas de manejo integrado, esenciales para preservar la sostenibilidad de las empresas ganaderas y el prestigio de los productos uruguayos en el mundo.
La garrapata común del bovino, Rhipicephalus microplus, ha acompañado históricamente la evolución de la ganadería nacional, con mayor presencia en el norte del país, donde las condiciones de temperatura y humedad favorecen su ciclo biológico.
Los productores han enfrentado este problema desde siempre, pero los desafíos han cambiado drásticamente en las últimas dos décadas. Históricamente, el control se sostuvo mediante intervenciones químicas: baños de inmersión y, posteriormente, tratamientos pour-on e inyectables, que permitieron mantener las cargas parasitarias bajo control y minimizar las pérdidas económicas. Sin embargo, este enfoque, centrado casi exclusivamente en el uso de productos químicos, ha derivado en un aumento de la resistencia a los garrapaticidas, generando una vulnerabilidad que amenaza a la ganadería uruguaya y a la exportación de carne.
Tal como ocurre con las bacterias que causan numerosas enfermedades en humanos y animales, el fenómeno observado en la garrapata responde a un principio común en los organismos vivos: la resistencia surge de un proceso evolutivo acelerado por el manejo humano. Cada aplicación de un acaricida genera una presión de selección, ya que existe variabilidad genética que permite a algunos individuos sobrevivir a la exposición. Cuando esta práctica se repite sin rotación de principios activos y con dosis subóptimas, se eliminan los individuos susceptibles y se favorece la reproducción de aquellos resistentes.
Desde 2010, según estudios del INIA, se ha ingresado en la era de la resistencia múltiple, lo que implica que una misma población de garrapatas puede desarrollar mecanismos de defensa frente a dos, tres o incluso cinco familias diferentes de acaricidas.
En conclusión, todo indica que no habrá soluciones inmediatas ni “resultados mágicos” para este desafío. Es imprescindible avanzar hacia un cambio en la gestión sanitaria basado en diagnósticos de resistencia, planificación técnica con el veterinario y la adopción de medidas de manejo integrado. El impacto del manejo inadecuado es tal que incluso alguna autoridad sanitaria ha señalado que es preferible el ingreso de ganado con garrapata antes que aplicar tratamientos apresurados e ineficaces. Este razonamiento refleja con claridad la gravedad de la situación para la ganadería y su proyección sobre una economía fuertemente dependiente del sector agropecuario.

